Donde caen los reyes (Ofem 1) Capítulo 51
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Capítulo 51

Melod y

Pisar las calles de mi hogar me llenó el corazón de algo indescriptible. Observé las pequeñas casas que nos rodeaban; a mi izquierda pude distinguir la de las gemelas Davenport. ¿Aún seguirían viviendo allí?

A decir verdad, la aldea estaba bastante desierta.

De hecho, tan solo nos encontramos con un hombre, el cual no me sonaba de nada.

Y no era extraño, teniendo en cuenta que faltaban menos de dos horas para que anocheciera y todos los negocios habían cerrado.

Era de esperar que a aquellas horas estuvieran cenando.

—No ha cambiado nada —dije, más para mí misma que para Archer.

Él miraba todo cuanto nos rodeaba con aparente curiosidad.

La aldea seguía tal y como la recordaba. Pasamos frente a la carnicería, que se encontraba junto a la casa de los Calloway. El pequeño pozo de piedra seguía frente al hogar de los Montgomery.

La tierra bajo mis pies crujía con cada paso, recordándome lo distinto que era ese lugar de las calles empedradas de Banglad.

—Es muy pequeña —añadí—. Debes de estar tan acostumbrado a la multitud de Banglad que esto te resultará muy extraño.

Me devolvió su atención.

—Sí —contestó entonces—. Es extraño.

Seguimos caminando sin un rumbo fijo, simplemente buscando algo que nos llamara la atención.

Los recuerdos comenzaron a venir a mí sin previo aviso; las veces en las que había jugado al escondite por esa misma calle, los momentos que compartí junto a mi amiga Elisabeth y cada uno de los atardeceres que admiré junto al hijo de los Kensington.

—¿Por qué crees que mi padre marcó Ambolia? —pregunté al cabo de un rato.

—Tal vez dejara algo aquí —respondió, frunciendo levemente los labios—. No es un sitio muy concurrido, que digamos.

No. No lo era. Y tampoco es que hubiera un montón de lugares en los que pudiera dejar alguna pista. Si realmente había algo de valor en Ambolia, lo más probable es que estuviera en mi casa.

Solo de pensarlo, sentí algo apretar mi pecho.

Regresar a esa casa significaría ver a mi tía después de trece años.

La había añorado muchísimo y tenía ganas de reencontrarme con ella, pero también había una parte de mí que me advertía de su reacción, dado que uno de los motivos por los que no volvimos a la aldea fue su dolor ante la muerte de mamá.

—Tendremos que ir a mi antigua casa —le informé, algo insegura—. Mi tía Beatrix sigue viviendo allí. Y digamos que no la veo desde hace unos trece años.

Arqueó las cejas.

—¿Nunca os habéis vuelto a encontrar?

—Le dolía demasiado recordar a nuestra madre en el rostro de Sloane y el mío —expliqué—. Supongo que eso fue lo mejor para ella.

—¿Y para ti?

—¿Qué? —pregunté, desconcertada.

Me estudió como si estuviera intentando ver más allá de mis pensamientos. Me detuve, tratando de encontrar el sentido de sus palabras.

—¿Crees que eso fue lo mejor para ti? —repitió.

En absoluto.

—No lo sé —terminé respondiendo.

Tía Beatrix me había criado como a una hija.

Por eso, cuando nos dejó de hablar tras nuestra partida, una parte de mí se rompió.

No solo perdí a mi madre, sino que también la perdí a ella.

Recordaba sus riñas, sus caricias, sus consejos, sus mimos…

Recordaba todo lo que había hecho para reemplazar a mi madre.

Y aún así, yo no pude darle lo suficiente a cambio. No pude dejar de parecerme a su difunta hermana.

—En cualquier caso, no nos queda otra opción. —Me mordí la lengua—. Espero que me abra la puerta.

Guie a Archer hasta la que había sido mi residencia durante los primeros ocho años de mi vida. Observé el pequeño porche en el que tantos días había jugado. El antiguo mecedor de madera seguía allí, junto a la ventana que daba a la cocina.

Subí los dos escalones de tablones y me coloqué delante de la puerta, con Archer a mis espaldas.

Respiré hondo un par de veces. Pero antes de llamar, me volví hacia Archer. Permanecía cruzado de brazos a un metro de distancia. Nuestras miradas se encontraron y asintió. Finalmente, llamé a la puerta con los puños temblorosos.

Nadie abrió. Pasaron unos largos segundos y la puerta seguía cerrada.

Volví a girarme.

—Tal vez haya sali…

—¿Melody?

Reconocí su voz al instante y la miré.

Tía Beatrix seguía igual, aunque con alguna que otra arruga más.

Sus grandes ojos marrones estaban abiertos de par en par. Llevaba el cabello —anteriormente castaño— más grisáceo, recogido en un moño medio deshecho del que se escapaban más mechones de lo normal.

Ahora yo era más alta que ella y eso se me hacía muy extraño.

Sus ojos me recorrieron enteramente.

—¡Cómo se te ocurre pasearte con el vestido lleno de barro! —Se tapó la boca con ambas manos.

«¿En serio?»

—Precioso primer comentario después de trece años, tía Beatrix —respondí, frunciendo el ceño.

Archer rio antes de que mi tía desviara su atención hacia él. Aún iba semidesnudo, pues llevaba atada su camisa al cuello. Lo único que tocaba su piel era el arco que transportaba a sus espaldas. Noté cómo se ruborizaba y tuve que reprimir una risa.

—¡Y encima acompañada! —me riñó—. ¡Entrad! Que no te vea nadie más así. Oh, ¡por los Dioses! —iba maldiciendo.

Lo miré de reojo, indicando que era mejor seguir sus órdenes. Los dos entramos sin rechistar. ¿Quién se atrevería a no hacerlo?

—Voy a ir a por un vestido —anunció tía Beatrix, pasándose una mano por la cara—. Niña desaliñada… —murmuró mientras se alejaba de nosotros.

—Y esa es mi tía —me giré hacia Archer, que estaba observando distraídamente el recibidor.

Era una casa algo pequeña; en la sala de estar apenas cabían cinco personas. La cocina era más grande, contando con un comedor espacioso a su lado.

Antiguamente, todo estaba cubierto de plantas. Cada día traía ramos de flores para decorar las estancias. Por lo visto, mi tía no había seguido con mi pequeña tradición.

Era algo triste. Ahora un vacío rellenaba los espacios donde escaseaban los muebles, pues muchos nos los llevamos a nuestra casa en Banglad, como los sillones. Ahora había unas sillas de aspecto incómodo en su lugar.

—Creo que la has decepcionado —comentó Archer, visiblemente divertido.

—Como mínimo se ha avergonzado lo suficiente de mi aspecto como para dejarnos entrar.

Escuché los pasos de mi tía acercarse.

—Toma, niña. —Me tendió un vestido de tela amarilla—. Es el vestido más pequeño que tengo —explicó—. Era mío; me lo puse una vez con tu edad para asistir a un baile en Banglad.

—¿El único baile al que fuiste? —pregunté, recordando que alguna vez lo había mencionado.

—No me gustó. Mucha hipocresía.

—Estoy totalmente de acuerdo —concordé, mirando el vestido.

Me quité la camisa negra de Archer del cuello y se la tendí. Él dejó apoyado su arco en la pared para poder ponérsela, privando a mi tía de las maravillosas vistas.

—Estáis muy sucios —opinó tía Beatrix, claramente asqueada—. Tendréis que ir al río a lavaros. Pero antes, ponte el vestido, no vuelvas a salir así a la calle.

Me desplacé hasta lo que había sido mi dormitorio años atrás para cambiarme. Para mi sorpresa, lo encontré igual que como lo había dejado: totalmente vacío.

No había nada, tan solo suelo y pared.

Me quité el vestido de Odilia, que había pasado de ser verde a negro, y me puse el que me acababa de tender mi tía.

La prenda se deslizó sobre mi cuerpo hasta quedar apretada contra mi piel.

Era ajustada en el pecho y tenía un bordado disimulado que le daba un toque de originalidad.

La falda caía como olas del mar. Sin duda, era un vestido de fiesta, aunque lo bastante discreto como para no desconcertar a nadie de la aldea.

Al volver al recibidor, me encontré únicamente a Archer, que me atravesó con su mirada.

—¿Dónde está mi tía?

Parpadeó.

—Ha dicho que iba a por un cepillo —respondió con una sonrisa torcida—. Por lo visto, tienes el cabello igual que un nido de golondrinas.

—Oh, no. —Dirigí las manos a mi cabello, que llevaba descuidado más tiempo del debido—. Debo de tener unos enredos descomunales.

Tía Beatrix apareció acompañada del cepillo al momento. Me obligó a sentarme en una silla mientras ella dedicaba todo su esfuerzo a peinarme.

—Qué destrozo —susurró, maldiciéndome.

—Una no puede preocuparse de su cabello cuando intenta que no la mate la guardia del rey —respondí con una mueca—. ¡Augh! ¡Me haces daño!

El siguiente tirón por poco me arranca un mechón.

—Sigues siendo una quejica —me dijo con desdén—. Y sí, llegó a mis oídos tu cargo contra la ley.

—¿Y? —alcé una ceja.

Ella vaciló.

—¿Y qué?

—¿No vas a preguntarme por qué estoy en el punto de mira de un reino entero?

—Algo habrás hecho —resopló—. Y no me sorprende. De pequeña siempre te metías en problemas.

Archer reprimió una carcajada. Lo fulminé con la mirada.

—Bueno —suspiré, tratando de ignorar sus tirones—. Me alegra saber que sigo siendo una decepción.

—Para tu padre no lo fuiste. Siempre pensó que ibas a rebelarte contra el mundo.

—Sin duda alguna, lo he hecho.

Sentí un dolor repentino tras el último tirón de cabello.

—¡Augh!

—¿Estás orgullosa? —espetó—. ¡Acabarás muerta como tu padre!

—Yo no soy como él. —Puse los ojos en blanco.

Era la primera vez que hablábamos de mi padre tras su muerte y, ciertamente, pensaba que me iba a afectar más. Quizá fueran las semanas transcurridas, o la adrenalina de mi vida últimamente, pero ya no sentía una opresión tan fuerte en el pecho.

—No —soltó—. Eres igual a tu madre. No sé qué es peor.

Me había olvidado de lo criticona que podía llegar a ser mi tía.

—Vaya, gracias. ¿Cuándo acabará la ronda de halagos?

Tía Beatrix soltó el cepillo sobre la mesa y se apartó unos metros para observarme. Una sola mirada y ya sabía que me estaba juzgando a más no poder.

—Ahora, como mínimo, no pareces salida de una cueva de osos.

—Me alegra saberlo —respondí, pasándome una mano por el cabello. Era sedoso. Y aunque podía notar algunos enredos, no se parecía en absoluto al estado en el que lo tenía minutos atrás. Aún estaba sucio, obviamente, por eso decidí trenzarlo.

—Anda, déjame a mí. —Tía Beatrix volvió a colocar sus manos entre mis mechones—. Y dime, ¿Por qué has decidido volver después de tantos años? Se suponía que no podíais volver a pisar Ambolia.

—¿Qué? —giré mi rostro, sorprendida, hacia ella—. ¿Cómo que se suponía? ¡Nos fuimos por ti!

Mi tía rio sin ganas.

—Así que Donald os dijo eso —murmuró más para ella que para mí—. ¿Por qué no me sorprende?

¿Otra mentira de mi padre? A aquellas alturas no tendría que sorprenderme algo así.

—Hemos venido en búsqueda de algo que dejó papá aquí —le hice saber.

—¿El qué?

—Eso esperaba que me dijeras —reconocí.

Comenzó a reír. «Genial».

—Donald se lo llevó todo —dijo, negando con la cabeza—. Aquí no queda nada.

—Tal vez no esté en esta casa. —Desvié la mirada hacia Archer, que acababa de pronunciar aquellas palabras—. Quizá esté en otra parte de la aldea.

—Es muy probable —respondió mi tía —. Donald era muy retorcido. Si dejó algo aquí, seguro que lo hizo en el punto más remoto de la aldea. En algún lugar en el que nadie se fijaría.

Me mordí el labio, pensativa.

—Creo que sé de un sitio que cumple esas características.

Archer me retuvo la mirada antes de pronunciarse:

—Vayamos.