Donde caen los reyes (Ofem 1) Capítulo 47
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Capítulo 47

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Intentaba mentalizarme de que volver a la taberna era la mejor opción, pero no podía dejar de pensar en las palabras de Thomas.

«No vuelvas, Archer. Si sales por esa puerta, no vuelvas a esta taberna».

No lo dijo enserio. No pudo decirlo en serio, ¿verdad? No. Estaba enfadado porque no le hice caso. Eso era todo.

Sin embargo, cuando escuché las palabras de Mel, todo eso se fue al traste.

—Es… el rey Vance.

Porque era cierto; tenía frente a las narices al maldito rey.

—¿Qué cojones?

Cogí a Mel y la aparté de un tirón de la ventana, ocultándola conmigo tras la puerta .

—¿Por qué está Thomas con el rey? —preguntó.

Creo que no quería saber la respuesta. Yo tampoco, de hecho. Porque que el rey estuviera en la taberna, sin escolta, y hablando tranquilamente con Thomas solo podía significar una cosa. Pero me costaba demasiado asimilarlo como para responder.

—Archer —susurró ella, buscando mis ojos—. Oh, Archer.

Cogí un poco de aire, tratando de asimilarlo.

¿Me había estado engañando? No. Había estado a su lado once años. No puedes mentir durante tanto tiempo a una persona.

Pero la escena que se desarrollaba a nuestro lado me indicaba lo contrario.

—Tenemos que irnos —le dije.

Acto seguido, nos guie calle abajo hasta doblar la esquina. Melody seguía igual de aturdida que antes. Y no me extrañaba, a mí me costaba hasta caminar.

—¿Crees que…? —empezó a preguntar, pero su voz se diluyó con el aire.

—Creo que es la única respuesta.

Melody se llevó las manos al rostro.

—Por los Dioses de Ofem…

Mi pecho se quebró todavía más.

Al final sí que tendría razón con lo de no confiar en nadie. Joder.

Thomas era mi única familia. Se lo había explicado absolutamente todo. Incluso mi búsqueda en torno a Donald y su hija.

Si Thomas era un traidor, entonces… había permitido que Melody, la chica que buscaba la familia real, estuviera bajo su mismo techo.

Me entraron ganas de vomitar.

—Archer — pronunció ella a mi lado.

Pero no podía controlar el mareo. Apoyé la mano en el muro que teníamos junto a nosotros para estabilizarme un momento.

Una ráfaga de aire se impactó contra mi rostro, como un guantazo por lo idiota que había sido.

—Todavía no has hablado con él —dijo Mel—. No sabes si te ha traicionado o no.

Casi me reí.

Estuve a punto de decirle que esa posibilidad era prácticamente imposible, pero me retuve. Prefería que al menos ella tuviera ese pequeño brote de esperanza.

—Ya —contesté finalmente—. Da lo mismo. Vayamos al cementerio.

Ella se limitó a asentir y a seguirme.

Traté de centrarme en nuestro propósito y no en la probable traición de Thomas, pero el miedo seguía clavado en mi interior como una maldita estaca.

Nunca llegué a ver a Thomas como a un padre pero… joder. En cierto modo, lo era. No era más que un crío cuando pisé por primera vez la taberna y él se encargó de terminar de criarme.

Y además, era mi único amigo, dejando de lado a Mel.

Pero ella era diferente.

Entramos en el mercado y tratamos de pasar lo más desapercibidos entre el gentío. Los comerciantes trataban de llamar la atención de todo aquel que pasara frente a sus puestos, incluidos nosotros.

—¿Melody ?

Se detuvo delante de mí, girando la cabeza. Seguí el rumbo de su mirada hasta encontrarme a un hombre bastante mayor detrás de un puesto de libros.

—Adiós, señor Chong —respondió ella, cogiéndome del brazo y tirando con más fuerza de la que esperaba de mí.

—¿Quién es? —pregunté por simple curiosidad.

Melody me miró por encima del hombro.

—El señor Chong es el hombre más estafador del mercado. Y yo soy su clienta más habitual.

—Una combinación preciosa.

—Detenerme frente a su puesto es como dejar a una botella de vino al alcance de un borracho.

Sus comentarios no dejaban de mejorar. Vio mi sonrisa divertida y me dio un manotazo.

—Lo digo en serio. No sabes lo que puedo llegar a gastar cuando se trata de libros.

Creo que me podía llegar a hacer una pequeña idea.

Mientras seguíamos esquivando mercaderes, llegó a mis manos un papel que había volado por el aire. Fue entonces cuando me di cuenta de que no era el único; las paredes e incluso algún que otro puesto contaban con alguno colgado.

Fruncí el ceño y lo alcé ante mis ojos.

Y… joder.

Solté una carcajada sin poder evitarlo y lo miré más de cerca, embobado con la imagen. Porque era un cartel con una fotografía de Melody.

Aparentaba tener quince o dieciséis años, pero era perfectamente reconocible. Tenía el cabello despeinado y parecía enfadada.

Encima de su cabeza ponía: «SE BUSCA».

«Por crímenes y actos en contra de la ley».

Melody se detuvo y me arrancó el papel de las manos. Sus ojos se abrieron y soltó un grito ahogado.

—Oh… no —susurró, aparentemente horrorizada.

Y cuanto más miraba el cartel, más gracia me hacía. Estaba adorable; frunciendo la nariz y entrecerrando los ojos.

—¿Por qué esa fotografía? —escupió—. ¿En serio?

Cogí el folio otra vez y lo coloqué junto a su cara, mirándola de reojo para compararla.

—No has cambiado tanto.

—¡Serás…! —Me estampó sin miramientos el cartel contra el rostro—. ¡Lo han hecho a propósito! ¡Entraron en mi casa y cogieron la peor fotografía!

—No sales tan mal, pero ¿por qué ponías esa mueca? ¿Acaso tenías un bicho encima o…?

Me miró con fastidio.

—Oh, cállate. Para tu información, esa fotografía surgió de un día en el que me obligaron a ir a un acto social al que no quería asistir y al que, por supuesto, tuve que presentarme. Para vengarme, decidí no arreglarme nada para la fotografía. De ahí las ojeras y el pintalabios mal aplicado.

Me reí internamente.

—Tendremos que mejorar esa sonrisa para las fotos, Mel, no puede ser que…

—¡Oh, no! —me cortó. Luego avanzó un pasó y me señaló acusatoriamente—. Nunca. Nunca, nunca, jamás, vamos a volver a hablar de esto.

—Mis labios están sellados. —Deslicé los dedos por mis labios.

Su mirada se desplazó a ese punto, quedándose detenida más segundos de la cuenta.

O quizá fuera fruto de mi imaginación. En cualquier caso, sentí mi pecho hincharse—.

Aunque mi mente es libre de recordar las veces que quiera esa bonita imagen.

Melody retrocedió, volviendo a la realidad.

—Vas a tener que taparte la cara — añadí.

Dado que esos carteles parecían ser el centro del reino, era mejor no arriesgarse. Me sorprendía que no la hubieran reconocido aún.

Me miró con confusión.

—¿Qué?

—Te pondrás… —Miré a mi alrededor, buscando algo que le sirviera—. Hemos venido ligeros de equipaje, ¿eh?

Melody dejó caer los brazos.

—Llevo un vestido que me está cortando la respiración —contestó—. Ligera es quedarse corto.

Sí. Un vestido que le apretaba mucho más el pecho que cualquier otro que se hubiera puesto antes. Un vestido que empezaba a ser un problema para mis ojos.

Bajé la vista a mi camisa. No teníamos otra cosa mejor.

Llevé las manos hasta el dobladillo, desabroché todos y cada uno de los botones y, con un tirón, me la quité.

—Oh —se escapó de sus labios.

Su mirada cayó en mi torso, recorriendo cada centímetro de mi piel —cosa que no ayudo en demasía a calmar los latidos de mi corazón—.

Cuando levantó la mirada, hice ver que no me había fijado en su desliz y le tendí la camisa.

—Es lo mejor que tenemos —pronuncié, con la voz más ronca de lo que me gustaría.

—¿Y qué hago con ella?

Su pregunta me resultó tan inocente que tuve que reprimir otra sonrisa.

—En otra ocasión te diría que te la pusieras. Pero ahora sería más coherente que te la ates como un turbante.

Pese a no parecer del todo convencida, asintió.

Luego llevó la tela a su cabeza e intentó colocarla alrededor de su cabello.

La cosa pareció complicarse cuando la camisa resbaló hasta caer sobre su pecho.

Me acerqué y retiré sus manos con cautela.

Anudé la camisa por diversos puntos, haciendo que le tapara totalmente el rostro y el cabello, dejando a la vista únicamente sus ojos.

—Gracias —murmuró.

—No hay de qué.

Me detuve un instante más para comprobar que estuviera colocado en perfectas condiciones. Y, cuando decidí que estaba lo suficientemente bien, seguimos nuestro camino.

Era mejor que la gente se sorprendiera por ver a un tío sin camisa que por ver a una chica en búsqueda y captura.

Empecé a contar los carteles que veíamos a nuestro paso solo para sacarla de quicio. Ella, en cambio, se encargaba de romperlos uno por uno.

Sin embargo, cuanto más nos acercábamos al cementerio, más difícil se me hacía no pensar en mis padres, lo que hizo que un repentino dolor se instalara en mi pecho.

Por ese mismo motivo no solía permitirme recordarlos.

Y de algún modo, había logrado apartarlos de mi mente durante gran parte del tiempo, como si fuera una especie de sistema de autodefensa en mi cerebro.

Pero estábamos yendo al cementerio y ellos… nunca fueron enterrados. Nunca tuve un lugar al que acudir cuando quisiera recordarlos o simplemente hablarles, aunque no me escucharan.

Tampoco pude hablar con nadie tras su muerte, tan solo huir. Mi consuelo fui yo mismo. O al menos fue así hasta que encontré a Thomas.

Y él se lo había contado a Melody, lo que no entendía era el motivo.

O por qué no me lo había dicho. Aunque, pensándolo en retrospectiva, podía llegar a comprender que no se atreviera a sacar el tema; lo más probable es que no hubiera querido que se lo dijera.

No por nada, sino para no recordarme a mí mismo esa verdad.

Porque, aunque su muerte fue la razón que me impulsó a empezar la investigación en torno al Caso Cenit, no quise que condicionara el resto de mi vida.

Cuando quise darme cuenta, ya habíamos llegado al cementerio de árboles. Melody se detuvo frente y observó la gran pared.

—¿Lista? —pregunté.

Imaginaba que esto no sería en absoluto sencillo para ella, pero también sabía que podía enfrentarse a ello. Melody era más fuerte que yo, aunque probablemente no fuera consciente de ello .

—Sí —dijo finalmente—. Entremos.