Capítulo 41
Melody
Odilia me miró, expectante .
—Mi hermana Sloane permanece encerrada en el hospital —expliqué, sintiendo cómo el nudo en mi garganta se apretaba más al pronunciar su nombre—. Quiero que aleje a la guardia real y deje vía libre para que pueda ir a buscarla.
Ya había pasado demasiado tiempo encerrada en aquel lugar. No pensaba seguir con la búsqueda sin sacarla de allí antes. Si terminaba siendo vencida por la Corona, al menos sabría que mi hermana está fuera de sus garras.
—Sloane SinClair —pronunció Odilia. No me sorprendió que supiera su nombre. Probablemente habría investigado toda nuestra vida—. Está custodiada por cinco guardias.
Su mirada se desvió a algún punto de la pared tras de mí. Permaneció en silencio unos segundos que se me hicieron eternos, probablemente pensando en sus posibilidades.
—No puedo darle lo que desea —dijo al fin—. No es fácil distraer a mi familia durante mucho tiempo. Se enterarían demasiado pronto y la apresarían otra vez. Sin embargo, una vez haya dado con mi hermano, no habrá problema para que pueda sacarla de allí.
Su respuesta no terminó de convencerme. En tal caso, la única opción que tenía de sacar a Sloane del hospital era trayendo a su hermano de vuelta. Un hermano que llevaba desaparecido casi veinte años.
Suspiré.
—De acuerdo. —Le tendí mi mano—. Entonces, tenemos un trato.
Odilia dudó antes de alargar el brazo y aceptar mi gesto, arrancándome una sonrisa.
—No es usted cómo creía, su alteza real.
Los ojos de la princesa volvieron a mí, primero confusos y luego, con algo que no supe descifrar.
—La gente suele creer lo que otros dicen cuando no saben la realidad —contestó, dejándome con la boca abierta—.
Saldrá de palacio en un par de días, señorita SinClair.
Haré todo lo posible por alejar a la guardia real del hospital, aunque para ello debo atar unos cuantos cabos.
Debe estar preparada, porque cuando vuelva, será para sacarla de aquí.
—Está bien —pronuncié, sintiendo una gota de alivio atravesar preocupaciones—. Se lo agradezco, su alteza real.
Sus ojos verdes se quedaron clavados sobre los míos durante un par de segundos más. Fue entonces cuando me di cuenta de lo que iba a arriesgar para que yo pudiera recuperar a mi hermana y ella, a su hermano. La traición no era solo a su familia, sino a la Corona de Banglad.
Odilia me dedicó un leve asentimiento de cabeza y se marchó, dejándome sola otra vez. Me senté sobre el suelo de madera e inspiré profundamente.
Iba a salir de ahí. Y, cuando lo hiciera, necesitaría la ayuda de Archer para cumplir mi parte del trato.
Seguía creyendo que el rapto del príncipe no tenía nada que ver con mi padre, pero dadas las sorpresas que me había llevado hasta el momento, no era quien para sacar conclusiones. No sin haberme asegurado antes.
Así que cumpliría mi parte del trato y buscaría ese maldito mapa, pero, ¿qué ocurriría si, efectivamente, no explicaba nada relacionado con Asharion? En tal caso, la monarquía seguiría en manos de Charlton y, por lo tanto, me esperaría un futuro de lo más desagradable.
Recordé las palabras de Odilia.
«Mis padres viven aterrorizados por el poder del resto de reinos».
Pero nunca habíamos tenido contacto con el resto de tierras que formaban el mar de Ofem. Ni siquiera existía prueba alguna de que existieran más allá del mar que nos rodeaba.
Las horas transcurrieron más lentamente de lo que me gustaría. Permanecí pensando la infinidad de posibles destinos que me depararía según el resultado de la búsqueda de Asharion. Finalmente, cansada de amontonar preocupaciones en mi mente, decidí volver a entablar una conversación.
—¿Qué preferirías? —pronuncié por tercera vez hoy, deslizando un dedo sobre el vendaje en mi hombro—. ¿Ser guardia el resto de tu vida pero no poder comer manzanas o poder comer manzanas pero sin ser guardia?
—¿Qué clase de pregunta es esa? —respondió Phil al otro lado de la puerta.
—Son las horas encerrada. Están empezando a pasarme factura —me excusé—. ¿Y bien?
Pasamos unos segundos en silencio hasta que se dignó a contestar.
—Ser guardia.
Abrí los ojos.
—¿¡Prefieres renunciar a las manzanas!? —exclamé.
—Comería peras, señorita SinClair. No hay demasiada diferencia entre ambas.
—Las peras son una abominación —repliqué—. Yo, sin duda, me quedo con las manzanas.
Como era de suponer, Phil no contestó. Empezaba a acostumbrarme a sus silencios, aunque preferiría que siguiera mis conversaciones durante horas.
Estar atrapada tantas horas iba a terminar con mi cordura.
—¿Puedo explicarle algo, Phil? —pregunté en algún punto de la noche.
La luz del sol que entraba por las pequeñas ventanas había desaparecido, dejándome sentada en el suelo en medio de la oscuridad.
—Tengo cambio de turno, señorita.
—¿Sabe quién vendrá? —pregunté, fastidiada—. No me diga que es el mismo hombre de la otra vez.
—Creo que es Michaelson —respondió—. Pero tampoco es muy hablador —añadió, para que alejara la idea de hablar con él de mi mente.
Tal y como Phil me había advertido, el tal Michaelson no contestó a ninguna de mis preguntas. Permanecí tendida sobre la cama más rato del que me gustaría, observando el techo. O al menos, fue así hasta que la puerta se abrió de un tirón sin preguntar siquiera.
Levanté la cabeza al instante, encontrándome con unos ojos vacíos que me observaban desde la otra punta de la torre.
«Oh, mierda».
—Buenas noches, señorita SinClair —pronunció el rey Vance, avanzando con una vela en las manos.
La débil luz que irradiaba no hacía más que contrastar sus marcadas facciones, dándole un aspecto más afilado. Retrocedí un paso por pura inercia, aunque debería haber permanecido dónde estaba.
—No se acerque a mí —gruñí.
La situación fue como un déjà vu de mi permanencia en el hospital. Debería haber imaginado entonces quién tenía frente a mis narices. El modo en el que se dirigía al guardia fue una pista clara, pero no lo supe ver.
Había quienes llevaban más de veinte años sin verle el rostro, y luego estaba yo, que volvía a tener al rey de Banglad a menos de un metro de mí, igual de imponente y frío que como lo recordaba.
—Es un placer volver a verla —contestó con una sonrisa espeluznante—. Empezaba a pensar que me llevaría más tiempo del que especulaba volver a dar con ella.
—Hijo de puta.
El insulto se escapó de mis labios antes de que lo pudiera detener, pero no me arrepentí. El rey Vance ladeó la cabeza, mirándome como si tuviera a un fracaso con patas frente a él.
—He de admitir, señorita SinClair, que me sorprendió bastante que lograra escapar del hospital. Se podría decir incluso que me sentí impresionado.
No contesté.
—Aunque debería de haber sido más precavida —continuó, deslizando la mirada por mi cuerpo—. Ha terminado en un lugar peor del que quiso escapar.
Me estremecí, pero no bajé la cabeza.
—Yo no tengo nada que ver con mi padre —mascullé—. Ni siquiera sabía de la existencia del Caso Cenit.
—Ah, pero ahora sí, ¿cierto?
Cerré los labios.
Él soltó una risa ronca y grave que me puso la piel de gallina. El rey tenía un rostro muy similar al de Charlton, aunque había algo en él que te obligaba a permanecer atenta en todo momento, como si su simple mirada fuera una advertencia de algo que ni siquiera había verbalizado.
—Donald SinClair fue el hombre más estúpido que he tenido el placer de conocer.
¿¡Cómo se atrevía a hablar así de mi padre!? Podía soportar estar atrapada en una torre, e incluso que me insultara a mí, pero rebajar de tal modo a mi padre. No. Eso sí que no.
—No se atreva a volver a hablar así de mi padre —Le atravesé con la mirada—. Ni una puta vez más.
Su sonrisa se ensanchó, como si mis palabras le provocaran lo mismo que una función cómica. La rabia creció todavía más en mi interior.
—No está en posición de darme ninguna orden, señorita. Tendrá suerte si no le depara el mismo destino que a su padre.
Me mordí con tanta fuerza la carne interior del labio que la atravesé. El sabor metálico de la sangre se deslizó por mi lengua.
—Aunque no lo crea, no he venido hasta aquí para verla encerrada —prosiguió, avanzando otro paso y acercándose cada vez más a mí—. Sino para que me diga dónde está el mapa.
Joder. Otra vez con el maldito mapa.
—¿De qué mapa me habla? —pregunté a modo de respuesta.
Me analizó de cerca, probablemente tratando de encontrar la mentira en mi tono.
—No se haga la tonta, señorita. Ambos sabemos que se ha metido más de lo que sería inteligente en esto.
—Su majestad —contesté, firme—. No sé de qué mapa me habla pero, aunque lo supiera, no se lo diría.
Él tardó un par de segundos en asentir. Finalmente, se dio la vuelta y volvió hacia la puerta, permitiéndome soltar un suspiro.
—Veremos si dice las mismas palabras bajo la tortura —añadió antes de salir, dejando tras de sí el ruido de un portazo.