Donde caen los reyes (Ofem 1) Capítulo 38
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Capítulo 38

Archer

Que un hombre llamado Gray me dijera que: «El plan es aguardar» no era lo que esperaba. Pero, por desgracia, ocurrió de ese modo.

Así que ahí estaba: esperando.

—¿Puedes dejar de lanzar flechas? —me espetó Thomas, pasando por mi lado.

Lo miré por el rabillo del ojo antes de lanzar la siguiente flecha, que se clavó en la madera con un golpe que resonó entre las paredes.

—Estoy practicando.

Señaló la puerta.

—Muy bien. ¿Pero qué cojones te ha hecho la puerta?

Relajé los hombros y bajé el arco. La puerta ahora contaba con siete flechas clavadas sobre la madera. Thomas tenía razón; no podía estar disparando sin parar todo el día.

Gray se había marchado, pero según él volvería. Le pregunté cuánto tardaría y respondió: menos de una semana pero más de un día.

De puta madre.

—Algún día le pondrán nombre a estos ataques que te entran —masculló Thomas por lo bajo, como si así no pudiera llegarlo a escuchar.

No le pillaba por sorpresa mi comportamiento, pues ya me había visto en situaciones similares. Aunque nunca me había sentido tan impotente durante tanto tiempo.

—Creo que cuando tu amiguito Gray regrese, lo hará con una fila de guardias reales detrás.

Me volví hacia él.

—¿Puedes confiar en mí por una vez?

—No tengo que confiar en ti, Archer, sino en él. Y no me da buena espina.

No tenía nada con lo que rebatirlo.

Mi única esperanza era que, cuando Gray regresara, pudiera sacar a Mel del palacio de una maldita vez.

Thomas se sentó en uno de los taburetes frente a la barra. Yo apoyé el arco en la pata de una mesa y me senté sobre ella.

—Aún estás a tiempo de irte —dijo.

Estaba seguro de que se había estado guardando el comentario las últimas horas.

—Podrías ahorrarte la molestia de pronunciar cosas sin sentido.

Sus dientes rechinaron. Vi en sus ojos la rabia, pero también el miedo. Y lo entendía; yo, aunque por motivos distintos, también lo sentía .

—Podría invertarme algo —agregó—. Podrías marcharte e ir…

—¿A dónde? —lo interrumpí—. ¿Qué quieres? ¿Que coja las maletas y me marche a… Floresten, por ejemplo?

Notó el tono irónico de mis palabras y su expresión se endureció.

Nadie había salido de Banglad en los mil ochocientos noventa y siete años que habían transcurrido desde la creación de los reinos. Es más; era totalmente imposible hacerlo. El mar que nos separaba del resto de reinos de Ofem nos lo impedía. Eso creyendo que los demás reinos existieran, claro.

Y, de hacerlo, me daría lo mismo. No me iría dejando a Mel allí.

—A una aldea —añadió—. Ambolia o…

—No voy a irme a ninguna parte, Thomas.

—Estás aceptando una sentencia de muerte.

Asentí apretando los labios. Era plenamente consciente de ello.

Pero no tenía nada que perder. Mi vida entera terminó once años atrás. Lo único que había hecho desde entonces fue dar tumbos por la vida, tratando de encontrar aquello que me lo arrebató todo. Y por fin lo tenía frente a las narices.

Aquella noche no dormí.

Tampoco comí.

Ni siquiera me desvestí, joder.

Mi mente era un caos que no dejaba de nublarme la vista cada pocos segundos. Porque podía soportar la muerte pero… ¿qué harían si fracasábamos? ¿Qué pasaría con Mel después de eso?

No la dejarían en libertad, eso estaba claro. Pero tampoco podían retenerla toda la vida sin un motivo de peso.

Todo había sido mi culpa .

Yo fui el que la estuvo buscando, el que dio con ella y la sacó del hospital. Quizá la hubieran retenido unos pocos días y después, al ver que ni siquiera sabía la implicación de su padre en el Caso Cenit, la dejaran marchar.

Quizá había sido yo el que la había convertido en una diana.

Esa idea me desgarró por dentro.

Podría soportar que me encerraran, torturaran y, joder, hasta que me mataran. Pero no que acabaran con ella por mi culpa.

Si no le hubiera contado lo de su padre, habría seguido con su vida sin saber que mató a un hombre. No hubiera dudado de él ni habría manchado su imagen. Habría vivido el resto de su vida en una mentira, sí, pero hubiera estado a salvo.

Hubiera tenido la vida que merecía si no hubiera llegado yo poniendo todo cuanto creía saber patas arriba.

Deslicé una mano por mi frente; estaba ardiendo. Sentía un cosquilleo en los dedos que no me gustaba ni un pelo y notaba cada vez más acelerados los latidos de mi corazón.

Permanecía en mi habitación porque lo último que necesitaba era que Thomas me viera así. Sin embargo, algo me impulsó a levantarme e ir hasta el dormitorio de Mel.

Su bolsa, con la ropa doblada de malas maneras, permanecía sobre un taburete. Inspiré profundamente y me acerqué hasta el colchón, donde se encontraban dos de los libros que le dejé.

Deslicé la mano por la cubierta de tela y abrí una página al azar. Había leído esos libros varias veces, pero nunca se me había ocurrido garabatear en sus páginas. Y, sin embargo, ahora mostraban dibujos y pequeños apuntes en varios párrafos .

Los Yawoks medían más de dos metros de alto. Su piel estaba combinada con motas de escarcha y se decía que sus ojos eran tan claros que podía llegar a confundirse el iris con el blanco. Caminaban sobre la nieve sin dejar huella y podían permanecer inmóviles durante horas.

Bajo esas palabras se encontraba un dibujo de un pecho con un corazón a plena vista y, después, una pequeña anotación con tinta negra y una letra totalmente distinta: «¿Cómo puede alguien caminar sin dejar huella?».

Sonreí sin darme cuenta.

Como esa, había muchas más; todas colocadas entre líneas o junto al borde de la página.

De pronto, no deseaba otra cosa más que tenderle todos mis libros para que hiciera con ellos lo que quisiera y, más tarde, leerlos y poder ver todas sus ocurrencias.

Retrocedí hasta la primera página y empecé a leer. Si tenía que esperar para sacarla de allí, al menos lo haría con sus palabras.