Donde caen los reyes (Ofem 1) Capítulo 55 #2
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Capítulo 55 #2

Pese a que habían pasado muchos años, seguía siendo bastante bajita.

Parecía haberse acabado de despertar, ya que la trenza con la que se había recogido el cabello negro estaba medio suelta, dejando varios mechones fuera de ella.

Sus ojos, igual de oscuros que los de su hermana, repararon en mí, abriéndose exageradamente.

Una «O» se formó en sus labios junto a un grito ahogado.

—¿Mel? —susurró—. ¿Melody?

Sonreí.

—La misma —respondí, avanzando hacia ella.

Sus brazos se abalanzaron sobre mí de forma bruta. Respondí a su gesto con el mismo entusiasmo. Cuando se separó de mí, recorrió mi atuendo con su mirada.

—Oh, Dios mío. ¡Te has quitado el vestido azul! —apuntó, señalándome.

No me podía creer que aún se acordara de eso.

—Se me quedó algo pequeño en mi décimo cumpleaños.

Mi vestido azul era mi prenda favorita cuando era una niña. Me lo ponía a menudo y supongo que terminó siendo algo característico en mí.

—No me puedo creer que estés aquí. ¡Has vuelto! —Sus ojos se humedecieron ligeramente—. Pensaba que nunca lo harías.

—Lo cierto es que solo he pasado a saludar —le expliqué—. Tengo que volver a irme.

—¿Por qué? Podemos ponernos al día. Tienes que explicarme cómo es la vida en Banglad, si hay muchos hombres apuestos, bailes escandalosos, peleas callejeras…

—Me persigue el rey —no sabía si debía decirlo en voz alta, pero, bueno, ahí estaba. La verdad pura y dura.

—Te… —repitió, sin dar crédito—. Te persigue e-el rey.

Asentí.

—¿El rey?

Volví a asentir.

—Con que te persigue el rey.

—Por más veces que lo digas, la cosa no va a cambiar.

—Oh —sus mejillas se sonrojaron—. Ya. Verás, es algo complicado de asimilar. Es decir, acabas de llegar después de trece años y te vas porque te persigue el rey.

—Supongo que mi vida ha sido algo caótica en los últimos meses.

—Sí —suspiró—. Me enteré de lo de Donald, lo siento.

Negué con la cabeza con el pecho algo oprimido. Había conseguido evitar hablar de la muerte de mi padre con tía Beatrix y no quería hacerlo ahora.

—Gracias.

—¿Y Sloane, cómo está? Oí que estaba comprometida con un duque.

—Ella… —Inspiré profundamente—. Está en el hospital. No sé si despertará.

Trató de contener la sorpresa.

—Mierda. Espero que se recupere.

Sonreí a modo de agradecimiento. Elisabeth no tardó en mirar al chico que se encontraba tras de mí. Archer se acercó tras percatarse y se colocó junto a mí. La comparación de altura entre él y Elisabeth me resultó un tanto cómica.

—Elisabeth, este es Archer —le presenté.

Sonrió amablemente.

—Encantada, Archer.

Él inclinó la cabeza.

—Lo mismo digo.

Elisabeth se volvió hacia mí, inspirando profundamente.

—Supongo que esto es una despedida. —Se acercó un paso para darme otro abrazo. Sus brazos me envolvieron y me dejé envolver por la calidez del momento—. Espero que los Dioses estén de tu lado, Melody.

Sonreí mientras nos separabamos, aunque el temblor en mis dedos delató los nervios que corrían libres por mis venas.

—Yo también lo espero.

Nos dedicó una última mirada antes de inclinar la cabeza y cerrar la puerta. Tras despedirnos de Elisabeth, decidí que sería una buena idea volver a casa de tía Beatrix. Archer me acompañó de nuevo y, como era de esperar, tía Beatrix volvió a repetirme lo insensata que era nada más abrir la puerta.

—Regresar al centro del reino es una majadería. No puedes ser tan necia, Melody.

Crucé el umbral de la puerta.

—Yo también te voy a echar de menos.

Archer se apoyó en el marco de la puerta, observando la poco emotiva despedida. Parecía estar pasándoselo en grande con cada uno de los comentarios de mi tía.

—Deberías haberte alejado de las artimañas de tu padre —agregó, chasqueando la lengua—, tu no eres él, Melody.

—Lo tengo presente —respondí, tratando de colocar una sonrisa en mis labios—. Pero necesito terminar con esto.

Me retuvo la mirada unos largos segundos, como si de ese modo pudiera hacer que cambiara de opinión.

—Tía Beatrix —suspiré, enfrentándome a mis mayores miedos. No sabía hasta qué punto estaría informada; no tenía pinta de haberme mentido en nada, pero a estas alturas no podía confiar en ello—. He de preguntarte algo muy importante y que tal vez te confunda bastante.

Me miró expectante. Cogí una bocanada de aire antes de dejarlo ir.

—¿Mamá está viva?

La perplejidad se reflejó en su rostro mientras se llevaba las manos a la boca.

—¿Laureen? —susurró, como si el mismo nombre le doliera—. Está muerta. Ya lo sabes, Melody.

Fruncí los labios.

—No me mientas, por favor. Vi la tumba vacía.

No sabría describir la expresión de tía Beatrix; era todo un cuadro.

—¿Vacía? —El tono en que repitió la palabra me hizo pensar que era cierto, que ella también había sido víctima de la mentira.

Me mordí el labio, sopesando mis siguientes palabras.

—Entonces, ¿no sabías nada?

Sus ojos se enrojecieron y el resentimiento apareció en sus facciones. Fue entonces cuando me arrepentí de haber pensado que podría haber estado engañándome del mismo modo que mi padre.

—Supongo que he sido una víctima más de las mentiras de tus padres. —Su voz sonó rasgada, rota. Como si le hubieran quitado una parte de su alma. Una que también me habían arrebatado a mí.

—No te preocupes —La miré con cariño, intentando mostrarle calidez, aunque fuera tan solo por un segundo—. Descubriré dónde está enterrada — O si lo está—. Y descubriré por qué nos mintieron. Y también me libraré del Rey y…

—Te has metido de lleno en un hoyo —me interrumpió con dureza—. Ahora tienes que salir de él.

Era consciente de ello.

—Lo haré.

—No te separes de él. Parece un buen chico. —Miró de reojo a Archer, que estaba colocándose su arco de espaldas a nosotras.

Su comentario me pilló por sorpresa.

—No lo haré.

Asintió con el semblante serio. Me acerqué a ella y la envolví entre mis brazos y, para mi sorpresa, respondió dulcemente a mi tacto.

—Te quiero —susurró—. Aunque seas hija de tus padres, te quiero.

—¿Gracias? Yo también te quiero.

—Anda, idos. —Me dio una palmada en el hombro—. Tienes que salvar tu vida.

O terminar muerta. Ambas opciones eran igual de probables.