Capítulo 54
Archer
Se podría decir que los Dioses de Ofem estaban de mi lado por primera vez en la vida.
«Por fin. Gracias».
¿Había besado a Mel? Sí. ¿Había dejado de pensar en su boca desde entonces? No. Claro que no. Y no creo que lo fuera a hacer.
Había imaginado ese momento cientos… ¿Qué digo? Miles de veces. Pero mi imaginación no le hacía justicia a la realidad. Porque sus labios eran mucho más cálidos de lo que pensaba, porque su piel era más suave de lo que jamás creí.
Y ahora no podía parar de pensar en ella.
En sus labios sobre los míos. Y en los míos sobre su cuerpo.
Quería recorrer cada parte de ella, todo lo que me permitiese. Aceptaría cualquier cosa con los brazos abiertos .
Y hablando de brazos… ella se encontraba sobre los míos. Tumbada. La cabeza de Melody SinClair descansaba sobre mi pecho, dejándome rodearla con los brazos mientras mis dedos trazaban círculos sobre su vientre.
—¿Volveremos a la taberna? —preguntó, sacándome de mis pensamientos.
Vi de reojo cómo alargaba la mano y rozaba con la yema del dedo el pétalo de una pequeña margarita que crecía entre el frondoso paisaje verde.
—No lo sé —respondí finalmente.
Aunque la verdad tiraba más hacia el «no»
No podíamos arriesgarnos a volver allí. Ahora entendía mejor la advertencia de Thomas. Cuando dijo que no volviera a la taberna, iba en serio.
Sin embargo, una parte de mí me decía que no podía dar por hecho su traición tan a la ligera, que debía asegurarme. ¿Pero cómo darle una oportunidad cuando vi al maldito rey charlando tranquilamente con él?
Joder… ¡Con el rey! Era de locos.
Había tratado de no pensar en ello, pero cada vez era más complicado. Sabía que me tendría que enfrentar a Thomas. Al menos, pedirle alguna explicación.
No porque se lo debiera a él, sino porque me lo debía a mí mismo. Si nuestra relación tenía que terminar, entonces que fuera dejando las cosas claras. Por mucho que me doliera.
Al final sí que iba a resultar ser que no podía fiarme de nadie.
—Lo siento —musitó Melody al cabo de un rato, como si hubiera estado pensando en mi respuesta sin parar .
Mi pecho se oprimió.
—No es culpa tuya, Mel. —Deja de culparte por todo—. Es complicado.
Giró el rostro hacia mí, haciendo que nuestras miradas se encontraran.
—Pero siempre queda una pequeña esperanza, ¿no?
Me gustaría responderle que sí, que aún albergaba esperanza. Pero era tan poca que me resultaba ridículo decírselo.
Porque, de ser así, Thomas tendría que tener una muy buena excusa para explicarlo.
Ahora entendía mejor a Melody. Su desconfianza era un sistema de protección, uno que yo debería haber trabajado más. No la podía culpar por desconfiar de mí cuando la única persona en la que creía me había traicionado.
Traté de contener el sentimiento amargo.
—Dijiste que no mentías —pronunció entonces.
Me tensé.
—Así es.
Nunca le había mentido, aunque sí le había ocultado cierta información.
—Mi vida solo ha sido un fraude —añadió, como si necesitara dejarlo ir—. Una mentira que me perseguirá allá donde vaya.
—La verdad duele una vez. Las mentiras, cada vez que las recuerdas.
Era algo que había aprendido con el paso de los años. Quizá la muerte de mis padres fue el acontecimiento más traumático de mi vida, pero también fue del que aprendí más. Me fortalecí y conseguí valerme por mí mismo a una edad temprana .
No era lo ideal, pero así fue cómo logré sobrevivir en mundo que había hecho todo cuanto pudo por putearme.
—Mi vida se ha convertido en una duda.
Sus palabras quedaron unos segundos flotando en el aire.
—Tu verdad era peligrosa —contesté.
O al menos, la mía lo era.
—¿Qué?
Dejé caer los brazos sobre la hierba, sintiendo los latidos de su corazón junto a mi piel.
—De no ser así, el engaño no tendría ningún tipo de sentido —la miré de reojo—, ¿no crees?
No sabía si mis palabras lograrían aliviarla, pero era la única respuesta que se me ocurría. Hay quienes mienten por maldad, y luego quienes lo hacen por proteger a alguien a quien aman. Ambas están mal, pero en una medida distinta.
Y estaba seguro de que Donald SinClair formaba parte del segundo grupo.
Melody se quedó callada, lo que me hizo preguntar:
—¿Estás bien?
—Sí —Sonrió, aunque era una sonrisa visiblemente forzada—. Lo estoy.
Cerré los ojos y la apreté un poco más contra mí, sentirla me aliviaba. Quizá le produjera el mismo efecto a ella.
—Deberías asegurarte —añadió al cabo de un rato. Abrí los ojos y la vi colocar los codos en la hierba para poder mirarme de frente—. De Thomas. Si vuestra amistad era tan importante, vale la pena averiguarlo.
¿Valía la pena? Hace unas semanas hubiera respondido que sí, pero ya no estaba tan seguro. Y no pensaba poner a Melody más en peligro de lo que lo había hecho ya.
—Es peligroso —respondí finalmente—. Si estuviera de parte de la Corona, podría delatarnos.
Ella no pestañeó.
—Lo sé.
—¿Y aún así quieres arriesgarte?
Porque yo no estaba dispuesto a que lo hiciera.
—Creo que hay cosas por las que vale la pena ponerse en peligro —contestó, dejándome sin palabras.
Bajé la mirada y lo medité.
Si Thomas me advirtió para que no volviera a la taberna, era por algo. No me valía la pena poner en peligro a Melody por ello. Pero tal vez sí podía arriesgarme yo mismo.
—Está bien —terminé respondiendo—. Pero entraré solo.
Frunció el ceño.
—Es mi única condición —añadí—. Eso o nada.
No pensaba hacerla entrar ahí, no después de haber visto al rey. Joder… Su cara estaba en carteles esparcidos por todo el reino. Lo menos sensato que podía hacer era llevarla a la taberna.
—Está bien… —contestó, aunque no parecía muy convencida.
Alargué el brazo y coloqué mi pulgar en la comisura inferior de sus labios. Ella los entreabrió, sorprendida. Su trenza caía sobre la hierba, escondiéndose entre las margaritas. Aquella era otra de las imágenes que quería guardar para el resto de los tiempos.
—Me encantan tus labios.
Se curvaron en una sonrisa a modo de respuesta.
—Vamos a ponernos en marcha —dijo mientras se liberaba de mis brazos.
Gruñí para mí mismo.
Lo último que quería en aquel instante era ponernos en marcha. Melody, sin embargo, parecía mucho más conforme, pues empezó a avanzar sin esperarme.
—Te veo muy decidida para no saber cómo volver —pronuncié.
Aún tumbado sobre la hierba, coloqué mis brazos bajo la cabeza y la observé, divertido. Ella se volvió hacia mí.
—Oh —sonrió con suficiencia—, tengo claro cómo volveremos.
Alcé una ceja, expectante, porque dudaba que quisiera volver a saltar de un tren.
—No sé tú, pero yo ya le he cogido el gustillo a ir debajo de un carruaje.
Me reí sin poder evitarlo. Eso fue todo lo que necesité para levantarme y seguirla.