Capítulo 50
Arche r
—¿Me está diciendo que el único tren de esta semana sale dentro de veinte segundos?
El anciano asintió mientras dejaba escapar un gran bostezo.
«De puta madre».
Miré de reojo a Melody; ella hizo lo mismo conmigo. Solo hizo falta una única palabra para marcar nuestro destino.
—Corre.
Y así, sin más, empezó nuestra carrera.
El único medio de transporte —además de a caballo— con el que podíamos llegar a Ambolia era el tren.
Y, obviamente, nos íbamos a colar en él, ya que ni teníamos dinero, ni nos podíamos arriesgar a ser vistos.
Lo ideal hubiera sido entrar tranquilamente en uno de los vagones de cargamento cuando el revisor saliera de él, pero dadas las circunstancias, tendríamos que improvisar.
Me coloqué frente a Melody para reducirle los azotes del viento, que chocaba contra nosotros con fuerza.
Ella miraba de reojo a quienes permanecían en la estación esperando el siguiente tren, que nos observaban con la boca abierta.
Supongo que ver a un chico semidesnudo corriendo como un loco tras un tren no era lo más común.
Pasamos en medio de la gente que se había bajado en aquella parada. Pese a que intenté esquivar a la gran mayoría, fue inevitable que terminara chocando contra algunos.
El silbato del tren se alzó en el aire, anunciando su partida.
Mierda.
Melody aceleró el ritmo tras de mí, dejándose los pulmones en ello.
Logré ver el tren; empezaba a andar.
—¡Se va! —gritó.
Me giré, la agarré del brazo y tiré de ella con fuerza, obligándola a correr todavía más rápido.
—No nos va a dar tiempo —jadeó.
¿Que no?
La cogí por la cintura y salté con ella a la vía del tren. No le di demasiado tiempo a procesarlo, tiré de ella y seguimos corriendo. Afortunadamente, el tren no había acelerado demasiado, pero sabía que en cuestión de segundos sería imposible atraparlo.
Me detuve en seco .
—¿Qué haces? —exclamó Melody, adelantándome.
No contesté, en su lugar, la cogí en brazos, sin darle espacio a queja.
Miré de reojo el tren.
—Agárrate a cualquier cosa —le indiqué, y seguidamente la lancé por los aires.
Tal y como había calculado, cayó sobre la plataforma trasera del tren, aferrándose a la barandilla metálica como si le fuera la vida en ello.
Yo, por mi parte, seguí corriendo.
—¡Cógeme la mano! —exclamó, alargando el brazo.
Por mucho que estirara el brazo, sería imposible llegar a tocar sus dedos.
Pero cuando Melody —y su imprudencia— dejó caer la mitad del cuerpo fuera del vagón, logré agarrar su mano y tiró de mí.
Lo siguiente que sentí fue un dolor en las costillas.
Cuando alcé la cabeza me encontré con la mitad de mi cuerpo sobre el de Melody, que respiraba con violencia.
Me empujó del pecho, haciéndome retroceder y me enderecé.
Vi cómo desaparecían los edificios del centro del reino a medida que lo íbamos dejando atrás, entrando en un nuevo paisaje compuesto por praderas y montañas.
—Entremos al vagón —propuse.
Mel accedió y fuimos avanzando algunos vagones hasta encontrar un par de asientos vacíos.
Los vagones contaban con varios de ellos a cada lado, dejando un pasillo dibujado con una moqueta verde en el centro.
Me detuve y le dejé pasar primero. Melody se sentó junto a la ventana, apoyando la cabeza en su brazo .
Seguí el rumbo de su mirada y observé la hierba bañada por la luz del sol. El verde intenso contrastaba a la perfección con el azul del cielo.
—Estás nerviosa —pronuncié.
No había pasado desapercibido el temblor en su pierna. Melody me miró por el rabillo del ojo, primeramente sorprendida, y después asintió.
—Durante tanto tiempo he deseado volver que… —suspiró—. Se me hace irreal que esto esté ocurriendo. Y en estas circunstancias.
La comprendía perfectamente. Por lo que me había contado, echaba de menos este lugar. Era casi cruel que tuviera que regresar gracias a la muerte de su padre.
—Tal vez tenía que ser así.
—Tal vez el destino es demasiado cruel —respondí. Porque no se me ocurría ninguna otra respuesta.
Aunque había aprendido de buena mano que son, precisamente, los actos crueles los que nos hacen fortalecernos. Y es esa fortaleza la que nos enseña a sobrevivir.
Aun así, hubiera dado cualquier cosa para que ella pudiera haber regresado a Ambolia mucho antes.
Al levantar la mirada, reparé en el hombre que acababa de entrar en el vagón. Iba vestido con un traje y, para mi desgracia, tenía toda la pinta de ser el revisor del tren.
—Mierda —mascullé.
El hombre se acercó a una familia sentada cinco filas delante de nosotros. Como era de esperar, les pidió el billete del tren. La mujer se los tendió sin ningún tipo de problema y él, tras inspeccionarlos atentamente, asintió y se los devolvió.
—Tenemos que irnos.
Cogí a Mel de la mano sin decir palabra. Nos levantamos sin hacer el menor ruido y empezamos a caminar hacia el siguiente vagón. La mirada del revisor nos escudriñó.
—¡Eh! —bramó.
Joder.
—Disculpe —dije mientras empezaba a pisar el siguiente vagón—. ¡Tenemos que ir al servicio!
—Pero si no hay servicio.
No me fastidies.
—¡Esa joven es la fugitiva del rey! —gritó una mujer, llevándose las manos a la boca.
Los ojos del revisor salieron de su órbita. Melody dirigió mis manos hacia la camisa, que se le había desatado hacía apenas unos segundos y ya no le tapaba la mayor parte del rostro.
—¡Llamad a la guardia real! —chilló otro hombre.
—¡No! —replicó una voz—. Ofrecen mucho dinero por ella.
—Tampoco tanto —respondió Melody tímidamente.
Y tuve que contener una carcajada.
—¡Cogedla! —Varios hombres se levantaron y decidí que era el momento de salir pitando—. La entregaremos al rey. ¡Es usted un peligro!
—En ese caso… —Les dediqué una rápida reverencia—. Ha sido un placer. Damas —miré a todos los pasajeros—, caballeros, espero que tengan un viaje de lo más agradable.
Y acto seguido, salimos corriendo.
Las probabilidades de que pudiéramos salir de allí sin ser capturados eran bastante nulas, pero no perdí la esperanza. Aunque he de admitir que al llegar al último vagón del tren me costó no hacerlo.
El aire nos azotó nada más salir al exterior.
—Mel. —Me volví hacia ella, aunque se me apretó el pecho al reparar de lo cerca que se encontraban nuestros rostros. Por mi bien, decidí ignorarlo y la cogerla por la cintura—. Necesito que confíes en mí.
Sus ojos se quedaron clavados sobre los míos unos largos segundos. Pensé que iba a negarse, pero finalmente asintió.
No hizo falta nada más para que nos abalanzara a ambos hasta el lateral del tren.
Bajo nuestros pies tan solo se podía apreciar la vía del tren. La sujetaba con fuerza con un brazo, mientras que con el otro me aguantaba en una pequeña barandilla. De todos modos, notaba la tensión en todo su cuerpo.
—Archer. —Su voz tembló sin vergüenza.
Empezaba a percibir el temblor en mi brazo. Mierda.
—No podré seguir así mucho más —comenté, alzando la voz para que pudiera escucharlo correctamente—. Vas a tener que volver a confiar en mí.
Resopló.
—¿Cuándo he tenido otra alternativa?
Sonreí.
La agarré con más fuerza y la impulsé hacia arriba. Vi cómo alargaba los brazos y se agarraba todo lo que podía. Se quedó colgando del techo del tren.
Me subí encima de la barandilla y, con un salto, conseguí llegar al tejado.
Fui hasta Mel.
—Me sudan las manos —dijo—. Voy a caer.
Intentó decirlo con calma, pero el tono agudo en su voz la delató. No dudé en cogerla de las manos. Con un estirón limpio, logré que su cuerpo ascendiera hasta mí. Aterrizó sobre el tejado.
—¡Mel! —pronuncié—. ¿Estás bien?
La observé para asegurarme de no haberle hecho algún moratón con el estirón. Ella se levantó lentamente, visiblemente mareada. Finalmente consiguió quedar a cuatro patas.
—Es… —balbuceó sin apenas aire—. Estoy bien, tranquilo.
No logró convencerme.
—Tendrás muchos moratones —le advertí. Porque por mucho que hubiera tratado de hacerlo con cuidado, la había agarrado con demasiada fuerza por la cintura.
Me enderecé y vi el túnel por el que iba a tener que pasar el tren. Joder. Definitivamente, el destino quería complicarnos la vida.
Le tendí la mano a Mel y la ayudé a enderezarse. Pese a ser complicado, se esforzó por mantener el equilibrio.
La pradera parecía ser nuestra única vía de escape.
—¿Alguna vez has saltado de un tren? —le pregunté, cogiéndola de la mano.
Melody dudó.
—No.
—Mañana ya no podrás decir lo mismo.
Nos impulsé y nuestros pies dejaron de tocar el tren.
Me aseguré de estar debajo al recibir el impacto contra la hierba para que no se hiciera más daño. Me golpeé la rodilla y el hombro, pero no creí que fuera nada grave.
Rodeé el cuerpo de Melody mientras rodábamos colina abajo hasta que, poco a poco, la velocidad fue disminuyendo. Cuando frenamos, nos quedamos quietos y en silencio. Nuestra respiración se mezclaba con el sonido del viento y el canto de los pájaros.
—Por favor —susurré, con el pecho acelerado—. Dime que estás bien.
Melody se encontraba bajo mi cuerpo, totalmente inmóvil. Cuando levantó la barbilla, su nariz rozó sutilmente la mía. Observé su rostro con detenimiento; no parecía herida, aunque sí estaba manchada de tierra por varias partes.
Una gota de sangre cayó sobre su vestido, y me di cuenta de que era mía. Melody levantó la mano y la colocó sobre una herida en mi mejilla. El escozor fue instantáneo.
—Mucho mejor que tú, por lo visto —respondió.
Y sin previo aviso, llevó su mano a las ondas que caían desordenadas por mi frente. Sus dedos jugaron con mis mechones. Permanecí en silencio por miedo a que se detuviera si decía algo.
Sus ojos eran hipnóticos; necesitaba contar con un gran control para dejar de mirarlos, y por desgracia, no tenía esa fuerza.
—Mel… —susurré, tratando de contener aquello que había sentido desde hacía más tiempo del que era capaz de pronunciar.
Sus labios estaban a un par de centímetros de los míos, tentándome. Tan solo tendría que moverme un poco para probarlos. Sería tan sencillo acercarme más a ella, permitirle sentir el latido desenfrenado de mi corazón. Dejar que supiera lo que pasa por mi mente a cada segundo .
Quería colocar mis manos sobre su piel, recorrerla hasta memorizar cada parte de su cuerpo. Besarla y descubrir a qué sabía mi perdición.
Quería hacer todo eso y más.
Pero ella pareció volver a la realidad en menos de un parpadeo. Retiró sus manos de mi cabello y me apartó, dejando un hueco hiriente entre los dos.
—Gracias —dijo mientras se incorporaba—, por protegerme.
Seguía mirándola sin pestañear, con las manos temblando. Si no se hubiera levantado, lo habría hecho. No me habría podido contener.
Aquello se estaba poniendo cada vez más difícil. Pero… ¿acaso no lo veía? ¿No lo sentía? Porque, joder. Para mí era imposible ignorarlo.
—No hay de qué —me limité a responder, aunque lo que quería decir era algo totalmente distinto.
Ella apartó su mirada, como si no fuera capaz de mirarme por más tiempo, y centró su atención en el horizonte.
Su cabello frente al sol adquiría un tono que la hacía parecer más pelirroja que castaña.
El viento se lo removía y las ondas volaban despeinadas, aunque ella estaba demasiado centrada en la aldea como para preocuparse por eso.
Yo quise guardar la imagen en el fondo de mi memoria.
—Ambolia —dijo, deslizando una mano por su frente—. Estamos en Ambolia.
—Eso parece.
Me miró por el rabillo del ojo. Me levanté del suelo y expulsé un poco la tierra de mi pecho. Fui hasta ella y me coloqué a su lado para observar el paisaje. Las pequeñas casas de la aldea se alzaban a los pies de las montañas.
—Es increíble —dijo.
Y no pude estar más de acuerdo.