Capítulo 44
Melody
—¿Phil?
Nada.
Todavía lo estaba sustituyendo Michaelson, o quizá fuera Rodrick. Daba lo mismo; ninguno se molestaba en contestar una mísera palabra.
Había contado cuarenta y tres piedras perfectamente encajadas en la pared de la torre, y me había dado cuenta de algo: la espera me iba a matar.
Aguanté el ardor constante de mi hombro durante horas, pero empezaba a pensar que moriría con el dolor siendo lo último que sentiría antes de cerrar los ojos.
Y, por supuesto, no había parado de pensar en el príncipe Asharion y las palabras de Odilia. Durante años, me había convencido de que la familia real quiso borrarlo de la memoria del reino, hacerlo desaparecer. Pero me equivocaba; había alguien que seguía pensando en él.
Apreté los labios.
Sin embargo, tras estar desaparecido tantos años, la esperanza de encontrarlo era más bien nula.
¿Si no lo había hecho ni su propio hermano, cómo lo haría yo?
No se sabía absolutamente nada sobre su desaparición, tan solo los rumores que corrían por las calles, asegurando que su rapto fue a manos de un grupo de traidores a la Corona.
Tampoco se dio a conocer el lugar al que se lo llevaron o el motivo por el que lo hicieron. ¿Sabría siquiera el niño que pertenecía a la Corona? No. Por supuesto que no. Era demasiado pequeño cuando ocurrió. Seguro que les resultó tremendamente sencillo engañar a un niño.
No. Mi padre no estuvo entre ellos. Estaba segura.
Escuché unos pasos sonoros tras la pared y, sin previo aviso, la puerta de la torre se abrió de un empujón.
Un hombre pelirrojo y tremendamente alto clavó su mirada azul en mí.
—Señorita —pronunció. Y reconocí la voz de Phil—. Es hora de irse.
Separé los labios.
—¿Phil?
Se adentró en la torre y me cogió del brazo antes de arrastrarme hacia unas escaleras de caracol.
—La gente suele llamarme Grayson o Gray —respondió, empezando a bajar los escalones—. Pero sí. Para usted soy Phil.
—Tu primer nombre es mejor que el segundo —puntualicé.
Las escaleras eran tan estrechas que teníamos que bajar uno detrás del otro. Phil fue el primer en llegar abajo. Alzó la mirada y esperó a que lo alcanzara.
—¿Y el resto de guardias? —quise saber, mirando en todas direcciones.
Avanzamos por un pasillo completamente a oscuras. No me sorprendería que se nos presentara un guardia malhumorado —o Charlton— de sorpresa.
—Están todos ocupados, señorita.
—¿Ocupados?
Me colocó la mano frente a las narices para detenerme. Retrocedí un paso por inercia.
—Espere.
Pasamos unos largos segundos detenidos.
—Creo que ya han abandonado esta torre —dijo entonces.
Me hizo una señal con la mano que vislumbré a duras penas en la penumbra y avancé junto a él. Llegamos hasta una puerta. Escuché el sonido de unas llaves y deduje que Phil las estaría introduciendo en la cerradura.
La puerta se abrió con un chirrido que me erizó la piel.
—Señorita —dijo Phil, mirándome a los ojos—. Debe alejarse lo antes posible. Corra hasta el punto más lejano del bosque.
—Vale…
—Y no se detenga.
Tragué saliva con un nudo en la garganta y asentí. Phil me retuvo la mirada y, finalmente, se apartó para que pudiera pasar.
Pero antes de avanzar un paso más, me volví hacia él.
—Eras tú, ¿cierto?
Sus ojos se abrieron mínimamente.
—El guardia del hospital que me dejó marchar —aclaré—. Eras tú.
Sus labios se separaron, fruto de la sorpresa, pero no lo negó.
De modo que era él; el hombre que me retuvo pero que, a su vez, trató de defenderme ante el rey. El mismo guardia que me permitió marcharme del hospital.
—Gracias, Phil.
Me dedicó una leve reverencia con la cabeza y cerró la puerta, dejándome sola en medio de un bosque.
«Ahora solo tengo que dirigirme hasta el punto más lejano. Pan comido».
Caminé sobre las hojas caídas y la hierba húmeda. Pisé un charco de barro que salpicó toda la falda del vestido que me había prestado Odilia. Vestido que, por si fuera poco, me apretaba el pecho hasta dejarme sin respiración.
Crucé el bosque acompañada del canto de unos grillos y el grito del viento, que cada vez impactaba con más fuerza contra mí.
Mi visión nocturna era totalmente nula, y por ello me estampé contra alguna que otra rama. Noté cómo una de ellas arañaba mi mejilla y solté un grito ahogado. Me llevé una mano al pómulo y comprobé que, efectivamente, me había desgarrado la piel.
«Genial» .
Las horas pasaron y no tenía ni idea de a dónde diablos estaba yendo. Quizá hubiera llegado a las afueras del reino, quién sabía.
Mis piernas fueron perdiendo fuerza por momentos hasta llegar a temblar, un aviso de que merecía pararme a descansar unos minutos, u horas.
Suponía que me había alejado lo suficiente del palacio como para que nadie diera conmigo —al menos, de momento—. Localicé un árbol de raíces enormes, las mayores que había visto jamás. Me coloqué entre ellas: ese sería el mejor refugio que encontraría.
Me acomodé entre las hojas y cerré los párpados con pesadez, escuchando el viento azotando contra el árbol que me protegía.
Y en algún momento, me dormí.
No sabría decir cuánto tiempo pasó hasta que un sonido me hizo despertar de golpe.
Abrí los párpados y miré a mi alrededor con cautela. ¿Eran los guardias?
Me mantuve inmóvil, evitando cualquier sonido mínimo que pudiera descubrirme.
Luego me incorporé y me moví un poco, intentando localizar la procedencia del ruido.
Al hacerlo, pisé una pequeña ramita. El crujido fue mínimo, casi imperceptible, pero alguien con buen oído lo habría escuchado sin problemas.
Mi cuerpo se tensó al instante. Mierda.
—¿Quién anda ahí? —dijo una voz.
Esa voz…
—¿Ar…?
No pude terminar de pronunciar su nombre. La flecha vino directa hacia mí.