Capítulo 43
Archer
El único sonido que rompía el silencio de la noche era el canto de un búho.
Habíamos llegado hasta allí sobre el caballo de Gray. Él se encontraba aún sobre el animal. Yo, en cambio, ya me había bajado.
—Distraeré al portero —me informó—. Escóndete y, cuando veas la puerta abierta, entra sin llamar la atención. Una vez dentro, dirígete a la torre este.
—De acuerdo.
Él asintió y avanzó hacia la verja con el caballo. Mientras tanto, me coloqué tras el tronco de un árbol, esperando el momento exacto para cruzar.
Junto a la verja se encontraba un hombrecillo. No lograba ver su rostro en la penumbra, pero me parecía que se estaba dirigiendo a Gray. Escuché que le decía «pata», o quizá fuera «pasa». Sí. Era bastante más probable que fuera un «pasa».
La puerta se abrió en cuestión de segundos, sin embargo, Gray se quedó detenido a mitad del paso. Poco a poco, me fui acercando.
—Mierda —pronunció—. Creo que se me ha caído una bolsa de monedas. ¿Podría ayudarme a buscar?
El portero se agachó junto a una de las patas del animal, dándome la espalda. No me lo pensé. crucé la verja detrás de él, a un par de centímetros de su trasero.
Miré de reojo a Gray, que se limitó a asentir con la cabeza.
—Quizá esté más atrás…
A unos metros de distancia, me permití acelerar.
Los guardias se encontraban situados estratégicamente en cada una de las entradas del palacio.
También había algunos en los balcones. Ninguno de ellos se percató de mi presencia y, en ese instante, me alegré de llevar un atuendo completamente negro para confundirme con la noche.
Al fin, llegué a la torre este. Me detuve en seco y miré a mi alrededor, asegurándome de que nadie me vigilara para no llevarme ninguna sorpresa.
Y de pronto, vi una pequeña puerta entreabrirse, dejando ver una fina franja de luz cálida. Me acerqué a ella con pasos lentos, coloqué la mano sobre la madera y la abrí del todo.
Tras de ella apareció el rostro, iluminado por una vela, de…
¿La princesa Odilia? Sí. Sin duda, ese rostro ovalado, los ojos verdes y el cabello más oscuro que la noche que nos envolvía, eran los mismos que había visto en el baile.
Retrocedí un paso, con el corazón en la garganta .
—Eh, s-su al…alteza —tartamudeé. Joder. Acababa de cagarla a lo grande—. Yo no…
—Dejé de balbucear cosas sin sentido y entre —me cortó.
Abrí los ojos, completamente atónito.
—¿Perdone?
¿Lo había escuchado correctamente o estaba perdiendo la audición?
Ella, sin embargo, me miró con aburrimiento.
—¿Necesita que se lo repita?
No.
No pregunté nada más; entré. Odilia cerró la puerta a mis espaldas y avanzó con la vela, iluminando lo que parecía ser una sala de almacenaje.
—Esta es la puerta del servicio —me explicó. Luego me miró por encima del hombro—. ¿Puede caminar más rápido?
Aceleré el paso. Odilia se detuvo en mitad de un pasillo sin previo aviso, provocando que chocara contra ella.
—Mierda, su alteza. Lo sient…
—Cállese —me espetó por lo bajini.
Un murmullo cercano se alzó en el aire. Eran voces masculinas; probablemente guardias.
—Ahora le toca a usted —dijo, volviéndose hacia mí—. Tiene que asegurarse de que los guardias lo sigan.
—No será muy complicado.
—Y que no lo atrapen.
Eso eran palabras mayores.
Asentí en silencio y ella me retuvo la mirada durante muchos segundos. Tantos que empecé a incomodarme y bajé la vista.
—Dese prisa.
Esa fue su despedida antes de desaparecer por el pasillo, dejándome completamente solo y a oscuras.
—Genial —murmuré para mí mismo.
Crucé el pasillo tocando constantemente pared y utlizándola como guía. Finalmente, llegué a un lugar un poco más iluminado por el reflejo de la luna que atravesaba el cristal de los ventanales.
Frente a mí se encontraba una escalera. En el primer escalón vislumbré a mi primera víctima; un guardia. Su mirada estaba fija en la pared, como si fuera lo más interesante del mundo.
«Ya verás la diversión que te viene encima».
Alargué el brazo y coloqué el arco entre mis manos. Luego cogí una flecha y la posicioné en el arma antes de apuntar.
Pero justo cuando me disponía a disparar, se alzó una voz entre las paredes.
—¿Has hablado con ella?
La figura del príncipe apareció bajando las escaleras, acompañado del rey.
Solo me hizo falta ver un simple segundo a esos hijos de puta para sentir mi cuerpo entero arder. Las palabras de Thomas vinieron a mi mente como un latigazo en el rostro.
«¿Podrías ser racional por un instante?».
Lástima que fuera demasiado tarde; ya había lanzado la flecha.
El grito ahogado de ambos hizo eco contra las paredes. La flecha pasó a tocar el pómulo de Charlton, tan cerca que me extrañaba no haberle rozado. Pero, teniendo en cuenta la penumbra, no era un mal tiro.
—¿¡Qué diablos!?
Cuando seis ojos se clavaron sobre mí, hice lo que mejor se me daba; sonreír .
—Buenas noches —los saludé, apoyando mi hombro en la pared—. ¿Cómo va todo?
Vance Eldermort me miraba atónito, mientras que su hijo parecía tener la mandíbula a punto de desencajar.
—¡Vaya a por él, joder! —le espetó al guardia.
El pobre hombre tardó un par de segundos en reaccionar. Casi me dio pena.
—¡GUARDIAS! —exclamó el rey.
De acuerdo. Era hora de marcharse.
—Ha sido un desplacer, su majestad —dije acompañado de una leve reverencia. Luego centré mi atención en el guardia que venía corriendo hacia mí.
Pero antes de salir pitando, cargué otra flecha y la lancé. Esta vez cayó junto a la pierna del príncipe, que dio un sobresalto.
—Mierda —maldije entre dientes.
Y, dicho lo cual, me di la vuelta y empecé a correr, marcando el comienzo de la función. Escuchaba los pasos del guardia cada vez más cercanos. Doblé la esquina del pasillo y abrí una puerta, entrando en lo que parecía ser una cocina.
—Vale —murmuré, abriendo un cajón.
Me hice con un cuchillo de gran dimensión y, cuando el rostro del guardia apareció bajo el umbral de la puerta, lo lancé para clavarlo en la madera. El cubierto quedó temblando a pocos centímetros a su ojo derecho. Aproveché su sorpresa para salir de allí.
Me adentré en otro pasillo y entonces escuché más voces. Probablemente ya se habría enterado de mi presencia toda la guardia real.
No fue hasta que llegué al gran recibidor cuando me di cuenta de lo jodido que estaba. Los pasos de los guardias se escuchaban provenientes en cinco direcciones distintas, y la mayoría de pasillos se enlazaban con el punto exacto en el que me encontraba.
Antes de tentar a la suerte, subí los escalones de la gran escalinata. Los guardias no tardaron en aparecer, pero… no esperaba que fueran tantos.
Porque, de pronto, había decenas de hombres armados pisándole los talones.
—Joder, joder…
Llegué hasta la segunda planta y me detuve un par de segundos para mirar a ambos lados del pasillo. Finalmente, dejé mi futuro en manos de la suerte y decidí tirar por mi izquierda.
—¡Por ahí! —gritó uno de los guardias.
Cogí un reloj de madera que había sobre una estantería y lo lancé a la otra punta del pasillo para despistarlos. No esperé a ver si daba resultado; salí corriendo y llegué hasta una de sus múltiples salas de estar. ¿Cuántos lugares necesitaba esa gente para pasar el rato?
Frente a mí se encontraban tres balcones.
«Mierda. ¿Otra vez?».
Miré por el rabillo del ojo la otra punta del pasillo, por la que empezaba a alzarse el murmullo de los guardias.
—Supongo que no me queda otra opción.
Tomé la decisión y salí por el de la derecha. Afortunadamente, se encontraba muy cerca de uno de los tejados más bajos. Me coloqué sobre la barandilla tratando de mantener el equilibrio y salté.
Caí rodando sobre las tejas hasta que la pared de la chimenea me detuvo. Me levanté, un poco mareado, y observé todo cuanto me rodeaba.
—¡AHÍ!
Me volteé hacia el guardia que acababa de chillar, pero apenas tuve un instante para observarlo. Lo siguiente que vi fue la seate viniendo directa a mí.
—¡Joder!
Me agaché, con el corazón en la garganta, y observé cómo impactaba contra el conducto de la chimenea. Alcé la cabeza y vi cómo el guardia volvía a colocar la ballesta en posición.
Gracias a los entrenamientos que tanto odiaba Thomas, había aprendido a cargar una flecha en menos tiempo que cualquiera. Coloqué el arco en posición e hice lo único que sabía.
—Ahí va —solté cuando la flecha salió disparada.
Se clavó en su abdomen y lo lanzó contra la barandilla del balcón. Su cuerpo cayó hacia delante y acabó precipitándose al vacío.
Joder.
En cualquier otra circunstancia me habría detenido a pensar que quizá acababa de matar a un hombre, pero, al ver a sus compañeros apuntándome con más ballestas, decidí dejar aquella reflexión para otro momento.
Salté sobre la chimenea y aproveché la altura para alcanzar el siguiente tejado. De algún modo, había conseguido acercarme otra vez a la torre este. Sin embargo, escabullirme hasta el bosque iba a resultar mucho más complicado.
Algunos de los guardias saltaron sobre el tejado. Maldije a los Dioses de Ofem mientras me colocaba en posición de tiro .
Lancé una flecha seguida de otra hasta derribar a los dos hombres más cercanos, pero detrás de ellos se encontraban quince o veinte más.
Aproveché el siguiente balcón que vi y me metí dentro del palacio. Ahora me encontraba en el lado este, pero no había alcanzado aún la salida.
Crucé un par de pasillos sin la compañía de los guardias. Tal vez los hubiera confundido. No obstante, al llegar a lo que me pareció que sería una despensa, me encontré con un hombre.
Su delantal me dio la única respuesta que necesitaba, no era ningún guardia.
—Oh —pronunció al tiempo en que se le caía de las manos una bolsa de harina.
Sus gafas no lograban tapar el desconcierto en su mirada. Su atención fue hacia mi arco y entonces, se tensó.
—Em, hola —dije. Luego alcé la mano y la moví como un idiota—. ¿Podría dejarme pasar, por favor?
Siguió la dirección de mi mirada hacia la puerta de salida del personal. Entonces frunció el ceño.
—Vale —murmuró poco convencido.
Definitivamente, los Dioses estaban de mi lado.
El hombrecillo se apartó a un lado y me dio vía libre. Antes de salir por el umbral, me detuve.
—Ah, y si ve a unos guardias malhumorados —señalé el pasillo—, dígales que he ido por ahí.
El hombre siguió la dirección de mi mirada, pero salí de allí antes de escuchar su respuesta. Corrí hasta el muro que separaba el palacio de el bosque y frené en seco .
—¡No puede haber llegado muy lejos!
Mierda.
Retrocedí un paso y levanté la vista; el muro era más alto de lo que recordaba. No iba a escalar aquello ni con mil intentos.
Mi mirada recorrió con desesperación a mi alrededor hasta detenerse en una estatua de mármol. No tenía ni puta idea de quién era el hombre representado sobre el pedestal agrietado, pero parecía ser mi única opción. A su lado crecía un ciprés igual de alto que el mismo muro.
Era una idea absurda. Por lo tanto, una idea magnífica.
Corrí hacia el árbol, me aferré al tronco y me impulsé con la estatua. La corteza me desgarró la palma de la mano derecha. Escuché cómo se partía una de las ramas bajo mi peso, pero no me detuve. Salté, sin saber si iba a llegar, sobre el muro.
Y, por suerte, caí al otro lado hasta rodar por la hierba húmeda.
—Uf… vale.
Me incorporé con rapidez al otro lado del muro y observé a mi alrededor. Supuse que, con el tiempo que había estado distrayendo a los guardias, le habría dado tiempo a Melody de salir sin que la detectaran.
Por lo que ahora solo me quedaba hacer una única cosa: encontrarla.