Capítulo 39
Melody
—Vengo a verla —pronunció alguien.
Pegué mi oreja a la puerta.
Tenía hambre. Demasiada hambre, en realidad. El poco pan que me ofrecían se me estaba quedando corto. Al menos después de tres días encerrada en la torre.
—Claro. Pase, su alteza real —reconocí que decía la voz de Phil.
Se me retorció el estómago solo de pensar en volver a ver el rostro de Charlton. Para mi fortuna, la voz que respondió pertenecía a una mujer.
—Gracias .
Seguidamente, la puerta se abrió, y tras de ella apareció la princesa Odilia.
—Buenas tardes, señorita SinClair.
La puerta se cerró con un golpe y cualquier ilusión que tuviera por salir corriendo desapareció al instante.
Odilia caminó hasta el centro de la habitación y miró a su alrededor. Estaba claro que, pese a vivir en aquel palacio, eran pocas las veces que había pisado la torre en la que nos encontrábamos.
Aunque no debería sorprenderme. Apostaría cualquier cosa a que la familia real no era ni mínimamente consciente de las riquezas que poseían.
Deberían salir de más de aquellas paredes y ver las desgracias e injusticias que existían por las calles del reino.
Pero estaba claro que no les importaba lo más mínimo si un crío de once años tenía que ejercer el oficio de zapatero para sacar adelante el negocio familiar o si una embarazada se veía en la obligación de robar para pagar el alimento de su futuro bebé.
Ellos se aprovechaban de esas injusticias, eso era lo único que les importaba.
—He tratado de ofrecerle un dormitorio, pero mi hermano se ha negado en rotundo.
«Qué sorpresa».
—Ya —contesté, seca—. Lo imagino.
—Pero le he traído un vestido para que pueda cambiarse.
Me tendió una bolsa de tela. La cogí, algo dudosa, y observé la prenda verde que había en su interior.
—Quizá le quede un poco apretado —añadió.
Sí. Era probable. Yo, a diferencia de la princesa, contaba con unas caderas más anchas .
—Está bien. Gracias.
Señaló la cama.
—¿Le importa que me siente?
—Adelante.
La joven se apartó varios mechones de cabello del rostro después de sentarse. Colocó su espalda recta, y volvió a mirarme.
—Como le advertí, vengo a hablar del Caso Cenit.
Apreté los labios. Dudaba que yo supiera más sobre el Caso Cenit que ella, un miembro de la familia real, pero no lo verbalicé.
—Pensé que regresaría antes.
Y no que tardaría tres días enteros en volver. No es que hubiera echado en falta su compañía ni nada por el estilo, pero sí que me había extrañado. Sobre todo si creía que tenía información relevante en torno al Caso Cenit.
—Mi familia no permite que nadie entre y salga de esta torre —respondió, frunciendo levemente los labios—. Mis visitas son algo únicamente entre nosotras dos y Phil.
—Ah.
¿Me sorprendía? Un poco, tal vez. Ella misma me había dicho que sus intenciones no se alejaban mucho de las del resto de su familia: mantenerme encerrada. Entonces, ¿por qué les ocultaba aquello?
—Aunque no lo crea, señorita SinClair, puedo llegar a serle de mucha ayuda. Pero para eso necesito saber todo lo que haya podido descubrir en torno al Caso Cenit.
Arqueé las cejas.
—Disculpe, su alteza, pero no creo que «ayuda» sea el término adecuado teniendo en cuenta la situación en la que me encuentro —protesté—. Y, como entenderá, compartir esa información con alguien que precisamente forma parte de la familia real no es lo más sensato.
Inclinó un pelín la cabeza y, dada su expresión, deduje que mi respuesta no le había gustado un pelo. Bueno. ¿Qué se esperaba? Si iba a morir en una torre, al menos me llevaría a la tumba aquello que mi padre había tratado de encontrar.
Aunque ni yo misma supiera de qué se trataba.
—Entiendo su pensamiento —dijo al cabo de unos segundos.
Alcé la vista. Su comentario me había pillado bastante desprevenida.
—Está bien —suspiró, paseando su mirada por la torre—. Entonces, haremos un trato. Yo le daré información a cambio de la suya. ¿Aceptaría eso?
Me apoyé contra la pared.
Por más que trataba de encontrar algún motivo por el que la princesa quisiera estar teniendo tal conversación conmigo, no lo conseguía. Al final me percaté de que si no aceptaba nunca lo sabría.
—Está bien —cedí.
Una pequeña aunque perceptible sonrisa levantó la comisura de sus labios.
—Bien, señorita SinClair. —Hizo una breve pausa—. Empezaré yo; mi hermano ascenderá al trono.
—Esa información no es nada nueva —le recordé.
—Lo sé. Pero quizá quiera saber el motivo de la inminente y precipitada ascensión.
Cerré los labios.
Odilia se mantuvo unos largos segundos en silencio, como si se estuviera autoconvenciendo de que explicármelo era la mejor de las decisiones. Seguidamente, levantó el mentón y dijo:
—Sospecho que no quiere que nadie reclame su lugar.
Eso no tenía sentido.
—Usted es mujer.
—Sí. Era conocedora de eso, pero gracias por la aclaración —contestó, seca.
Negué con la cabeza.
—Lo que quiero decir es… ¿Por qué querría su hermano precipitarse si no existe nadie más que pueda reclamar el trono?
Quizá fue la forma en la que su mirada se debilitó, o tal vez el leve temblor que sobrecogió a sus labios. En cualquier caso, el conjunto de su expresión, me dio la respuesta que necesitaba.
Abrí los ojos.
—¿Está insinuando…?
Sus hombros se tensaron. Clavó más en mí su fría mirada.
—¿Qué ocurriría si lo estuviera haciendo?
Que me estaría diciendo que cree que su hermano, el verdadero primogénito, no está muerto, tal y como terminó creyendo el resto del reino con el paso de los años.
—Fue raptado —pronuncié—. Los rebeldes se lo llevaron.
—Sí, señorita SinClair. Mi hermano Asharion fue raptado y olvidado de la mente de todos, incluida la de mi familia. Y eso es precisamente lo que me lleva a sospechar de lo que realmente ocurrió.
Sentí mis manos temblar.
—¿Tiene alguna prueba?
Inspiró profundamente.
—Nada relevante. Pero las acciones de mi familia y su comportamiento en torno al Caso Cenit me llevan a pensar que fue algo premeditado.
—¿Qué relación tienen el Caso Cenit y el príncipe?
—Tampoco tengo una respuesta para eso. Esperaba que usted me diera algún tipo de información que pudiera serme de utilidad.
—No sé prácticamente nada.
Fui consciente de lo patéticas que sonaron mis palabras tras pronunciarlas. Entonces añadí:
—Tan solo que mi padre intentaba ir en contra de quienes estaban dentro de él.
Ella se levantó de la cama y vino hacia mí. Pese a tener diecisiete años, me superaba en altura.
—Ahí es a dónde quiero llegar.
—¿A qué se refiere? —pregunté, confusa.
Porque, siendo sincera, no veía la relación de mi padre en aquello.
Avanzó otro paso hasta quedar a un palmo de distancia de mí y me retuvo la mirada durante unos segundos que se me hicieron excesivamente largos.
—Tengo motivos suficientes para creer que mi hermano permanece con vida, en algún lugar —pronunció, haciendo una breve pausa—, y que la persona que lo raptó no fue, ni más ni menos, que Donald SinClair.