Capítulo 56
Melody
Llegamos hasta el único camino que tomaban los cocheros para llegar al centro del reino en carruaje. Nos colocamos tras el tronco de un árbol y esperamos a que se detuviera. Cuando el hombre bajó para entrar en la aldea, aprovechamos para colarnos debajo.
No tardó demasiado en volver, pues se trataba de un comerciante que venía a recoger algunos de los productos que elaboran los artesanos.
El camino de regreso al centro me volvió a ensuciar el vestido de barro, pero ya no me pilló por sorpresa. El hombro me seguía ardiendo, sobre todo al forzarlo para aferrarme a las tablas de madera.
—¿Estás bien? —me preguntó Archer.
Debió de percatarse de mi mueca de dolor. Lo miré entre los tablones y asentí.
—Sí. Solo me molesta el hombro.
Mi respuesta no lo convenció, pero tampoco podía hacer nada para arreglarlo. El camino resultó ser mucho más largo de lo que esperaba y me arrepentí de no haber cogido el tren de regreso, por mucho que nos hubiéramos arriesgado a que nos pillaran.
Cuando la tierra bajo nosotros se transformó en un suelo empedrado, supe que habíamos llegado. El cochero aparcó el carruaje a un lado de la calle y no tardé ni un segundo en bajarme. Archer me siguió y doblamos la primera esquina que nos encontramos sin ser vistos.
El contraste de las calles de Ambolia con la multitud de Banglad era impresionante.
Pese a estar anocheciendo, seguía habiendo vida.
Los mercados recogían sus puestos, preparados para irse a sus casas a cenar.
La luna empezaba a asomar por Banglad; las farolas se encendieron, iluminándonos a nuestro paso.
Algo me decía que aquello iba a acabar mal; era un simple presentimiento, pero demasiado fuerte como para ser ignorado.
Me preocupaban demasiadas cosas, entre ellas, cómo podría afectar a Archer la traición de Thomas, si es que la había.
Esperaba con toda mi alma que no fuera así, que se tratase de un malentendido. Aunque las probabilidades eran mínimas.
Nos íbamos acercando a la taberna y, con cada paso, mis miedos crecían. Recordaba el pacto al que había llegado con Archer, pero la presión era demasiado fuerte como para no querer romper mi promesa. Quería estar a su lado y apoyarlo, pero también quería ver con mis propios ojos la verdad.
Archer caminaba junto a mí, con la tensión reinando sobre sus hombros por mucho que intentara disimularlo. Entramos en el callejón con pasos cautelosos, a la expectativa de lo que pudiera ocurrir.
Vislumbré un pequeño ratón corriendo sobre los adoquines y no pude evitar pensar que se trataba de una señal; que, al igual que ocurrió con la muerte de mi padre, algo horrible estaba a punto de ocurrir. El ratón se detuvo de golpe y sus ojos parecieron mirarme en medio de la penumbra.
—Mel. —Archer colocó sus manos sobre mis hombros y desvié mi atención a él—. Debes quedarte aquí.
Ladeé la cabeza con una mueca.
—Pero…
—No —me interrumpió—. Me lo prometiste.
Apreté los dientes, frustrada. Se lo había prometido, sí, pero no quería cumplir mi promesa.
Con un movimiento veloz, se quitó el arco y me lo tendió.
—Quédatelo —dijo—. Y si alguien intenta ir a por ti, defiéndete.
Me quedé mirando el arma que sostenía entre sus manos, esperando que la aceptara. Negué con la cabeza.
—No puedes darme tu arco. ¿Y si…?
«¿Y si te ataca?». Porque esa era una de las opciones. Y de resultar así, no tendría con qué defenderse.
—Estaré más tranquilo si lo tienes tú.
—No quiero que lo hagas solo. —Mi voz se entrecortó.
—No estoy solo. —Sonrió—. Te tengo a ti.
—Sí —respondí, conteniendo el aliento—. Por eso debería entrar allí contigo.
Acercó nuestros rostros, como si supiera que eso me iba a calmar.
—Por eso mismo no puedes entrar conmigo. —Sus manos me acariciaron la mejilla—. No soportaría perderte.
—Volverás. —No era una pregunta—. Y yo estaré aquí cuando lo hagas.
—Volveré —aseguró—. Y más te vale estar aquí cuando lo haga.
Soltó mi mejilla, dándose al mismo tiempo la vuelta. Pero solo se alejó un paso antes de volver a mí, ahuecar mi rostro y estampar sus labios contra los míos.
Me pilló tan desprevenida que tardé un segundo en reaccionar. Lo atraje hacia mi cuerpo todo lo que pude, disfrutando de ese breve aunque intenso beso antes de separarnos. Me miró una última vez antes de dejarme ir y caminar callé abajo.
Sus pasos sonaban más lejanos a medida que avanzaba.
Mientras tanto, escondí mi cuerpo tras el muro de piedra.
Sujeté con fuerza el pesado arco y lo coloqué frente a mi pecho.
El corazón me latía deprisa, tal vez demasiado.
Volví a mirar la otra punta del callejón; Archer ya no estaba.
Había entrado en la taberna y la suerte estaba echada.
Con los dedos sobre el muro, di pequeños golpecitos para calmarme. Me intenté mentalizar de que iba a regresar bien, que Thomas no podría ser tan rastrero como para herirlo.
Los minutos empezaron a pasar y la preocupación se adueñó de mis pensamientos.
«Por favor. Por favor, por favor, por favor».
Recé a los Dioses de Ofem, a todos y cada uno de ellos.
Ya había pasado un rato más que suficiente. O al menos, a mí me resultaban una tortura.
Al llegar a lo que me pareció que era media hora, decidí que había pasado demasiado tiempo. Le había prometido a Archer no entrar en la taberna, pero nadie había hablado de acercarme.
Tras tomar una profunda bocanada de aire, me decidí por avanzar unos pasos y dejar atrás el muro que me escondía.
Caminé hasta la primera ventana y me coloqué pegada a la pared.
Por lo visto, los Dioses habían decidido estar de mi lado por una vez en la vida porque, sorprendentemente, la ventana estaba abierta, facilitándome la visión hacia el interior de la taberna.
Alargué el cuello con cuidado, lo suficiente para tener una vista general de todo. Localicé a Thomas, deslizándose de un lado al otro sin parar y meciendo las manos en exagerados gestos. Archer estaba frente a él, apoyado contra una mesa.
Me pareció ver una sonrisa en sus labios.
Suspiré, aliviada. Estaban bien. Todo debía haber sido un malentendido.
Mientras mis pensamientos volvían a ordenarse, me pareció oír varias voces. Por precaución, regresé al muro y volví a esconder mi cuerpo tras de él.
Eché una mirada rápida hacia la otra punta del callejón. Un grupo de hombres avanzaba a paso ligero. Forcé la vista, intentando reconocer quiénes eran. No se trataba de un grupo de hombres trabajadores, sino guardias. Eran guardias del rey.
«Mierda, mierda, mierda».
Comprobé que estaba bien escondida y que detrás del muro nadie sería capaz de verme. Inspiré profundamente varias veces, evitando hiperventilar .
Los pasos sonaban cada vez más cercanos hasta que, de un momento a otro, dejaron de escucharse.
Fruncí el ceño, confundida. Asomé con cuidado la cabeza y pude ver cómo los soldados entraban en la taberna.
«Oh, no. No, no, no…»
Cogí instintivamente el arco, colocándolo entre mis brazos en la posición de tiro. La flecha estaba preparada, solo me faltaba apuntar y disparar en el momento exacto.
Los guardias salieron de la taberna. Y, cogido por varios de ellos, estaba Archer.
—No —susurré, tapándome la boca.
Con las manos temblorosas, volví a colocar el arco en posición. Apunté con determinación y lancé la flecha sin pensarlo dos veces.
El grito desgarrador del guardia resonó con más fuerza de la que había esperado.
Retrocedí un paso, expectante. Sus miradas volaron en mi dirección y empezaron a correr hacia mí.
Mierda.
Coloqué otra flecha lo más rápido que pude y la lancé. Esta vez cayó sobre la pierna de otro guardia. Iban acercándose. Localicé a Archer y me percaté de que no forcejeaba ni se quejaba. ¿Por qué?
Cogí otra flecha, dispuesta a lanzarla. Pero una mano se colocó encima de ella, sujetándola con fuerza e impidiendo que pudiera salir disparada. Giré al instante mi cabeza, encontrándome con el rostro de Thomas.
—Déjalo —espetó en voz baja—. Vas a conseguir que te maten .
Me moví con brusquedad hacia un lado para apartarme de él. ¿Cómo se atrevía a hablarme? ¿Cómo osaba darme una orden después de haber entregado a Archer a la guardia real?
—Me das asco —escupí.
Thomas clavó sus ojos en mí con resentimiento antes de volver a mirar a la tropa de guardias. Vi por el rabillo del ojo cómo se acercaban.
—Te podré dar asco —respondió, apretando sus manos en torno a mi brazo—, pero no permitiré que te maten.
Me sujetó con más fuerza contra el muro, impidiendo que pudiera encabezar cualquier tipo de movimiento. De todos modos, intenté liberarme de su agarre; fue inútil.
Le asesiné con la mirada antes de que me tapara la boca con su otra mano. Mi respiración dura impactó contra su piel.
El eco de los pasos de la guardia real resonó por la otra cara del muro. Se marcharon sin detectar nuestra presencia. Y con ellos, Archer. Thomas iba alternando su mirada entre ellos y yo y, una vez pareció que se habían desvanecido rumbo al palacio, me dejó ir.
—¡Tienen a Archer! —bramé al momento, retrocediendo varios pasos—. ¡Lo matarán!
Cogí una bocanada de aire y lo señalé con la punta de la flecha.
—¡Eres un monstruo!
El metal rozó su mejilla. Me sentí tentada a rasgarla, a hacer brotar la sangre de quién había engañado a Archer. De quien también me había traicionado a mí.
—Melody —intentó calmarme, pese a que su voz no fue más que un reflejo del pánico—. Por favor, déjame explicar …
Hice más presión con la flecha sobre la piel y esta vez sí que se manchó del líquido carmín. El pequeño riachuelo de sangre cayó hasta gotear sobre los adoquines. Thomas contuvo el aliento, inmóvil.
—¡No! —rugí—. Eres un traidor, un rastrero. ¿Cómo has podido hacerle esto? —Mis dientes rechinaron—. ¡Eres su mejor amigo!
—Yo… —Bajó la mirada, observando el resultado de mi ira en su herida—. No estoy orgulloso de mis acciones, pero esto lo decidió él.
—Oh, sí —me reí con ironía, tentada a profundizar el corte, a dejarlo con una marca permanente, a recordarle su traición durante el resto de la vida—. Él tenía muchísimas ganas de entregarse a la Corona, por supuesto.
Thomas tragó saliva, sopesando sus palabras. Y hacía bien; un paso en falso y podría terminar con su vida.
—Te lo ruego —balbuceó a continuación, con la voz temblando ligeramente—. Ven conmigo a la taberna, te lo explicaré todo.
—¿Cómo sé que no habrá guardias dentro esperándome? —inquirí.
No iba a ser tan idiota como para dejarme engañar. No pensaba fiarme nunca más de él. No pensaba fiarme de nadie.
—Porque yo ya he cumplido mi parte del trato con la Corona —respondió con aparente sinceridad—. Y con Archer.
Lo miré, desconfiada. Aparté ligeramente la flecha de su rostro, dejando a la vista el resultado de mi dolor.
—Si intentas traicionarme a mí también, te clavaré una flecha en el corazón .
Mis palabras no eran parte de un simple comentario, eran una amenaza. Thomas lo vio en mi determinación; sus ojos se abrieron y, por la manera en la su nuez subió y bajó, supe que no dudaba de mi promesa.
—Claro.
Desconfiada, avanzamos hasta la taberna. Vigilaba cada uno de sus movimientos, esperando cualquier ataque por su parte.
Una vez entramos en la taberna, Thomas cerró la puerta con llave y tapó las ventanas con paneles de madera.
—Está bien —pronuncié con firmeza—. Más vale que te des prisa en explicar los motivos de tu traición.
No iba a quedarme allí de cháchara. Eso lo tenía claro.
—Yo… —Desvió su mirada, incapaz de avanzar hasta mí—. Estaba amenazado.
—¿Amenazado? —repetí—. ¿A qué? ¿A muerte?
Thomas se quedó callado y eso me valió como una afirmación.
—No quería delataros, pero tampoco morir —se excusó—. Aún me quedan muchos años de vida.
Le miré sin un ápice de gracia. Thomas hizo una incómoda pausa antes de proseguir.
—Archer vino aquí cuando te retuvieron en el palacio.
Estaba decidido a regresar y sacarte de allí.
—Ladeó la cabeza, visiblemente nervioso—.
No podía dejar que se fuera. Sabía que lo matarían en cuanto volviera a acercarse al palacio.
Mis esfuerzos por detenerlo fueron en vano.
Yo estaba amenazado por el rey, mi único deber era entregarlo.
—Apretó los dientes—. Al cabo de unos días llegó a mis oídos que habíais logrado escapar del palacio.
Los guardias se presentaron aquí en vuestra búsqueda.
El rey Vance les ordenó a unos pocos quedarse haciendo guardia por las calles del reino; me dijeron que, si aparecíais, tendría que encender la chimenea; de esta manera, cuando vieran el humo, sabrían que estabais dentro y os atraparían.
—Pero solo entró Archer —susurré.
Empecé a notar como todo a mi alrededor daba vueltas. Los latidos de mi corazón incrementaron y temí que mis piernas dejaran de sostenerme.
—Me ha rogado que la encendiera, Melody. Yo no quería, de verdad, pero estaba decidido, él…
—Se ha entregado por mí y por ti. —La idea me empezó a nublar la mente.
Coloqué una mano sobre una de las mesas para apoyarme.
—Supongo que le importamos demasiado.
Respiré profundamente.
—Van a matarlo —susurré ante tal revelación.
—A menos que diga dónde estás —agregó—. Y no lo hará.
No. Por supuesto que no lo haría. Era Archer, Dioses.
—No puede morir. No puede, él…
Se había sacrificado por mí, había dado su vida por mí. Y por Thomas, joder. Por el mismo hombre que lo había engañado. El mismo en quien confió y luego le clavó un puñal por la espalda.
No. No iba a permitirlo.
Alcé nuevamente la vista hacia Thomas.
Porque si su destino era morir, yo moriría junto a él.