28/11/1893
Melody
El frío rezumaba por el reino. Me puse mi abrigo antes de salir de la panadería, dispuesta a volver a casa. Había completado la lista de recados que me había encomendado papá horas antes.
Con el pan entre mis brazos, me adentré en las solitarias calles. Iba tarareando una melodía, tranquila, mientras observaba cómo los pocos comerciantes que quedaban a tales horas cerraban sus puestos.
Fue entonces cuando me tropecé con un adoquín mal colocado e inevitablemente caí al suelo, malhiriendo mi rodilla.
Mi vestido se desgarró y terminó manchándose de la sangre que empezaba a brotar de mi pierna.
Maldecí para mis adentros, notando como las lágrimas empezaban a acumularse en mis ojos ante el repentino dolor .
Me obligué a levantarme. Ya había anochecido y papá no iba a tardar en preocuparse.
Una vez recobré la compostura, me percaté de que ya no sujetaba el pan. Miré en todas las direcciones posibles: no podría haber ido demasiado lejos.
Seguí el rumbo de la inclinación de la calle con la mirada hasta encontrarlo. El pan estaba ahí, en el inicio de un pequeño callejón. Me acerqué con prudencia, pues apenas estaba iluminado por un pequeño farolillo.
Me arrodillé para cogerlo y, justo en ese instante, vislumbré algo que captó toda mi atención.
Eran dos puntos verdes. Pero no un verde cualquiera; se trataba del verde más intenso que había podido apreciar jamás. Entrecerré los ojos, intentando descifrar de qué se trataba.
Una mano pasó por encima de la luz del farolillo. Mi instinto me gritó que me apartara, que huyera. Solo un loco se quedaría mirando a alguien que se encontraba en medio de un callejón oscuro.
Pero no lo hice, permanecí allí, observando.
Lentamente, comenzó a acercarse más hacia la luz. Pero cuando pensaba que iba a dejarse ver, la voz de un hombre se alzó entre ambos. La figura giró con rapidez y desapareció entre las sombras.
Como si jamás hubiera estado allí.
Y yo pensé que estaba loca porque, por un momento, había imaginado que era él.