Capítulo 46
Melody
Estaba besándolo.
Mis labios rozaban los suyos cuando me aparté de golpe, respirando con fuerza.
Dormido seguía siendo igual de atractivo: sereno, con una belleza que parecía sacada de mis libros. Incluso podría jurar que sus labios formaban una sutil sonrisa.
Cambié de postura, intentando alejarme un poco. Su brazo, sin embargo, siguió rodeándome, como si esa fuera su función natural. Su mano apretaba levemente mi vientre y mi trasero quedaba demasiado cerca de su…
Me sobresalté al instante, escapando de sus brazos sin ningún cuidado.
Archer se frotó los ojos antes de abrirlos. Colocó los brazos bajo su cabeza con pesadez mientras me observaba levantarme .
—Buenos días —murmuró con una sonrisa perezosa. Ladeó la cabeza y frunció el ceño—. Aún no es de día.
—No —respondí—. Pero lo será pronto.
Murmuró algo que no llegué a escuchar mientras se daba la vuelta de espaldas a mí.
—¡Eh! —exclamé—. Levanta. En nada amanecerá y será mejor que salgamos del bosque cuanto antes.
Dejó ir una especie de gruñido pero, finalmente, se rindió y se levantó a regañadientes. Se colocó correctamente la camisa, pese a que aún llevaba algunos botones desabrochados. Fue hasta el tronco del árbol donde había dejado su arco y se lo colgó a la espalda.
Seguidamente, empezamos a atravesar el bosque.
Aquella hora podría haber transcurrido con tranquilidad, sin embargo, Archer decidió fastidiarme la calma. Tuve que escuchar —y no exagero— todo el repertorio de chistes malos que Thomas le había explicado a Archer y que, por algún motivo, él había visto necesario compartir conmigo.
—Como digas algo más voy a…
—¿Qué pasa si tiras un pato al agua? —me interrumpió. Alcé mi mirada, aburrida, hacia él—. Nada.
—Oh, ¡Dioses! —Deslicé las manos sobre mi rostro—. Es aún peor que el de los gusanos.
—Ninguno es tan malo como el de los gusanos —me rebatió.
—Y todos son de animales.
—Supongo que Thomas tiene una pasión profunda por la zoología o algo así. —Rio—. Me apuesto lo que quieras a que no tienes ninguno tan malo.
Dudé.
—¿Por qué la gallina cuida tanto a sus pollitos ? —pregunté. Archer alzó una ceja, curioso.
—¿Por qué?
—Porque le costó un huevo.
Su carcajada terminó provocándome una pequeña risa a mí también.
—Ese supera con creces a todos los de Thomas. —Me dedicó una reverencia—. Es usted la reina de los chistes, señorita SinClair.
—Se lo agradezco, valiente arquero sin armadura —respondí. Archer volvió a enderezarse, mirándome con cierta diversión.
—Así que te parezco valiente.
Oh. Sí. Había dicho exactamente eso. Me encogí levemente de hombros.
—Bueno, más bien me parece que estás loco —corregí, tratando de aliviar el ambiente—. Nadie más que un loco se habría propuesto saltar de un balcón.
Me miró de reojo.
—Con que loco, ¿eh? Pues sí, Melody SinClair, estoy loco. —Se acercó a mí—. Pero loco por ti —se burló. Estaba segura de que se estaba burlando de mí.
Le di un codazo mucho más fuerte de lo que había planeado. Archer se tambaleó hacia un lado y puso su mano justo en el punto en el que lo había golpeado.
—¡Ay, Dios! —Corrí hacia él e, instintivamente, levanté su camiseta para ver su el punto exacto de costado—. ¿Estás bien?
Deslicé las manos por su piel desnuda y noté como se tensaba. Cuando vi su sonrisa burlona, supe que había fingido .
—Golpearme y luego manosearme no es una buena combinación, princesa.
El rubor cubrió mis mejillas sin reparo. Giré la cabeza en otra dirección, incapaz de seguir mirándolo a los ojos.
Fue entonces cuando me di cuenta de que habíamos llegado al final del bosque. Nos encontrábamos en una colina que marcaba el comienzo de una pequeña senda que guiaba hasta el centro de Banglad.
Miré el horizonte; el sol empezaba a dejarse ver entre las montañas.
—A tiempo para ver el amanecer.
Sus palabras hicieron que le devolviera mi atención. Contemplaba el sol fascinado, con una leve sonrisa apoderándose de sus labios.
—Sí —susurré—. Justo a tiempo.
Los recuerdos llegaron a mi mente e, inevitablemente, se me humedecieron los ojos. Volví a sentirlo, volvía a estar en aquella colina, durante un instante.
Porque ahora todo era distinto.
—Oye, ¿estás bien? —la voz de Archer me hizo salir de mis recuerdos. Ladeé la cabeza, volviendo a la realidad y le dediqué una leve sonrisa para tranquilizarlo.
—Sí. Es solo que me suelen asaltar los recuerdos. —El verbo asaltar se quedaba corto para describir la persecución constante, el recordatorio diario que me obligaba a tenerlos presentes en cualquier momento de mi vida.
—Todos tenemos un pasado, ¿sabes? No es malo recordarlo —comentó. Tenía la vista fija en el horizonte—. Siempre que tengas claro el presente.
—Ya. —Solté una risa irónica—. Y yo lo tengo clarísimo.
—Deberías pensar en la vida como si fuera uno de tus libros. Cada etapa forma un capítulo de este hasta llegar al final.
—Entonces espero que no se trate de un final inesperado.
Porque desde la muerte de papá, todo eran sorpresas. Y no precisamente agradables.
—Esos son mis favoritos —contestó él.
Sonreí para mí misma. Archer había aprendido a animarme con pocas palabras. Era una de las cosas que más apreciaba de él. Se podría decir que era un don, igual que el tiro con arco.
—¿Por qué el arco? —pregunté. Habíamos vuelto a entablar nuestra marcha por la pequeña senda, bajando poco a poco la colina.
Grandes nubes cruzaban el cielo sobre nosotros. Una de ellas me recordó a una rosa, con su tallo y sus espinas. Me pregunté cómo una nube podía lograr una forma tan sencilla de identificar.
Archer volvió su mirada hacia las flechas y el imponente arco que cargaba a su espalda.
—Pues… —Se pasó la mano por la frente, apartando las ondas que caían desordenadas sobre esta—. Siempre fue mi primera opción. ¿Recuerdas la empresa familiar de la que te hablé?
Asentí.
—La que cayó en bancarrota por culpa del Caso Cenit —respondí con un deje de tristeza.
Decidí que era mejor no añadir que también era conocedora de la muerte de su familia.
—Trabajábamos con la madera, vendíamos los arcos que fabricábamos con nuestras manos.
Abrí los ojos.
—Eso es increíble.
—Era un negocio noble —agregó, aparentemente orgulloso. Negó con la cabeza y deslizó el pulgar por su sonrisa—. Todos hacíamos lo que estaba en nuestra mano para sacarlo adelante.
—El arco. —Lo señalé—. Lo hiciste tú?
Miró el arma por el rabillo del ojo.
—Sí. Es el mejor que he hecho hasta la fecha, y lo es porque lo hice con la ayuda de mi padre.
—Seguro que era un gran hombre.
Archer se detuvo en seco.
—¿Qué ocurre? —pregunté, copiándolo.
Su mandíbula se tensó.
—Has dicho era.
Oh, mierda.
«Genial, Mel. Siempre sabes seguir adelante sin cagarla».
—Thomas me lo contó —admití, porque no me quedaba alternativa.
No pretendía dejarlo ir así, pero dada la situación, era lo mejor que podía hacer. Archer permaneció inmóvil durante un largo minuto y, luego, avanzó un paso y desvió su mirada.
—Lo siento, Archer. Entiendo por qué te metiste en el Caso Cenit y…
—No busco compasión, Melody —dijo, dirigiéndome su atención—. Solo busco respuestas.
Cerré la boca.
Me sentí algo mal al haberlo acusado de mentirme, pero tampoco podía dejar que los sentimientos hablaran por mí. No podía dejar caer el muro, por mucho que Archer intentara derrumbarlo.
—Aun así, lo siento.
Se guardó cualquier respuesta y asintió.
—Recuerda de dónde vienes y sabrás a dónde llegar —pronuncié —. Mi padre solía decirlo.
—El mío solía decir: «Si no te acabas las habichuelas, Archer, las tendrás mañana para desayunar».
Solté una carcajada.
—Pobrecito. —Fruncí los labios—. ¿Al pequeño Archie no le gustaban las habichuelas?
—Primero. —Me detuvo, agarrándome de la cintura—. No vuelvas a pronunciar al pequeño Archie , suena horrible. Y segundo, en mi defensa diré que a ningún niño le gustan las habichuelas.
—A mi sí —repliqué.
—¿Y te sorprende?
Formé una «O» con los labios antes de abalanzarme sobre él.
Caímos al suelo gracias a mi empujón. Sentí mi cuerpo chocar contra el suyo antes de aterrizar sobre la hierba, con nuestros rostros a rozar.
Archer me seguía sujetando de la cintura y el simple contacto logró provocar un sin fin de sensaciones indescifrables en mi pecho. Me mordí el labio, nerviosa.
Nuestros alientos se mezclaron inevitablemente. No debía ser así. No sabía si Archer me había traicionado, si me había estado mintiendo desde el principio. Tenía que ser inteligente, no confiada, tenía que ir un paso por delante. Pero estar tan cerca de él, de sus labios… .
Sabía que no podía dejar que ocurriera. Pero algo en mí ansiaba que me dejara llevar.
Cerré los ojos, resentida conmigo misma. Mi mente se nubló y mi cuerpo tomó las riendas. Me incliné un poco más sobre él, dejando un suspiro de separación entre nuestros labios.
Mis ojos estaban fijos sobre los suyos. Los suyos, sin embargo, estaban clavados en mis labios. Entonces subió su mirada; era una pregunta sin necesidad de palabras. Parecía nervioso, pero ese nerviosismo se desvaneció en cuanto me humedecí los labios sin querer.
Algo cambió. Su mirada se volvió mucho más profunda, oscura incluso. Y el aire entre nosotros empezó a pesar de manera sobrenatural.
Justo cuando pensaba que iba a ocurrir, que iba a probar sus labios, justo en el momento en el que su mano acarició mi mejilla, el sonido de un tiro nos detuvo, separándonos.
—¿Qué ha sido eso? —solté, alarmada.
Archer se incorporó y me rodeó con los brazos. Ambos miramos a nuestro alrededor en busca de algún otro movimiento.
—No han llegado aquí —me dijo—. Pero no deben andar muy lejos. —Tenía razón, el sonido se había escuchado lo bastante cerca. Lo más probable era que estuvieran a menos de media hora de distancia—. A los muy imbéciles se les debe de haber escapado el tiro por error.
—Tenemos que llegar lo antes posible al cementerio —declaré—. No podemos seguir aquí ni permitirnos perder tiempo.
—Ir ahora al cementerio no es una buena idea —me contradijo—. Nos podrían seguir.
Mierda. Era verdad.
Lo último que necesitábamos era, además de que nos matasen, que dieran con el mapa de mi padre.
—Vayamos a la taberna —propuse—. Nos perderán la pista en las calles concurridas. Y de ese modo podrás aprovechar para recargar flechas.
Archer apretó los labios y suspiró antes de asentir.
—Está bien. Vayamos.
Retomamos nuestra marcha, esta vez con un ritmo más ligero. La senda nos condujo hasta el centro de Banglad, y no fue demasiado difícil perderse entre la multitud.
No pasé desapercibido que Archer me cogiera de la mano para asegurarse de que no nos separáramos entre el gentío. Finalmente, conseguimos llegar hasta la calle de la taberna sin que nadie nos viera, o al menos eso quería pensar.
Nos colocamos frente a la puerta y Archer alzó la mano para llamar.
Miré por la ventana y vi a Thomas detrás de la barra. Estaba llenando un tarro de cerveza del barril. Y justo cuando me disponía a apartar la vista, algo o más bien, alguien, captó mi atención.
¿Thomas no estaba solo?
Cogí el brazo de Archer velozmente, deteniéndolo antes de que sus nudillos golpearan la madera. Arqueó una ceja, confundido. Le señalé con mi mirada la ventana. Frunció el ceño y siguió la dirección que le indicaba.
Sus labios cerraron al ver lo mismo que yo: Thomas estaba hablando con un hombre. Me fijé en él; era bastante alto. Estaba de espaldas y me impedía verle el rostro pero, pese a eso, me resultaba desconcertantemente familiar.
Fue entonces cuando se giró y pude reconocerlo.
Abrí la boca, atónita.
—Es… —susurré—. Es el rey Vance.