Donde caen los reyes (Ofem 1) Capítulo 45
60%

Capítulo 45

Melody

Ansiedad. Miedo. Perdición.

Había muerto.

¿Si estuviera muerta podría sentir ansiedad? No lo sabía. Era la primera vez que moría. Tal vez fuera lo mejor que me podía haber pasado en aquellos momentos.

Una niebla negra se tendía frente a mí: espesa e impenetrable.

Era probable que pudiera ver a papá, eso es, por fin vería a…

—¿Mel?

Su voz. La reconocería en cualquier lugar.

Archer.

—¿A-archer? —tartamudeé.

—Mel, abre los ojos.

Mis párpados comenzaron a abrirse lentamente. Mierda. No estaba en medio de una niebla negra; simplemente había cerrado los párpados. ¿Estaba muriéndome?

Lo miré a los ojos, los mismos que siempre lograban marearme. Tenía el pómulo y la barbilla manchados de tierra. Y, pese a eso, lo veía más atractivo que nunca. Quizá fuera un efecto secundario de morir. ¿Y si Archer era mi sueño eterno? ¿Aquello con lo que viviría en el más allá?

Sentí cómo mi respiración se aceleraba.

—Mel —susurró, acercándose.

Tomó mi rostro entre sus manos, acariciando suavemente mis mejillas. El contacto me hizo estremecer.

—Estás aquí.

Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios. Di las gracias a los Dioses de Ofem, pues podría maravillarme con esa sonrisa toda la muerte.

—Estoy aquí —respondió.

Su rostro se acercó con lentitud al mío, al compás de las caricias.

Sus labios estaban a punto de tocar los míos y mi mente empezó a imaginar cómo sería saborearlos, cómo sería que nuestros cuerpos se rozaran.

Un millón de mariposas empezaron a revolotear en mi interior mientras seguía embriagándome de estos pensamientos inapropiados.

Me humedecí los labios por inercia.

—¿Me has matado? —susurré, con miedo y un poco de reproche.

Archer se apartó de golpe, retrocediendo un paso y parpadeando varias veces. El vacío que dejó entre ambos me hizo arrepentirme de haber formulado aquella pregunta.

—¿Qué ?

—Me has lanzado una flecha —señalé.

Ladeó la cabeza. Al seguir la dirección de su mirada me encontré con una flecha clavada en el tronco del árbol, a escasos centímetros de mi cuerpo.

No me había tocado. No había muerto. No estaba en el más allá y Archer no era mi sueño eterno.

—Uf —solté, aturdida.

—¿Pensabas que te había matado? —preguntó. Y pese a decirlo en serio, noté cierto tono burlón en su pregunta.

Me volví hacia él.

—¡Me has lanzado una flecha! —rebatí a la defensiva.

Se encogió de hombros.

—Escuché un sonido. Podrías haber sido un guardia… o un cerdo.

¿QUÉ?

—¿Un cerdo? —excalmé, consternada—. ¡¿Pensabas que era un cerdo?!

Chasqueó la lengua, dejando escapar un resoplido.

—Hombre, dicho así suena algo…

—¿Sabes qué? Da igual. —Me crucé de brazos—. Esta conversación se ha terminado.

Su carcajada logró calmar el fuerte latido de mi corazón.

—¿Sabes? —pronunció, acercándose nuevamente a mí—. Esta sería una gran historia para contar a nuestros hijos.

—¿Hijos? —repetí, intentando olvidar la imagen de pequeñas y adorables versiones de Archer—. No tendría hijos contigo ni en mil años.

—Soy un chico con mucha imaginación, Mel —agregó, rozando con una lentitud exasperante mi codo—. Imagino cualquier situación.

Se estaba riendo de mí.

Fruncí el ceño. No iba a seguir con esa conversación.

—¿Cómo me has encontrado?

Archer se colocó a mi lado y apoyó la cabeza en el tronco del árbol. Dejó ir un largo suspiro antes de hablar.

—Caminando durante horas porque, al parecer, tenías ganas de ponerme las cosas difíciles.

—Quería asegurarme de que no me siguiera una panda de guardias —me excusé—. Y no sabía que estabas aquí.

Se volvió hacia mí.

—¿Dónde diablos creías que estaba?

Ciertamente esperaba que hubiera escapado. Que se hubiera marchado a algún lugar en el que no pudieran dar con él, por imposible que pareciera.

—Lejos.

—¿Y por qué cojones tendría que haberme ido lejos?

Su tono me resultó un tanto brusco.

—No lo sé. Quizá para escapar —respondí, señalando lo obvio—. Después de que casi nos mataran.

Porque eso hubiera sido lo más inteligente. Pero Archer me miraba como si tuviera dos cabezas.

—Debes tener una imagen muy mala de mí si piensas que me iría dejándote con esos cabrones.

Noté una gota de escozor en el pecho. Eso no era lo que había querido decir, pero sí que era la opción más inteligente. Yo en su lugar lo habría hecho, ¿cierto?

Bajé la vista al darme cuenta de que ya no estaba tan segura de la respuesta.

—Haré ver que nunca he escuchado esas palabras salir de tus labios —añadió al cabo de unos segundos, relajando el ambiente tenso—. Ahora, enséñame tu herida.

Su petición me pilló por sorpresa.

Me llevé la mano al borde de mi vestido y bajé un poco la manga sin llegar a enseñar el pecho. No pude evitar ruborizarme solo de pensarlo.

Mi hombro seguía vendado, por lo que no se podía apreciar la herida. Pero, por la forma en la que me miraba, parecía que estuviera viéndolo todo a la perfección.

—Mierda —murmuró, apretando los labios—. Lo siento, Mel.

Volví a subir la tela del vestido.

—No es para tanto. Un médico se encargó de mí y seguro que, si me quitara la venda, no tendría tan mala pinta como crees.

«O quizá tenga una pinta peor».

Mis palabras pretendían relajarlo, pero creo que consiguieron el efecto contrario.

—No debería haberte puesto en peligro —dijo entonces.

—Tú no me pusiste en peligro. Esa decisión fue únicamente mía —le corregí—. Y, en realidad, he obtenido información que podría sernos de utilidad.

Se separó un centímetro del tronco, mirándome con expectación.

—¿Recuerdas a Asharion Eldermort?

Archer pareció pensarlo.

—¿El príncipe perdido?

—El mismo. —Asentí—. Odilia cree que mi padre estuvo implicado en su rapto. Según ella, su mapa indica el lugar exacto en el que dejó al niño. Me ayudó a escapar de la torre a cambio de que le trajera a su hermano de vuelta porque quiere que ascienda al trono.

—Espera, espera —me detuvo, abriendo los ojos—. ¿Dices que la desaparición de ese niño está involucrada en el Caso Cenit?

Volví a asentir y él frunció más el ceño.

—Y, además, es la única manera de sacar a mi hermana del hospital.

—Podemos…

—Ambos sabemos que nos atraparían antes de dar un solo paso.

Inspiró profundamente; sabía que tenía razón.

—De acuerdo. —Deslizó una mano por su rostro—. ¿Te dijo algo más acerca de tu padre?

—No. —Apreté los puños, sintiendo un leve temblor recorrer mis dedos—.

No creo que la parte de mi padre sea cierta porque ¿qué llevaría a mi padre a raptar a un niño?

No tiene ningún tipo de sentido. Pero creo que a estas alturas lo único que podemos hacer es intentar resolverlo y ver de una vez por todas qué demonios se esconde tras el Caso Cenit.

—Aunque no hablara nunca con tu padre, también me cuesta creer lo del rapto.

Sentí un rayo de alivio atravesar mi interior. Como mínimo no era la única a la que no le cuadraba esa parte de la historia.

—Mel.

Me volví hacia él. Aun estando en medio de la penumbra, lograba distinguir su expresión seria.

—¿Sí?

Sus ojos me recorrieron lentamente, como si estuviera analizando cada parte de mi rostro. Luego alargó su brazo y colocó sus dedos en mi barbilla.

No contestó, y eso no hizo otra cosa más que dar rienda suelta a los latidos descontrolados de mi corazón.

Pero entonces una idea, horrible y aterradora, cruzó mi mente, obligándome a dejarla ir.

—¿Tú lo sabías?

Sus ojos se abrieron y retiró la mano al instante, como si mi pregunta lo hubiera sacado de un sueño. Una ráfaga de aire helado atravesó la distancia que nos separaba.

—¿Qué?

—Si sabías que mi padre podría haber estado implicado en el rapto de Asharion.

Su respuesta fue instantánea.

—No.

Pero no podía evitar dudar. Es decir, si tan implicado había estado en descubrir lo que había más allá del Caso Cenit y en encontrarme tras la muerte de mi padre, podría haberlo sabido todo este tiempo.

—Podrías haberme mentido.

Al fin y al cabo, me fie de un desconocido. Podría haber ocurrido cualquier cosa, que Archer hubiera sido cualquier persona excepto quien decía ser.

—No te he mentido nunca —respondió con cierto tono mordaz.

Y esa vez, no había ni un ápice de suavidad en su mirada.

—Dijiste que mentías si la situación lo requería. No veo una situación más complicada que esta .

—Joder —susurró, mirando la copa del árbol para luego volver a mí—. ¿Puedes confiar en mí?

Pero ese era el problema; había confiado en él demasiadas veces. Tanto que, si lo volvía a hacer y resultaba ser un engaño, no podría recuperarme.

Porque aquello que había empezado a crecer en mi interior era cada vez más fuerte. Y no sabía hasta qué punto podría detenerlo.

—No —respondí, casi temblando—. ¡Me llevaste contigo de repente!

—¡Ya te dije por qué lo hice! —exclamó, y aprecié el enfado creciente en sus palabras.

Deslicé las manos por mis mejillas

—No… no sé qué pensar —me sinceré—. No creo que exista nadie de quién me pueda fiar.

Me retuvo la mirada. El canto de un pájaro se alzó en el aire, distrayéndome un segundo.

—Está bien —dijo finalmente—. No te fíes de mí. Puedo soportarlo. Pero quizá esto te haga cambiar

de opinión: creo que sé a dónde tenemos que ir.

Eso captó toda mi atención.

—¿A dónde?

Un punto de luz cruzó frente al rostro de Archer. Alargué la mano por inercia, pero no llegué a atrapar a la luciérnaga.

—Vamos a hacerle una visita a tu madre.

Sus palabras me obligaron a devolverle mi atención, aunque ahora permanecía atónita.

—¿Qué? ¿A qué te refieres?

Porque mi madre estaba bajo tierra, por los Dioses. A menos que quisiera viajar hasta el más allá, veía complicada su propuesta.

—El mapa —dijo, como si fuera una respuesta de lo más clara—. Piénsalo. Los hombres de aquella taberna dijeron que habían ido a tu casa porque pensaban que el mapa de Donald estaba en la residencia de su mujer.

—Pero mi madre jamás vivió allí. Murió antes de que… —me detuve, entendiéndolo—. La tumba de mi madre.

Busca en el lugar donde enterraron la verdad.

El recuerdo de las palabras de mi padre regresó a mí con brusquedad.

—Donald le dejó la pista final del Caso Cenit a tu madre, Mel. Debió de depositar todas sus esperanzas en ella.