Capítulo 37
Melody
Mi padre estaba muerto, mi hermana seguía metida en un hospital y yo estaba en una torre encerrada.
Cuántas vueltas puede dar la vida en menos de un mes.
Me mordí el labio y di varios golpecitos con el dedo índice sobre la puerta.
—¿Phil?
El guardia había cedido a hablar más conmigo.
Durante el par de días que llevaba encerrada allí, se había encargado de darme conversación, o al menos, de responder a mis preguntas.
«¿Cuántos años tienes? ¿Siempre quisiste ser guardia? ¿Tienes familia?»
Sus respuestas habían sido: veintisiete, no, dos sobrinas .
Ciertamente, tener a alguien con quien hablar aliviaba mi aburrimiento, y quizá también un poco mi dolor. Prefería mantenerme entretenida para no pensar en cómo rabiaba mi hombro.
Aunque el único que me respondía era Phil. Hacía unas pocas horas le había tocado realizar el cambio de turno con un guardia llamado Rodrick que ni siquiera se molestó en contestar una de las veinte preguntas que le hice. Afortunadamente, Phil era quien pasaba más tiempo detrás de esa puerta.
—¿Estás casado?
El guardia tardó un par de segundos en contestar.
—Sí.
—¿Cómo se llama su mujer?
—Mary.
—¿Y sus sobrinas?
—Olive y Callie.
Sonreí para mis adentros.
—Son nombres preciosos.
No respondió, pero me conformé pensando que mi comentario le había alegrado una parte del día.
—¿No le molesta tener que estar todo el día contemplando la puerta? ¿Acaso no le echan de menos en casa?
—Verá, señorita, servir a la Corona es un cargo de gran importancia y del que estoy muy orgulloso de poder ejercer.
Solté un resoplido sin querer.
—Eso ha parecido un discurso ensayado.
—Y también debo pagar la comida de mis sobrinas —añadió entonces.
Eso ya tenía más sentido.
—A mí me parece que servir a la Corona debe ser… —Un coñazo—. Menos atractivo de cómo me lo ha pretendido vender.
No hizo falta que respondiera para saber que tenía razón.
Clavé la mirada en algún punto de la pared y, sin quererlo, volví a pensar en Archer. ¿Habría regresado a la taberna? ¿Seguiría con la búsqueda del Caso Cenit? Ya me ayudó a salir del hospital. ¿Por qué iba a volverlo a hacer?
Y, de planteárselo, tampoco tendría cómo llegar hasta aquí. Phil vigilaba mi puerta, pero estaba segura de que habría muchos más guardias esparcidos por el palacio vigilando cada movimiento.
—¿Sabe por qué estoy encerrada? —pregunté, alzando un poco la voz para que me escuchara con claridad.
—Tengo entendido que fue por traición a la Corona.
Y dale.
Puse los ojos en blanco y enterré mi rostro en mis manos.
—En realidad, eso fue cosa de mi padre. Creo. No estoy segura de nada.
—Siento su situación.
Por primera vez desde que había entablado una conversación con Phil, creí ver notar un atisbo de pena en su tono.
—Yo también siento tu situación. Aunque no me dejes salir.
No sabía cuál era su rostro, pero lo imaginaba algo bajito y con un poco de barba.
Pasé las siguientes horas encerrada en la torre, sobreviviendo a base de la comida que me daba Phil tres veces al día. Dejaba una pequeña franja de la puerta abierta para tenderme la bolsa de comida y cerraba a toda prisa .
Dentro de las bolsas no había más que un poco de pan con una cantimplora de hojalata que contenía agua. Por las noches añadían también una manzana.
Nadie más de la familia real había regresado, aunque no dudaba en que lo harían tarde o temprano. Sin embargo, había algo que no dejaba de dar vueltas en mi cabeza; si querían quitarme del mapa, ¿por qué no me mataban, tal y como hicieron con mi padre?
Es decir, si su verdadera preocupación era que mi investigación hubiera llegado demasiado lejos, sólo tenían que enviarme a la guillotina. Charlton había dicho que me necesitaba viva de momento y había insinuado que retenerme allí atraería a Archer.
Aunque, pensándolo bien, tenía sentido. Archer había estado igual o más implicado en el Caso Cenit que yo. Pero empezaba a preguntarme cuántos días me tendrían encerrada antes de marcar mi destino.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo entero.
—Su alteza real —escuché que pronunciaba la voz de Phil.
Me volví hacia la puerta, aunque no pudiera ver nada a través de la madera.
—Déjeme entrar.
La voz de Charlton me sacó un gruñido. La puerta se abrió en menos de un parpadeo y la figura del príncipe entró en la torre.
Sus ojos me recorrieron de pies a cabeza, como si estuviera decidiendo si merecía la pena desperdiciar su tiempo conmigo. Por mí podía volver por donde había venido y dejarme encerrada un mes entero .
—Imagino que este alojamiento es de su agrado —dijo, volviendo su atención hacia mí—. Teniendo en cuenta su último estilo de vida.
Sus palabras hicieron hervir mi sangre en un tiempo récord. ¿Cómo cojones sabía dónde había estado y el estilo de vida que llevaba? ¿Acaso me había estado controlando desde hacía más tiempo del que pensaba?
—Le aseguro que estaba mucho más a gusto antes de llegar aquí.
Sus labios se curvaron levemente, sin rastro de humor.
—Interesante —murmuró con un palpable desdén—. A algunos les debe gustar ir oliendo a cerveza.
—Mejor oler a cerveza que a cerdo arrogante.
No tuve tiempo a reaccionar o retroceder un simple paso. Lo siguiente que vi fue mi cuello, envuelto con sus manos. Mi espalda chocó contra la pared y el impacto me robó el aire antes siquiera de poder gritar. Intenté tomar aire, pero cada bocanada era más corta que la anterior.
Charlton se inclinó, acercando su rostro al mío. Su aliento rozó mi piel.
—Parece que tiene problemas de memoria —susurró, con sus labios próximos a mi oreja—. Se le olvida a quién le habla, señorita SinClair.
No podía siquiera tragar saliva, la tensión en mi cuello aumentaba por segundos. ¿Me desmayaría?
Mis dedos se aferraron instintivamente a su muñeca, sin fuerza suficiente para apartarla.
—Pero es una joven con suerte, ¿sabe? —Una sonrisa maliciosa apareció en sus labios—. Muerta no me sirve de nada.
—Hi-hijo de p-pu… —apenas logré articular .
—Shhhh —Apoyó su frente sobre la mía—. Soy su Dios, señorita SinClair. Y un dios puede acabar con quién quiera. Eso incluye a tu querido amigo.
El corazón se me encogió.
Archer.
—No-no le t-toq-ques.
Las lágrimas se mezclaban con la humedad de mi sudor. La presión aumentó lo justo para que el pánico me abrasara, recordándome lo frágil que era entre sus manos.
Mi visión se nubló por los bordes.
—Oh, señorita SinClair, su inocencia la ciega. —Se separó unos centímetros de mí—. Tendrá suerte si no la toco a usted.
Una de sus manos abandonó mi cuello.
Por un instante, el aire volvió a mis pulmones, pero no llegué a sentir alivio. Sus dedos recorrieron mi mejilla con lentitud, deteniéndose en una de las lágrimas que se me había escapado sin darme cuenta.
Me quedé completamente inmóvil.
—¿Aún le duele la herida de flecha? —preguntó—. Tal vez debería comprobar si ha sanado como es debido… No me gustaría que mi invitada se sintiera insatisfecha con mis atenciones.
Sus dedos descendieron por mi cuello. El miedo se apoderó de mí, creciendo más y más con cada segundo que transcurría. Pasó la yema de sus dedos por mi clavícula hasta que se detuvieron en el tirante de mi vestido.
Temblaba de rabia y, si yo lo sabía, él también. Una de mis lágrimas mojó su pulgar .
Y entonces, retiró sus manos de mi piel. Se apartó de mí como si no hubiera ocurrido nada y se acomodó las mangas con tranquilidad antes de caminar hacia la puerta.
—Descanse, señorita —murmuró, sin mirarme—. Descanse mientras pueda hacerlo.