Capítulo 57
Archer
Lo primero que pensé al pisar la taberna fue que estaba marcando mi sentencia de muerte. Gracioso, ¿verdad?
Todo seguía igual; las mismas mesas, el mismo polvo en las esquinas, la misma barra manchada de cerveza, y el mismo hombre tras de ella.
Thomas alzó la cabeza y su expresión me lo dijo todo.
—Me cago en todo —masculló, saliendo de detrás de la barra—. Te dije que no volvieras.
Le retuve la mirada mientras se acercaba hacia mí, aunque percibí cada paso como una estaca nueva clavándose en mi piel.
—Sabías que no iba a obedecerte.
Negó con la cabeza y se llevó una mano a la frente.
—No sabes en qué posición me dejas.
—Quizá deberías explicármelo —le propuse, notando el nudo en mi garganta cada vez más pesado—. O mejor avisa al rey y que venga él a decírmelo.
Palideció.
—Lo sabes.
Esas fueron sus únicas palabras. Apreté los dientes.
—¿No tienes nada más que decir?
Mis manos temblaban y apenas tenía la fuerza suficiente para seguir mirándolo a la cara, pero me obligué a hacerlo.
«Quizá sea la última vez».
Su pecho se hinchó. Parecía tan roto como yo, pero eso era imposible. Porque yo jamás le habría engañado, nunca le hubiera hecho algo así.
—Empezó más tarde de lo que crees —dijo.
No contesté, pero sentí cómo algo dentro de mí se partía por la mitad.
—El rey buscaba a un tal Collin Ederhart —expuso—. Ofrecía dinero a cambio de información.
Collin Ederhart. El mismo hombre que estuvimos buscando hasta saber que estaba muerto.
—No sabía quién era y no le hice demasiado caso. Pero cuando te metiste en todo eso del Caso Cenit y viste cómo Donald envenenaba al consejero real, el rey volvió a ofrecer dinero a cambio de información sobre ese hombre.
Parpadeé.
—¿Me estás diciendo que…?
Ni siquiera pude acabar de pronunciar la frase. Sentí cómo el aire se escapaba de mis pulmones, oprimiéndome.
—Yo fui quien le dio el nombre del hombre que lo mató tras conocer la información que tú mismo me proporcionaste.
Compartí esa información con Thomas en confianza y él… él hizo que dieran con el padre de Melody. Yo había sido quien lo había delatado aunque no me diera cuenta. Si no hubiera sido por mí, Donald seguiría vivo. Y Melody no habría perdido a su padre.
Joder. Debería de haberme quedado callado.
Apenas podía contestar, las palabras se quedaron atascadas en algún punto de mi garganta. La traición me sentó como un veneno, expandiéndose dolorosamente por mis venas.
—Tras ello, me quedé el dinero y decidí no volver a entrometerme —frunció los labios, apartando la mirada—. Pero el rey Vance volvió a contactar conmigo. No quise decirle nada más, pero aquella vez me amenazó.
—Te amenazó —repetí.
—Con cortarme la cabeza —añadió, temblando ligeramente—. Me interrogó hasta que le hablé de ti y de tu búsqueda en torno al Caso Cenit. Fue entonces cuando empezó el trato.
Retrocedí un paso, atónito.
—¿De qué puto trato hablas, Thomas?
Tragó saliva.
—Informes semanales —admitió—. Yo le contaba todos tus movimientos; cómo conseguiste dar con Melody y lo que pensabais hacer.
La casa de Mel. Aquellos matones nos encontraron allí porque Thomas les avisó de ello.
Apreté tanto los puños que sentí cómo me clavaba las uñas en la piel.
—Dejé de hacerlo —agregó, como si esa excusa fuera a cambiar algo—. Cada vez le daba menos información, pero cuando sus guardias vinieron a hacerme una visita, tuve que contar todo lo que sabía. De no hacerlo, me llevarían ante el rey. Y los Dioses de Ofem saben lo que me haría en tal caso.
La información me azotó con fuerza, tanta que apenas podía creer sus palabras.
—La última vez que vinieron negué que supiera algo más sobre vosotros —continuó—. Ellos me dijeron que, si regresábais, tendría que encender la chimenea. De ese modo las patrullas de las calles lo verían y…
Nos atraparían.
No lo dijo, pero quedaba claro.
Y ese era el motivo por el que no podía volver.
Miré de reojo la chimenea. La leña permanecía en su interior, pero estaba apagada. La revelación me sentó como un disparo directo al corazón.
Volví a mirarlo, conteniendo todo lo que empezaba a arder en mi interior.
—¿Por qué no la enciendes? —le pregunté, y mi voz salió más rota de lo que esperaba.
Un brillo de dolor recorrió su expresión.
—Archer…
—Si no lo haces, ¿qué pasará contigo?
Sus hombros se tensaron, y ahí tuve mi respuesta: iban a matarlo. Si no le daba a la Corona lo que le pedían, sufriría las consecuencias de su decisión .
Su mentira me desgarraba, porque no solo era el hombre que acababa de traicionarme, sino el que me abrió las puertas de este lugar cuando no era más que un niño que sobrevivía a base de robar comida en el mercado, el que me dio un techo y me brindó compañía.
Fuimos él y yo desde entonces.
—Enciende la chimenea.
Mis palabras le hicieron abrir los labios. Enseguida negó.
—No.
—Enciende la puta chimenea, Thomas.
—No puedo hacerlo.
Me reí amargamente. Quizá era la única reacción que me quedaba si no quería echarme a llorar.
—Estoy seguro de que, si pudiste mentirme durante tanto tiempo, encender un fuego no será para tanto.
Eso había sido un golpe bajo, pero no tanto como su traición.
—Y cuando lo hagas, irás con Melody. —Sentí una tormenta atravesar mi pecho—. Te asegurarás de que no venga a buscarme y la ayudarás a escapar.
Parecía no querer escuchar nada de lo que saliera por mi boca.
—No puedes pedirme eso —respondió finalmente.
Oh, claro que podía.
—Solo te pido eso —Le señalé la chimenea—. Es lo mínimo que puedes hacer por mí.
Sus ojos se clavaron en los míos, rotos, tan rotos como nuestra amistad, como todo lo que habíamos pasado. Nunca hubiera imaginado que la persona en la que más confiaba pudiera ahogarme sin que yo me diera cuenta.
La vida está llena de sorpresas.
Fui yo mismo hasta la chimenea y me agaché frente a ella. Thomas me observó a un metro de distancia, sin pronunciar palabra. Cogí una cerilla, la encendí y la tiré sobre la leña.
—No sabes lo que acabas de hacer —dijo él.
Me giré, dejando escapar el aire que había estado conteniendo.
—Mi impulsividad siempre me ha llevado a tomar las peores decisiones, ¿no es así?
—Sí. Es así —contestó con dureza.
El fuego creció, creando unas largas llamas que iluminaron toda la planta baja.
El calor no tardó en envolvernos y las sombras se alzaron en las paredes, observándonos como meros espectadores y esperando lo mismo que nosotros.
El crepitar de las llamas resonó a nuestro alrededor, cada vez con más fuerza, tanta que, cuando los guardias llegaron, solo podía escucharla creciente ascensión del fuego.
Mi decisión, al igual que las llamas, no podía deshacerse una vez había comenzado a extenderse. Pero no me arrepentía.
El murmullo se alzó a mi alrededor, aunque no escuché nada, tan solo un pitido constante. Los guardias me ataron las manos a la espalda y me sujetaron con más fuerza de la necesaria.
Miré una última vez a Thomas e incliné la cabeza en una reverencia. No me estaba despidiendo del hombre que me había mentido, sino del que una vez decidió quedarse conmigo.