Donde caen los reyes (Ofem 1) Capítulo 55
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Capítulo 55

Melod y

Caminar por Ambolia no era tarea sencilla, o al menos no para mí.

La calle principal estaba más animada que el día anterior; muchos de los vecinos habían salido a hacer sus recados.

La aldea era un lugar pequeño, más bien acogedor.

Muy distinta a la vida en Banglad y, precisamente por eso, la apreciaba tanto.

No estaba consumida por las clases sociales ni el poder de la Corona.

—Me hubiera gustado quedarme —dije, sorprendiéndonos a ambos.

Archer caminaba a mi lado, observando a su alrededor. Pude atisbar cómo su mandíbula se tensaba tras mi comentario.

—Cualquiera pasaría una buena infancia aquí —se limitó a responder.

Iba a asentir cuando noté un golpe directo en mi estómago. Archer puso sus manos sobre mis hombros en menos de un segundo.

—¡Cuidado! —masculló una voz femenina .

Me giré, alzando la cabeza hacia ella.

Era una joven muy bella, pese a que sus ojos azules me miraban desafiantes. Llevaba el cabello rubio suelto, cayendo sobre sus hombros en rizos definidos.

Fruncí el ceño. No podía ser…

—¿Qué está mirando? —preguntó con cierto desdén.

—¿Adeline? —pregunté, asombrada—. ¿Adeline Templeton?

La joven abrió los ojos. Un chico se acercó a ella, colocándose frente a nosotros. Era alto y de complexión fuerte. Su cabello castaño era tan corto que apenas se podía apreciar.

En sus labios apareció una gran sonrisa.

—¿Melody?

Asentí pese a no conocer al chico de nada.

—¿Melody SinClair? —pronunció Adeline, abriendo la boca de par en par.

—A menos que conozcas a otra —respondí con un leve encogimiento de hombros.

Ella se cruzó de brazos.

—¿El centro de Banglad se te ha quedado pequeño o qué?

Vaya. Qué maleducada. Al final sí iba a resultar que no había cambiado nada.

—No le hagas caso —intervino el chico.

—Perdón —contesté, inclinando levemente la cabeza—. Pero, ¿tú eres…?

Retrocedió un paso y se llevó la mano al pecho, fingiendo ofensa.

—Bueno, supongo que debería sentirme halagado —repuso—, dado que ahora tengo todos los dientes crecidos.

Oh, Dioses. La imagen del hijo de los Grenville se estampó contra mí.

—¡Cam! —Me abalancé sobre él—. ¡El pequeño Cameron Grenville!

Cameron había sido uno de los niños con los que más tiempo compartí en mis años en la aldea. Incluso estuve un poco obsesionada con él cuando era una cría.

—Sí —respondió, riendo—, aunque ya no soy tan pequeño.

—Para nada —observé su gran cuerpo. Me parecía inhumano en lo que se había convertido. Lo recordaba con un cuerpo delgado y huecos entre los dientes. Ahora, sin embargo, era un hombre de grandes músculos y sonrisa perfecta.

Me retiré de su abrazo para mirar a Archer, que analizaba la situación con el ceño fruncido.

—Oh —pronuncié, volviéndome hacia ellos—. Adeline, Cam, este es Archer, mi… —dudé— mi compañero.

—¿Con que tu compañero, eh? —contestó Adeline, entrecerrando los ojos. Y, por algún motivo, odié esa mirada.

—Sí —mi respuesta sonó más seca de lo que me habría gustado.

Archer alternó la mirada entre los presentes un par de segundos más, como si esperara algún tipo de comentario por su parte. Al ver que ni Adeline ni Cam decían nada más, avanzó un paso, colocando una sonrisa en sus labios.

—Encantado de conoceros —dijo cordialmente.

—Un placer —respondió Cam.

Adeline seguía con la vista fija en él. Sentí algo extraño en mi pecho y decidí seguir la conversación.

—Y, em… ¿Seguís aquí todos?

Cam me lanzó una mirada significativa.

—Excepto tú.

Fruncí el ceño.

—Y el hijo de los Kensington —aclaré, esperando que me negara la afirmación.

Archer me miró de reojo. No le había hablado de el hijo de los Kensington y, en cierto modo, era porque no podía. A estas alturas, deliberaba con que todo hubiera sido un sueño.

—Oh —musitó Cam, pasándose una mano por el cabello corto—. Cierto, no lo recordaba.

Decidí no contestar porque podría haber respondido cualquier cosa ofensiva, y Cam no había dicho nada malo de él.

—¿Quién? —preguntó Adeline.

«¿En serio? »

—¡El hijo de los Kensington! —el tono de reproche salió peor de lo que esperaba—. ¿Cómo has sido capaz de olvidarlo?

La expresión de Adeline se tornó en una mueca de aparente enfado.

—Eras tú la que desaparecía para ir con aquel niño. Era un antisocial —expuso—. No me acuerdo ni de cuándo se fue.

Cam pareció pensárselo durante unos segundos.

—En verdad, creo que fue poco después de que te marcharas tú.

—¿En serio? —la pregunta salió como un rayo de mis labios.

—Fue como si os hubierais ido los dos —aclaró, rascándose la barbilla—. Solo que tu ida se notó mucho más.

—Tampoco tanto —le corrigió Adeline. Y acto seguido, avanzó un paso hacia Archer—. Dime, Archer, ¿te gustaría conocer mejor Ambolia? Seguro que puedo enseñarte algún que otro rincón escondido.

No me pasó desapercibido el tono seductor que adoptó, que hizo que mi estómago se removiera. Quise responder, pero Archer se me adelantó.

—No me interesa compartir mi tiempo con nadie que no sea Melody —respondió, seco.

Debería haber pintado la cara de Adeline en un lienzo para guardar esa imagen el resto de mis días, porque sin duda era digna de ser conservada.

Archer me cogió de la mano antes de volver a dirigirse a mis antiguos amigos.

—Si nos disculpáis…

Cam abrió los ojos antes de asentir.

—Oh, claro —respondió, forzando una sonrisa. Volvió su atención nuevamente hacia mí—. Oye, Mel, si sigues por aquí más tarde, ¿nos ponemos al día?

Mis labios se separaron para responder, pero no lo conseguí, pues Archer se ocupó de hacerlo en mi lugar.

—Nos iremos pronto, no tendrá tiempo.

Cam pareció decepcionarse.

—Una pena. Bueno, pues ya nos veremos.

—Sí —respondí, mirando con cierta confusión a Archer. Me volví hacia Cam y Adeline—. Ha sido un placer reencontrarnos.

Retomamos nuestro camino tras despedirnos. Mis manos seguían entrelazadas a las de Archer, pero no hice nada por separarnos. Cuando estuvimos lo suficientemente lejos de Cam y Adeline, dije :

—Curioso.

Arqueó una ceja, sin siquiera mirarme.

—Di lo que ronda por tu cabecita, Mel —contestó con una sonrisa poco perceptible.

Me encogí de hombros con indiferencia.

—Nada.

—Mentirosa.

—Alguno de los dos tenía que serlo.

Archer me retuvo la mirada, haciendo que me estremeciera.

—¿Te atrae? —preguntó sin ningún contexto previo.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Cameron —soltó como si nada.

Si bien era cierto que pasé parte de mi infancia un poco embelesada por él, también lo era que no había sentido absolutamente nada hacía unos segundos. La única persona por la que mi corazón latía desenfrenado era, para bien o para mal, Archer.

—¿Por qué iba a atraerme? —pregunté, sin entender absolutamente nada.

—Porque tú le atraes a él.

Noté el calor ascender por mis mejillas con rapidez.

—¡No! —exclamé ahogadamente—. Hacía años que no le veía.

Su expresión no cambió.

—Eso no impide que no te pueda gustar ahora.

—Estás siendo muy irracional —le ataqué—. ¿Tú has visto cómo te miraba Adeline? Parecía que quería untar mantequilla encima de ti y limpiarte a lametazos.

Soltó una carcajada.

—No me puedo creer que se te haya ocurrido esa comparación.

—Pues sí. —Alcé la vista, orgullosa—. ¿Y…?

—¿Y? —Negó con la cabeza—. Esa chica es jodidamente odiosa. No debería haberte hablado así.

Recordé los años en los que solía pasar las tardes junto a Adeline y el resto de niños de la aldea. Ella y yo jamás llegamos a estar muy unidas. Ambas estábamos dentro del mismo grupo de amigos, sí, pero tan solo nos tolerábamos.

—Sí que es odiosa —reconocí—. Nunca fuimos demasiado amigas.

—¿Quiénes eran tus amigos aquí?

La pregunta me sorprendió y, pese a eso, una respuesta veloz se precipitó en mi mente: él .

—Elisabeth era mi amiga —reconocí.

—Solo una amiga —murmuró, ladeando la cabeza—. Muy selectiva.

—Ya. —Apreté los labios—. La verdad es que tenía otro amigo.

No agregué más información y agradecí que Archer no hiciera ninguna otra pregunta al respecto.

—¿Te gustaría visitarla antes de irnos?

—¿A quién? —formulé, confusa—. ¿A Elisabeth?

Él asintió.

Pensé en mi antigua amiga. Solíamos pasar muchos ratos juntas, aunque nos acabamos distanciando.

Muchos días cenaba en su casa y otros lo hacía ella en la mía.

Elisabeth había sido una buena amiga, aunque supongo que mis escapadas a la colina terminaron rompiendo nuestra amistad.

En parte me apenaba, pero… a decir verdad, no hubiera cambiado los ratos que pasé con él por nada.

—Sí —asentí, finalmente—. Me encantaría hacer esa parada.

Enfrente de la que había sido su casa durante los pasados años, mis dedos temblaron.

¿Qué diría al verme? Miré de reojo a Archer, que permanecía detrás de mí, esperando.

Me sonrió, y fue esa sonrisa la que me dio la fuerza y seguridad necesaria para llamar a su puerta.

Esta no tardó demasiado en abrirse, dejando ver tras ella a una chica. Pero no era Elisabeth.

Apenas aparentaba unos dieciocho años. Tenía el cabello color miel recogido en un par de trenzas medio deshechas. Sus grandes ojos negros me observaban con cautela y curiosidad.

—¿Desea alguna cosa? —Su voz era aguda y sonaba tranquila. Me recordó a la de Elisabeth.

—Em… —Ladeé la cabeza—. Busco a Elisabeth Montgomery. ¿Acaso no es esta su residencia?

—Ah. —La jovencita esbozó una pequeña sonrisa—. Sí, mi hermana está en casa. Ahora le digo que salga.

Su hermana.

Era Kiera Montgomery, la hermana menor de Elisabeth. La última vez que la vi tenía unos cinco o seis años. Recordaba esos ojos; eran bastante inusuales. Pese a la oscuridad que habitaba en ellos, irradiaban diversión e ingenuidad.

—¡Lizzie! —chilló, girando su rostro hacia el interior de la casa—. ¡Es para ti!

Al cabo de veinte segundos, la figura de otra chica más mayor apareció por la puerta, colocándose junto a Kiera.

Elisabeth.