Capítulo 52
Melody
Mis botas pisaron la hierba y el aire volvió a azotarme como tantas veces había hecho. Era el mismo aire, la misma hierba. Como si nunca me hubiera marchado, como si todo hubiera seguido igual, esperándome.
Me detuve un momento para sentir la brisa contra la piel y luego me volví hacia Archer, que permanecía tras de mí. Nuestras miradas se encontraron.
—Solía venir aquí cuando era una niña.
Y solía disfrutar del atardecer junto al hijo de los Kensington. Aunque lo más probable era que hubiera dejado nuestra pequeña tradición de lado. Quizá se habría marchado, al igual que hice yo.
Estar en la colina me recordó lo mucho que detesté alejarme de este lugar. Me enfadé con mi padre, con mi hermana y… con el mundo en general. Sentí que me robaban parte de mi ser, por muy estúpido que pareciera.
—No recuerdo que mi padre pisara esta parte de la aldea —continué—, pero quizá dejara alguna pista escondida.
Porque si no encontrábamos nada allí, entonces no sabía dónde más buscar.
Archer desvió su atención hacia el cielo y luego volvió a bajar el rostro para mirarme. Finalmente, sus ojos se suavizaron y asintió.
Empecé a subir la colina y no tardé en escuchar sus pasos tras de mí.
Los recuerdos afloraron en mi mente, reviviendo aquellos atardeceres. Con cada paso creí sentirme más cerca de él y mi corazón empezó a latir con más fuerza. ¿Y si seguía allí?
Aceleré el paso y ejecuté mis últimas zancadas hasta la cima. El sol del atardecer estaba allí, deslizándose entre las montañas, como si no hubiera cambiado nada. Cogí una bocanada de aire y bajé la vista.
El atardecer me había esperado, pero él no.
Porque la colina estaba totalmente vacía.
Me desplacé en varias direcciones buscando una pista, cualquier señal que pudiera haber dejado mi padre. Pero no. No quedaba nada más que el sonido del viento y la triste certeza de que, en realidad, todo había cambiado.
Y fue en ese momento cuando, cualquier esperanza que pudiera haber tenido, desapareció.
—Mel
La voz de Archer me hizo detenerme en mitad de la colina. Me giré hacia él, encontrándolo totalmente empapado; por lo visto, había empezado a llover y ni siquiera me había dado cuenta.
Se acercó a mí.
—¿No has encontrado nada, verdad? —preguntó con voz ronca.
Mis labios temblaron.
—No.
Y esa era la verdad más dura que había tenido que admitir.
Luché contra las lágrimas que me amenazaban con salir a la superficie. Ya no sabía qué hacer. No teníamos a dónde dirigirnos.
Estaba perdida y confundida y…
Noté los dedos de Archer rozar mi barbilla y se me detuvo la respiración. Alcé la vista hacia él, encontrándome con su mirada esmeralda.
—Lo siento.
Me froté una mano por el rostro, tratando de borrar las lágrimas que empezaban a mezclarse con la lluvia
—¿Por qué te disculpas?
Solté una risa algo amarga.
—Porque hemos perdido el tiempo.
—No hemos perdido el tiempo —replicó.
—Claro que sí.
Frunció el ceño.
—Hemos subido una colina y, bueno, ha empezado a llover.
Lo miré sin comprender nada de lo que decía.
—¿Qué?
Se pasó una mano por el cabello mojado.
—Estaba intentando encontrar algo positivo y esto es lo único que se me ha ocurrido de momento.
Lo observé unos segundos y tuve que reprimir una risa.
—Eres horrible animando a los demás.
—Creéme, lo sé. —Me regaló una leve sonrisa—. Nunca he sido especialmente bueno con las palabras.
Por increíble que pareciera, el nudo en mi garganta se fue deshaciendo, al menos un poco.
—Pero tengo otros métodos —añadió.
Sus ojos recorrieron la colina vacía y después regresaron a mí. Y cuando quise darme cuenta, se encontraba tendiéndome su mano.
—¿Qué haces?
Me ignoró.
—¿Quieres bailar bajo la lluvia?
No pude evitar soltar una carcajada incrédula.
—¿De veras? ¿Esto es lo mejor que se te ha ocurrido?
Me miró, cohibido, tras los mechones mojados.
—Era esto o darte un discurso motivacional. —Hizo una pausa—. Y, como tú misma has dicho, se me da fatal.
La tensión que había sentido hasta el momento se redujo.
—¿Qué dices?
Bajé la vista hacia sus dedos mojados. Tras dudar un momento, coloqué mi mano sobre la suya. Y, con sorprendente delicadeza, llevó una mano a mi cintura y me acercó a él.
Una sensación, plácida y dolorosa, abrazó mi pecho. Empezamos a movernos sin música, únicamente guiados por el sonido de la lluvia resonando a nuestro alrededor.
Mis pasos danzaban al son de los suyos, como dos notas musicales dentro de una misma canción. Un par de gotas cayendo en mitad de la lluvia hacia un destino borroso .
Solos él y yo.
No sabría decir cuánto tiempo estuvimos bailando. Cuando quise darme cuenta, solo se podía apreciar la parte superior del sol entre las montañas.
Como si nos hubiéramos dado cuenta al mismo tiempo, nos detuvimos, ambos con la respiración entrecortada. Estábamos demasiado cerca y, a su vez, demasiado lejos. Alcé la mirada lentamente; la suya ya estaba sobre mí.
Sus labios, bañados por la lluvia, casi rozaban los míos, creando mil arañazos en mi corazón. Mi piel se erizó y sentí cómo mi cuerpo temblaba ante su tacto.
—Mel… —pronunció en un susurro ronco, una advertencia.
Mi respiración se detuvo. Solo nos separaba un pequeño espacio, un espacio que podría desaparecer en un solo pestañeo… Solo bastaba una respiración para que se rompiera.
—No deberías mirarme así —susurré inevitablemente.
—No deberías acercarte tanto.
Pero no podía retroceder.
Sus dedos rozaron los míos y ninguno de los dos se apartó. Entreabrí los labios por inercia y algo en sus ojos se encendió: una llama esmeralda.
Alzó la mano para recorrer la comisura de mis labios con su dedo.
—Dime que me detenga —me pidió.
No respondí.
Bajó sus manos, deslizándolas por mi costado. El roce era ligero pero, al mismo tiempo, pesado. Hundió sus dedos en mi cadera .
—Dímelo—murmuró otra vez.
Temblé.
—No quiero que te detengas.
No podía creer que esas palabras hubieran salido de mi boca. Archer inspiró profundamente.
—¿Y qué es lo que quieres?
Mis labios se abrieron sin previo aviso.
—Quiero que me beses —le rogué—. Bés…
Sus labios chocaron con ferocidad contra los míos y el mundo se detuvo.
Me dolía no poder confiar en él, me dolía saber que tenía el poder de traicionarme. Un profundo ardor me atravesó al recordar todo lo que me habían arrebatado, todo aquello que había perdido. Estaba harta.
Por eso lo mandé todo al infierno.
Si tenía que traicionarme, que lo hiciese. Si debía matarme, adelante. Porque si moría, moriría sin remordimientos.
Acepté su beso.
Mis labios respondieron con desesperación a los suyos. Noté cómo se formó una sonrisa en ellos mientras me apretaba más y más contra él.
Era deseo en su estado más puro. Un deseo que me instó a colocar mis manos sobre su cabello y acercarlo a mí.
Un estallido de placer recorrió todo mi cuerpo cuando me alzó con destreza, dejando mi rostro a su altura. Rodeé su cintura con mis piernas mientras él me sujetaba con fuerza.
Nos separamos, jadeantes, durante un corto instante para recobrar el aire.
—No puedes imaginar cuánto tiempo he deseado hacer esto .
Sonreí para mis adentros y le respondí con otro beso, algo más dulce; era íntimo y tan frágil como el pétalo de una flor. Pero no tardó demasiado en intensificarse, volviéndose desesperado.
Hice uso de todo mi autocontrol para separarme unos centímetros de él.
—No me abandones —pronuncié en una súplica—. Jamás.
Porque no lo soportaría. Ya había perdido a demasiadas personas. No quise que Archer derrumbara mi muro de protección por ese mismo motivo, pero supongo que era inevitable.
Me retuvo la mirada, vulnerable e intensa, unos largos segundos antes de apoyar su frente mojada contra la mía.
—Nunca lo he hecho. —Me acarició la mejilla—. Y nunca lo haré.
Guardando la calidez de sus palabras, dejé caer mi cabeza en su pecho. Desvié mi mirada hacia el último rayo de luz que se escondía tras las montañas. El cielo se había teñido de negro para regalarnos la preciosa vista de una noche estrellada.
Entre toda aquella oscuridad se encontraba una luz. La luz de mis recuerdos. Sobre la colina y entre los brazos de Archer, supe que no todo estaba perdido. Porque entre todas aquellas estrellas, la encontré. Allí estaba mi estrella; ella nunca me había abandonado.
Y jamás lo haría.