Capítulo 49
Melody
Los guardias se habían marchado hacía al menos una hora, pero yo seguía escuchando su murmullo. O quizá fueran las voces en mi cabeza.
Archer no me había soltado y tampoco había pronunciado palabra.
No era capaz de separarme de él; mis manos seguían en el mismo lugar, agarradas a su pecho desnudo. Mis lágrimas habían acabado cayendo sobre su piel, formando varios ríos que descendían por su torso.
Sabía que me tenía que levantar, que mi deber era comprobar la tumba, pero me veía incapaz. No quería contemplar con mis propios ojos el agujero.
Apreté los labios, maldiciendo todo lo que me rodeaba, como si el mismo mundo fuera el causante de mi desolación .
Pensé en todo lo que había pasado hasta llegar allí, en lo que había afrontado. Había escapado de decenas de guardias. Y, sin embargo, no me veía capaz de alzar mi vista hacia una simple tumba.
Pero no era una tumba cualquiera; era la tumba de mi madre. Y si mi madre no se encontraba dentro, entonces… ¿Dónde estaría?
—Ve tú —susurré sin abrir los ojos.
Su cuerpo se tensó, pero no dejó de acariciarme.
—No cambiará la realidad, Mel.
Dolía, pero era cierto. Me separé unos centímetros de él y, de repente, sentí frío. Mis ojos, inyectados en sangre, se encontraron con los suyos.
—No sé si puedo —admití con la voz rota.
Archer me observó con cautela, probablemente estuviera meditando sus próximas palabras.
—Tal vez no puedas verte como te veo yo, pero no ha habido ni un solo momento en el que no me hayas sorprendido. —Sonrió suavemente—. Puedes hacer todo lo que te propongas, Mel.
Lo miré detenidamente. Esa estúpida sonrisa… hacía que mi corazón latiera con más fuerza.
—No estás sola. —Se levantó poco a poco, tendiéndome a su vez la mano—. Nunca lo has estado.
Deposité mi confianza en él. Si Archer no era realmente quien decía ser, si aquello era tan solo una máscara, entonces todo acabaría. Pero hasta entonces tenía que aferrarme a lo único que me quedaba: él.
Tomé su mano y me incorporé. Dirigí mi mirada hacia la tumba; un montón de tierra estaba apilada junto a la lápida. El estómago se me removió y clavé mi mirada en el lugar en el que, supuestamente, había permanecido descansando mi madre durante años.
Juntos fuimos caminando hasta el borde del agujero. La ansiedad seguía ahí, recordándome que no iba a dejarme tranquila. Suspiré; había llegado el momento.
Lentamente, bajé la barbilla y abrí los ojos.
Y allí estaba. Un agujero vacío.
Una inclemente verdad chocó contra mí. Había tenido esperanzas —unas débiles y estúpidas esperanzas— en mi padre.
Quería pensar que no me había mentido en todo, que, en realidad, él solo me estaba protegiendo.
¿Pero cómo podría proteger a su hija mintiéndole sobre el lugar en el que se encontraba enterrada su madre?
—Mel —su susurro era más bien una pregunta.
Cogí una bocanada de aire.
—Mi padre me mintió. —Estaba resentida; el doloroso sentimiento por su traición se iba apoderando de mí, cada vez con más fuerza—. No lo entiendo.
—No sabemos por qué lo hizo. —Sabía que Archer intentaba defenderlo, hacerme sentir mejor. Pero aquello había acabado. Nadie podía justificar las acciones de Donald SinClair.
Mi hermana iba cada semana a traerle flores. Lloró frente a una tumba vacía. Lo que había hecho mi padre no era excusable.
—Si no está aquí… —dije, tratando de controlar el temblor en mi voz—. ¿Dónde está?
Archer dejó escapar un suspiro. Observó la tumba vacía con más detenimiento y negó con la cabeza.
—No lo sé.
Rodeó el agujero hasta colocarse tras la lápida .
—Mel —me llamó—. Ven.
Fui hasta él, pero no vi nada que me llamara la atención.
—No hay nada —me reí sin ganas—. Qué sorpresa.
Archer negó antes de señalar la piedra. Su índice quedó a un simple centímetro de la fría piedra.
—Mira el grabado —especificó.
Me acerqué más y… ahí estaba. A fin de cuentas, la tumba no se encontraba vacía del todo; el mapa estaba grabado en la lápida.
Las finas líneas habían sido talladas sobre la piedra, dibujando el reino entero. Reconocí el centro de Banglad, las montañas que se alzaban a las afueras e incluso el muro que rodeaba el palacio, separándolo del bosque.
Pero lo más inquietante de todo eran los puntos marcados con una cruz.
—Oh, Dioses —susurré, acercando mi rostro a la piedra. Recorrí con mi dedo las marcas, siguiendo todas las cruces.
Archer se colocó a mi lado, observando cada uno de mis movimientos.
—El palacio. —Fue el primer punto que marcó. Mi dedo descendió hasta el siguiente. Apreté los dientes, nerviosa, antes de percatarme de cuál era—. La casa de Delphine.
Recorrí con la mirada la lápida hasta percatarme de que había pasado desapercibida una de las cruces. Estaba apartada del resto, ya que se encontraba a las afueras de Banglad. Era apenas visible, pues la tierra tapaba toda la parte inferior.
Señalé el punto exacto en el que se dibujaba.
—Hay una última flecha —pronuncié—. Está… en Ambolia.
Algo dentro de mí se agrietó.
Todos tenemos un lugar del que procedemos, un lugar donde pasamos gran parte de nuestras noches. Por muchas vueltas que dé la vida, tú siempre sabrás de dónde vienes. Siempre tendrá una parte de tu corazón porque, en algún momento, formó parte de tu vida.
En mi caso, Ambolia contaba con mucho más que una parte de mi corazón; contaba con todo él.
—¿Ambolia? —repitió Archer.
Me volví hacia él.
—Pasamos varios años allí. Tiene sentido que sea uno de los puntos que marcó mi padre.
Archer pareció más confundido que antes.
—¿Cuánto tiempo estuvisteis allí?
—Hasta los ocho años.
Su mirada se ablandó.
—Son muchos años.
—Sí. Ambolia es… —Lo pensé un momento—. Mi hogar. Mi verdadero hogar. Quizá también era el de mi padre.
—¿Lo echas de menos?
—Más que nada —me sinceré.
Archer volvió a mirar la cruz.
—Es el único lugar que nos queda sin pisar —comentó.
—¿Insinúas que tenemos que ir? —pregunté, sin poder evitar que una ráfaga de esperanza brotara en mi corazón.
—No creo que haya tropas del rey allí —dijo, mirándome de reojo—. Y necesitamos saber el motivo por el que está relacionado con el Caso Cenit, la razón por la que tu padre lo marcó .
Sus palabras me provocaron una sonrisa y lograron que, durante unos segundos, desaparecieran todos los pensamientos relacionados con mi madre.
Pensé en cómo habría cambiado la aldea, en si tía Beatrix seguiría igual de cascarrabias, en si el atardecer seguiría siendo igual de hermoso, en si él seguiría allí.
Porque… Iba a volver.
Iba a volver a Ambolia.