Donde caen los reyes (Ofem 1) Capítulo 53
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Capítulo 53

Melody

—¡El agua está helada! —bramé.

La punta del pulgar de mi pie tocaba el riachuelo. Estábamos rodeados de árboles frondosos y grandes hierbajos que escondían el agua entre ellos. El canto de los pájaros se mezclaba con la corriente del río.

Aquel había sido uno de mis lugares favoritos cuando era pequeña. Se encontraba algo apartado de la aldea pero merecía la pena desplazarse, ya fuera para bañarse en el río o simplemente para observar el paisaje.

Me volví hacia Archer y lo encontré riendo junto al tronco de un árbol. Cabrón .

Seguidamente, se quitó la camisa de un tirón, robándome la respiración. Tiró la prenda sobre el arco, que permanecía apoyado en el tronco del árbol.

Desvié mi atención hacia sus manos; que empezaban a bajar sus pantalones.

—¿T-te…? —tartamudeé, sintiendo mi corazón dar un vuelco—. ¿Te vas a quitar los pantalones?

Archer alzó la mirada con una sonrisa burlona curvando sus labios.

—Preferiría no mojarlos, la verdad —respondió, como si fuera algo evidente.

No dije nada más, tan solo lo miré como una acosadora chiflada.

—¿Mel?

Ladeé la cabeza, notando cómo el calor llegaba rápidamente a mi rostro.

—Sí, sí —respondí, veloz—. Sí, claro, quítatelos, por supuesto.

No había nada de malo en ello ni era sumamente indebido.

—Me alegra que estés de acuerdo —rio.

Dioses, qué vergüenza.

Me giré de espaldas a él para darle intimidad y para calmar mis latidos acelerados. El sonido del agua al meterse me indicó que ya estaba dentro del río.

Observé un pájaro posarse en la rama de un árbol. Era pequeño y tenía plumas marrones. Durante los siguientes segundos, fingí que era lo más interesante que había visto jamás.

—Mel —me llamó.

—¿Sí?

—¿No te vas a girar?

Negué con la cabeza.

—¿Puedo preguntar el motivo?

—Yo… —empecé a buscar alguna excusa que no fuera demasiado patética—. Yo … estoy mirando el paisaje.

—¿Entonces el paisaje que hay detrás de ti no merece tu atención?

—¡No! —Mi voz salió más aguda de lo normal—. Es decir…

Pasaron unos segundos incómodos hasta que volvió a hablar.

—Deberías entrar. Y para eso tienes que girarte —recalcó.

Me tensé.

El pájaro se desplazó un poco y pareció mirarme. Juraría que se estaba riendo de mí.

—Ya… —murmuré, insegura—, creo que no voy a entrar.

—Hueles mal.

¿Que yo qué?

Me giré, furiosa.

—¡No huelo mal! —exclamé como una niña enrabietada.

La imagen de su torso mojado no debería haber estado frente a mí. Pero ya era demasiado tarde; había robado toda mi atención.

—Oh… —susurré. No podía dejar de mirarlo. Para mi desgracia, su torso no era la única parte de su cuerpo que escaseaba de tela. Mis ojos comenzaron a descender lentamente.

Por los Dioses de Ofem.

—Espero que las vistas sean de tu agrado —dijo, volviendo mi atención a su rostro. Su cabello estaba empapado, hasta tal punto que sus frondosas ondas habían desaparecido.

Decidí girarme tras su comentario. No habíamos mencionado el día anterior desde que nos habíamos despertado. Creo que ninguno de los dos estaba preparado para hablar de ello aún, o quizá fuera sólo cosa mía.

El terror me consumía cada vez que pensaba en el rechazo. ¿Se arrepentiría? ¿Estaría confuso? Mi cabeza era un sin fin de pensamientos contradictorios.

—Si no entras tú —su voz sonó más cercana—, me veré obligado a hacerte entrar yo.

—¿Qué?

No me dio tiempo a reaccionar. Unas manos mojadas me sujetaron la cintura.

—Vas a tener que quitarte el vestido, princesa —susurró contra mi oído.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo.

—Tal vez… —Mi voz salió más temblorosa de lo que esperaba—. Tal vez a ti te guste el exhibicionismo en público —añadí—, pero a mí no. Cualquiera podría vernos.

Y sí, era la excusa más patética de todos los tiempos. Estábamos solos, no habíamos visto a nadie desde que habíamos salido de Ambolia hacía poco menos de una hora.

—A mí me parece —retiró sus manos de mi vestido— que estás nerviosa.

—¿Nerviosa? —me enfrenté a sus ojos—. ¿Por qué iba a estar nerviosa?

Se encogió de hombros con indiferencia.

—No lo sé. Dímelo tú.

La ráfaga de aire que pasó entre nosotros no logró otra cosa más que erizar mi piel.

—No estoy, para nada, nerviosa —aclaré, marcando bien cada sílaba para sonar firme.

Me miró de arriba a abajo.

—Bien. Demuéstralo —me retó.

Fruncí el ceño.

—Pues claro —musité—. Ningún problema.

Dada la situación, lo mejor que podía hacer era mostrarme indiferente.

Me alejé unos pasos de él. Tiré de mi vestido y la tela empezó a ascender por mis brazos.

—Mierda —mascullé, notando cómo se atascaba. Tiré más fuerte, forcejeando, pero mis esfuerzos fueron en vano.

—Espera —murmuró Archer. Pese a que el conjunto de tela me tapaba los ojos, pude notar cómo se acercaba a mí—. Deja que te ayude.

No objeté nada, dando paso a su ofrecimiento. No sé por dónde cogió el vestido, pero la tela volvió a ascender. Mis piernas iban quedando cada vez más desnudas hasta que, finalmente, el vestido salió por mi cabeza.

El cabello me caía desordenado sobre hombros, espalda y pecho.

Bajé la mirada hasta mi cuerpo. Se me había olvidado que llevaba los calzoncillos.

—Son… —murmuré, avergonzada—, más cómodos para dormir.

No podía alzar la vista hacia él. Pese a que llevaba los calzoncillos y un corsé apretado, me notaba muy desnuda.

Archer había dejado caer mi vestido sobre la hierba, mientras me observaba sin pestañear.

—Ne… —tartamudeé—. Ne cesito que me quites el corsé. Tardaría mucho en secarse si me meto con él.

Ladeó la cabeza, al principio confuso, hasta que procesó mi petición.

—Claro —dijo entonces.

Se acercó a mi espalda. Lo siguiente que noté fueron las yemas de sus dedos rozando la tela de mi camiseta interior de algodón. Deshizo el lazo con destreza, haciendo que el corsé se resbalara por mi barriga.

Lo sujeté durante unos segundos mientras inspiraba aire profundamente. Acto seguido, lo dejé caer sobre la hierba, junto al vestido.

Me giré, cara a Archer, a sabiendas del color que habrían adquirido mis mejillas.

El algodón de mi diminuta camiseta interior se ceñía a mi cuerpo, dejando poco espacio a la imaginación. No solo se apreciaba la forma de mis pezones, sino que la tela blanca también se transparentaba.

Su nuez subió y bajó al tragar saliva. Su mandíbula permanecía tensa y, si antes su mirada me había parecido vehemente, ahora no podía describir la ferocidad que habitaba en ella.

Un calor mayor se apoderó de mí.

—Oh, Mel. —Su voz nunca había sonado tan ronca—. Debería haberte hecho caso.

Me mordí el labio, sintiéndome como un animalillo indefenso, expuesta ante él.

—Nadie me había visto así antes —musité.

Un rayo de brillo cruzó su mirada, provocándole nuevamente una leve sonrisa.

—Será mejor que entremos en el agua.

Asentí antes de acercarme a la orilla del riachuelo. Volví a meter la punta del pie. El frío del agua me sobrecogió y tuve que retirarlo, retrocediendo unos pasos.

Archer entró sin problema. Pese a que el agua apenas le cubría las rodillas, decidió sumergirse por completo.

—¡Vamos! —me animó.

—¡Me parece que tu temperatura corporal está mal! ¡Está demasiado fría!

—La que tiene la temperatura corporal mal eres tú —señaló mi cara—. Estás roja.

Vaya. Al parecer mi estúpido rubor no había desaparecido.

—Como te dije antes —empezó a acercarse, saliendo poco a poco del agua—. Si no entras por tu cuenta, tendré que hacerte entrar yo.

—No —susurré, alarmada—. No, no serás capa…

No me dio tiempo a terminar la frase. Me callé al notar su fría y mojada piel impactar contra la mía. Me alzó en brazos mientras yo empezaba a patalear.

—¡Suéltame! —bramé, viendo por el rabillo del ojo la cercanía de la orilla.

Archer se metió en el agua y, junto a él, yo.

—¡Aaaaah! —exclamé, notando cómo la baja temperatura calaba en todo mi ser.

Aunque poco a poco, me fui aclimatando.

—Serás cabrón —alcé la vista hacia él, entre respiraciones pesadas.

—Aún no lo he sido suficiente —respondió.

¿Qué ?

Alzó sus manos, que impactaron con fuerza sobre el agua, provocando un gran salpicón en mi dirección.

No quedó parte de mí sin empaparme.

—Jo… der.

Enfadada, imité su gesto, solo que con más fuerza. La cantidad de agua que cayó sobre él fue mucho mayor que la que cayó sobre mí. Sonreí para mis adentros.

Mi cuerpo volvió a alzarse; ahora estaba fuera del agua. Me senté sobre la nuca de Archer, bajé mi brazo hacia el agua y le envié un buen salpicón.

Entonces empezó a dar vueltas.

—¡Aaaaah! —bramé, sin poder contener la risa—. ¡Para!

—¿Qué?

—¡Que pares!

—Ah, eso. —Y de golpe, su cuerpo se detuvo en seco. Descendí sobre él hasta quedar agarrada a su cuello.

Me mordí el labio inferior. Su mano me sujetaba por el muslo, provocando un cosquilleo en mi pierna.

La sonrisa de sus labios se desvaneció. Y entonces me pregunté… ¿Me besaría? ¿Lo volvería a hacer?

—¿Sabes qué? —susurró, reteniéndome la mirada.

—¿Q-qué?

—Me gustan tus calzoncillos.

Le di un codazo.

—No, en serio —rio—. Son muy sexis.

—Bueno. —Bajé la mirada hacia ellos—. Sí, la verdad es que sí lo son.

Mi mirada ascendió desde sus labios hasta sus ojos.

—Archer —susurré.

Mis dedos temblaban sobre su cuello. Sentí cómo el aire se volvía denso, muy denso, casi irrespirable.

—¿Sí?

Tragué saliva, reuniendo toda la confianza que tenía en mí.

—¿Tengo que volver a suplicar que me beses?

Una gran sonrisa se dibujó en sus labios.

—Jamás volverás a hacerlo.

Y entonces, sus labios volvieron a los míos, como si jamás se hubieran separado. Notar nuevamente su sabor encendió mi cuerpo al completo.

El beso no tardó en volverse más profundo. Sentí mi cuerpo impactar contra el tronco de un árbol; no me importó.

Archer recorrió mi abdomen con sus manos, acariciando cada centímetro y erizando mi piel.

—Mel —murmuró—. No sabes lo que provocas en mí.

Me gustaba la sensación de tenerlo contra mí, tocándome hasta reducirlo todo al fuego que ardía en mi interior. Me incliné hacia él, como si mi piel necesitara su contacto.

—¿Qué quieres, princesa?

Apenas podía responder. Las palabras salieron en un suspiro.

—Yo… quiero…

—Dime lo que quieres —susurró, volviendo a mis labios—. Y será tuyo.

Nunca había sentido tantas cosas en tan poco tiempo; mi cuerpo temblaba de placer. Bajé la mirada a su torso.

—¿P-puedo…? —pregunté en un débil balbuceo.

Archer retiró su rostro del mío para adivinar a lo que me refería. Lo entendió enseguida, y una sonrisa divertida apareció en sus labios. Yo no sabía lo que estábamos haciendo, pero me gustaba.

—Tócame donde quieras, por favor.

Apoyé las manos sobre su pecho. Era firme y cálido, sólido como una roca bajo mis dedos.

—Eres como una piedra —dije, sin apartar la mirada.

Archer soltó una risa baja y ronca.

—Voy a tomármelo como un cumplido.

Lo era. Por supuesto que lo era. Mis manos siguieron el recorrido de su cuerpo hasta llegar a su mandíbula. Mientras tanto, Archer se encargó de trazar un camino de caricias en torno a mi piel desnuda.

—Archer… —susurré, empezando a ver cómo todo daba vueltas a nuestro alrededor.

Lo siguiente que sentí fueron sus labios en mi cuello. Cerré los ojos, incapaz de contener el sonido que se escapó de mi garganta y que nos sorprendió a ambos.

Se apartó de pronto, con la respiración igual de acelerada que la mía. Abrí la boca, dispuesta a decir algo, pero sus labios volvieron a devorarme sin retención.

Cuando sentí su dureza contra mi entrepierna, mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.

Archer soltó una maldición ahogada contra mis labios.

Su mano descendió lentamente por mi vientre hasta llegar a la cinturilla de mis calzoncillos.

Mi respiración se quebró cuando sus dedos se deslizaron bajo la tela.

Vaciló un instante, como si quisiera leerme el pensamiento antes de continuar.

Pero yo me acerqué más a él, buscando su contacto, y eso pareció bastarle para continuar.

Cerré los ojos, aferrándome a sus hombros. Él me sostuvo mientras seguía acariciándome, cada vez con menos contención.

—Joder, Mel… —murmuró contra mi piel.

Y cuando empezó a moverse, mi vista se nubló. Archer mantenía la mirada fija en mi rostro, atento a cada una de mis reacciones. Mis dedos se hundieron en sus hombros y cerré los ojos.

—Mírame —me pidió en un susurro.

Y lo hice.

Entonces algo explotó dentro de mí. El placer me atravesó de golpe, dejándome temblando entre sus brazos.

—Mel —murmuró, apoyando su frente contra la mía—. Eres mi perdición.

Lo que yo no sabía entonces era que él también iba a acabar siendo la mía.