Capítulo 48
Melody
Archer iba contando en voz alta el número de carteles con los que nos cruzábamos a nuestro paso.
Mientras tanto, yo opté por hacer algo más productivo, como ir arrancándolos uno a uno.
Llegó un punto en el que la gran torre de papeles llegó a taparme los ojos.
Cabreada, los tiré todos al suelo: total, mi horrible cara ya se habría visto por todas partes.
Varias o, más bien, la mayoría de mujeres con las que nos cruzábamos, se quedaron embobadas mirando a Archer.
Y era normal, teniendo en cuenta que tenía un cuerpo de escándalo; cualquiera se quedaría maravillado ante esas vistas, incluida yo.
No era usual encontrarse a un chico semidesnudo por las calles de Banglad.
Archer pareció no percatarse; estaba demasiado concentrado en el número de carteles con mi cara que me iban acechando a cada paso .
Tras un buen rato caminando, logramos llegar sin ninguna interrupción no deseada al cementerio de árboles.
Su nombre era en honor a la gran cantidad de árboles que lo constituían.
Cada árbol simbolizaba la vida de la persona que descansaba bajo sus pies.
Las lápidas eran, en sí, el tronco del árbol.
En el cementerio solo descansaban los cuerpos de las personas que habían podido permitirse pagarlo.
El resto de cadáveres eran enviados al segundo cementerio, uno que no se molestaba en anunciar el nombre de los difuntos y donde se mezclaban todos los cuerpos.
Y, obviamente, ese no estaba repleto de árboles.
No era que mi familia fuera muy adinerada, pero sí lo suficiente como para que mi madre descansara allí. Tener un árbol nos hacía pensar que ella, ya que así, en algún lugar, seguía viviendo.
Como murió cuando yo era muy pequeña, prácticamente no recordaba nada de ella; el haber tenido su propia lápida me proporcionó la oportunidad de poder visitarla cada año.
Sloane, papá y yo veníamos anualmente a traerle flores.
Nunca había venido por mi cuenta a verla.
No porque no quisiera, sino porque no sentía la necesidad.
Sloane solía acercarse cada semana; en cambio, papá y yo nos manteníamos al margen, sólo asistíamos a nuestros encuentros anuales, por su aniversario.
Sloane había vivido más cosas con ella. Decía que prácticamente no la recordaba, pero ya era algo más que mis pobres recuerdos, de los que la mitad eran inventados. No conocía la razón específica por la que papá no venía a visitarla; tal vez le doliera demasiado.
—¿Lista? —pronunció Archer a mi lado.
Ante nosotros se alzaban los altos muros de piedra que encerraban a todos los árboles y tumbas en su interior. Pese a que los árboles ayudaban a crear un espacio más cálido, no pude evitar estremecerme.
Me obligué a asentir en respuesta, notando mis labios temblorosos al hablar.
—Sí. Entremos.
Sin decir nada más, atravesamos la entrada de piedra con pasos cautelosos. Todo cuanto nos rodeaba eran tumbas y árboles. Algunas eran imponentes, con enormes grabados y varios ramos de flores bajo ellas. Otras, en cambio, eran más humildes, con apenas una flor que las acompañara.
—¿Sabes dónde está? —me preguntó Archer.
Asentí. Pese a las pocas veces en las que había venido, sabía perfectamente la ubicación de la tumba de mi madre.
Con un movimiento de cabeza, le indiqué el pequeño camino por el que teníamos que ir. Noté el roce de su mano sobre la mía. Sus ojos parecían indecisos, como si estuviera esperando mi respuesta. Acepté su mano, rodeándola con la mía, y entonces él me la apretó con fuerza.
No era más que un simple gesto, pero hizo que mis nervios desaparecieran ligeramente.
—Es esta —susurré cuando llegamos hasta el árbol de mi madre.
Grandes hojas caían de las ramas del árbol, acunando la lápida entre ellas. La plancha de piedra tenía forma de media luna. Bajo ella, una flor marchita recordaba que Sloane no había venido desde hacía un tiempo.
Alargué la mano, molesta, y lancé la flor hacia otro lugar.
Archer me miraba de reojo, inspeccionando todas mis reacciones .
—Mel, si no estás…
—No —lo interrumpí—. Estoy lista.
Miré de nuevo la tumba. Tenía escrito: «Laureen SinClair. 01/03/1878»
—Es el día de mi cumpleaños —dijo Archer.
Lo miré inmediatamente, sorprendida.
—¿Qué?
Me giré para leer de nuevo la fecha. La mandíbula de Archer permanecía tensa mientras observaba sin pestañear la tumba.
—También es el día en el que murieron mis padres —añadió con la voz mucho más ronca que antes.
—¿Tus padres murieron el día de tu cumpleaños?
Asintió, llevando consigo todo el peso de la conversación.
—En mi décimo cumpleaños.
¿En su décimo cumpleaños?
Abrí los ojos, sorprendida a más no poder.
—Espera…. ¿Te quedaste solo con tan solo diez años? ¿A esa edad encontraste a Thomas?
No podía creer que un niño perdiera a sus padres el mismo día de su cumpleaños y que, para colmo, tuviera tan solo diez años.
—No es tan malo como parece, Thomas no es tan ermitaño. —Pese a que intentaba alegrar la conversación, no lo consiguió.
Imaginé lo que debió pasar y sentí cómo se me retorcía el estómago. Era un niño y, de repente, se quedó solo. Sin nadie a quien recurrir, sin respuestas.
—Fuiste de lo más valiente —dije con sinceridad.
Me dedicó una mirada, pero no contestó. Tampoco esperaba que lo hiciera. Hablar de algo así no era sencillo. Ahora entendía por qué me lo contó Thomas en su lugar.
Probablemente Archer jamás lo hubiera pronunciado en voz alta.
—¿Puedo preguntarte algo? —pregunté sin muchas esperanzas—. Es decir, no respondas si no quieres…
—Pregúntame lo que quieras, Mel.
Su tono, calmado, me dio las fuerzas que necesitaba para dejarlo escapar.
—¿Cómo murieron tus padres?
Archer me miró a los ojos y, a veces, una mirada puede decir más que mil palabras. No necesité que lo pronunciara, con ese pequeño contacto supe que fue espantoso.
De pronto, escuchamos unos ruidos provenientes de la otra punta del cementerio, parecían venir de la entrada.
Asustada, alcé la vista hacia Archer. Él cogió mi mano con más fuerza de la que esperaba y nos obligó a escondernos detrás de otra tumba.
Era lo suficientemente grande como para taparnos enteramente. Y, desde nuestra posición, podíamos ver a la perfección cómo varios hombres se acercaban a la tumba de mi madre.
Guardias con el símbolo de la Corona de Banglad.
Se me cortó la respiración.
Junto a ellos iban otros hombres y, cuando empezaron a separarse a medida que avanzaban, lo vi. El príncipe Charlton.
Y llevaba consigo una pala para cavar.
—No — susurré. Tiré de Archer, aferrándome a él. Mis ojos buscaron los suyos—. No, no, no, no, no…
Me apretó contra él, abrazándome y cubriendo la mayor parte de mi cuerpo mientras yo me hacía un ovillo. Respiraba contra su cuello, empezando a notar cómo mis ojos se humedecían. Me agarré con más fuerza a su pecho y cerré los ojos, incapaz de presenciar la escena.
Escuché el sonido de las palas chocar contra la tierra. Mi estómago dio un vuelco y tuve que reprimir las ganas de vomitar.
Estaban abriendo la tumba de mi madre; iban a sacar su cuerpo.
No podíamos dejarnos ver, no podíamos ni siquiera lanzarles una flecha. Eran mucho más numerosos y, por ende, contaban con una selección variada de armas con las que podrían acabar con nosotros en menos de un pestañeo.
Y el príncipe Charlton ya me había dejado muy claro que no tendría reparos en quitarme la vida.
Tragué saliva con ardor en la garganta, reprimiendo todos esos pensamientos e intentando dejar de escuchar el ruido metálico de las palas.
Me fijé en cómo el pulgar de Archer iba danzando en círculos sobre mi costado. No sabía cuánto rato llevaba haciéndolo, pero aquella sensación me tranquilizó. Solo un poco.
—¡No! —chilló una voz. Pude reconocer de quién provenía aquel grito: Charlton—. ¡No puede ser, joder!
—Señor… —murmuró otro hombre.
—¡Alguien se nos ha adelantado! —rugió.
La confusión se apoderó de mí. ¿Por qué… ?
Pero entonces reparé en ello. El mapa. No habían encontrado el mapa.
—No creo, señor —admitió una voz proveniente de otro hombre—. Ha permanecido aquí desde el entierro.
—Entonces —contestó el príncipe. O eso creí escuchar, pues apenas llegaba a entender sus palabras desde la distancia que nos separaba—. No está enterrada aquí.