Donde caen los reyes (Ofem 1) Capítulo 35
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Capítulo 35

Melody

Una pared.

Una cama.

Y yo.

Eso era todo.

Empezaba a reconectar con esa parte de mí que había dejado de lado desde la muerte de mi padre. La Mel solitaria.

La puerta estaba cerrada con llave; ya había intentado abrirla veinte veces. Todas en vano. Pero mi cabezonería me hizo volver a tirar de la manilla.

Solté un suspiro, vencida, y me dejé caer contra el suelo.

No deberíamos haber asistido a ese baile, era una maldita trampa. ¿Y Collin? Si el príncipe había sido honesto conmigo, estaba muerto.

La única parte positiva de todo esto era que, como mínimo, Archer había podido escapar. Quizá hubiera ido a buscar ayuda.

O quizá se hubiera dado cuenta de que el Caso Cenit nos quedaba demasiado grande.

En cualquier caso, aquella era la mejor opción. De no haber acabado allí, seguiría encerrada en el puñetero hospital. Al final había vuelto al mismo punto de partida.

El destino era inevitable, y quizá ese fuera el mío.

Un estornudo me sacó de mis pensamientos.

Parpadeé.

¿Un…estornudo?

Me volví hacia la puerta en la que permanecía apoyada.

—¿Hola?

No obtuve respuesta. Pero lo había escuchado, mi cordura no había caído tanto como para inventarme algo así.

—¡Le he escuchado!

Lo siguiente que escuché fue una especie de gruñido que me confirmó la presencia de alguien al otro lado de la puerta.

Y ahora que tenía esa certeza, ¿qué podía hacer? Fuera quien fuera, no me abriría. De eso no tenía dudas.

—¿Podría responder? —insistí, porque no tenía nada que perder.

Y, finalmente, obedeció:

—Debe permanecer en silencio.

Era una voz masculina, aunque un pelín más aguda de lo normal.

—Y usted debería contestar con cordialidad —le hice saber—. Su saludo ha sido de lo más maleducado.

—Mis disculpas.

Arqueé las cejas, sorprendida de que se hubiera tomado la molestia de responder otra vez. Aproveché el momento.

—Acepto sus disculpas. A cambio abra la puerta.

Lo siguiente que llegó a mis oídos fue una risa, baja pero clara.

—No puede aceptar una disculpa añadiendo una condición. El perdón no trata de eso.

—Bueno —Me encogí de hombros aunque no me viera—. Dado que me encuentro atrapada en una torre, creo que puedo permitirme cambiar la norma.

Él no contestó, y eso hizo que me arrepintiera inmediatamente de mis palabras.

—¿Cómo se llama?

Nada.

—No contestar a una pregunta también es descortés —añadí.

—Mi nombre es Philip Grayson Dominick.

Sonreí para mis adentros.

—Qué nombre tan largo. ¿Puedo llamarle Phil?

No contestó.

—Genial, Phil, es un placer conocerle. Mi nombre es Melody.

—Lo sé.

«Pues claro».

—Y deduzco que su labor es asegurarse de que nadie salga de esta torre.

—Deduce bien, señorita.

Asentí.

—Entonces debería entrar. Una conversación normal se mantiene cara a cara, ¿sabe?

Phil tardó un par de segundos en concederme una respuesta.

—Eso le daría espacio a escapar, ¿no cree?

Me mordí la carne interior del labio.

—Dependería.

—¿De qué?

Incluso desde el otro lado de la puerta pude apreciar su curiosidad.

—De lo rápido que fuera usted para atraparme.

Mi comentario le arrancó otra risa.

«Eso es, Mel. Hazte con el enemigo».

—Podríamos ponerlo a prueba —le propuse, sabiendo perfectamente su respuesta.

—Debo rechazar su oferta, señorita.

Aghh….

Enterré mi rostro entre mis manos antes de volver a analizar todo cuanto me rodeaba. Las ventanas eran demasiado pequeñas como para que pudiera pasar por ellas el cuerpo de un adulto. Y de poderlo hacer, tampoco hubiera tenido escapatoria. Me encontraba en el punto más alto del palacio.

El dolor me amenazó nuevamente, enviando una oleada de ardor por mi brazo. Me tumbé un rato sobre la cama y dejé que mi sueño venciera a la dolencia.

No sabría decir cuánto rato había transcurrido cuando la conversación me despertó. Eran voces. No entendía lo que decían pero estaba claro que provenían del otro lado de la puerta. Me levanté de un salto y caminé hasta pegar mi oreja contra la madera.

—¿Ha hablado con ella? —preguntó una voz femenina, muy distinta a la de Phil.

—Sí, su alteza real.

¿Su alteza real? Pero era imposible que esa voz perteneciera al príncipe. Entonces, tenía que ser su hermana.

—¿Y qué le ha dicho?

—Quería que abriera la puerta. También se ha presentado .

—Déjeme entrar.

No tardé ni un segundo en escuchar el sonido de unas llaves abrirse paso por el cerrojo. La puerta se abrió, pero no tuve tiempo de dar un solo paso antes de que se cerrara con un golpe seco, dejando a otra persona conmigo en el interior de la torre.

Retrocedí hasta que mi espalda chocó contra la pared.

—Señorita SinClair —dijo la princesa—. Es un placer conocerla.

Sus palabras eran educadas, pero su tono no.

Dediqué un instante a observarla. Vestía un elegante vestido color marfil, impecable. El cabello oscuro caía en ondas sobre su espalda y, pese a su juventud, había algo en su forma de sostenerme la mirada que logró erizarme la piel.

—Mi guardia me ha asegurado que estuvo charlando con él —añadió al cabo de unos segundos, inclinando ligeramente la cabeza—. ¿Acaso se le ha comido la lengua el gato?

Inspiré.

—El placer es mutuo —murmuré.

No tenía demasiado claro cómo debía comportarme con ella.

A diferencia de Charlton, Odilia no parecía necesitar alzar la voz ni recurrir a amenazas para imponer respeto.

Su hermano era como una tormenta, haciéndose ver allá por donde fuera antes de arrasar.

Ella, en cambio, se parecía más al hielo, quieto y aparentemente inofensivo, pero doloroso si te atrevías a tocarlo. Y eso me inquietaba bastante más.

—Siento la bienvenida que le ha dado mi hermano —añadió, apretando los labios—. No he estado presente, pero imagino cuán desagradable ha podido ser .

De acuerdo. Me estaba confundiendo.

La princesa paseó la mirada por la torre.

—Debe pensar que somos unos animales tras haberla hospedado en este lugar. —Negó con la cabeza—. Quizá sería más conveniente proporcionarle un dormitorio. Aunque dudo que mi hermano esté de acuerdo con tal decisión.

—¿Disculpe?

—¿Tiene hambre? —me preguntó, volviendo a mirarme—. ¿Sed, quizá?

Abrí la boca, confusa.

—Yo… No la entiendo.

Ladeó la cabeza.

—¿Por qué se comporta así? —pregunté—. ¿Es una trampa?

—¿Cree que necesito tenderle una trampa después de haberla retenido en mi propiedad?

No.

—Entonces no lo entiendo.

—No tiene nada que comprender, señorita SinClair; está cautiva.

Sí. A esa conclusión había llegado yo solita.

—Gracias por la aclaración. Pero lo que quiero saber es por qué se comporta así.

Entrecerró los ojos y ese pequeño gesto me hizo pensar en lo mucho que se parecía a su hermano. Quizá el color de pelo fuera distinto, pero esos ojos verdes eran exactamente iguales a los de Charlton.

—A diferencia de mi hermano, yo sé cómo debo comportarme en todo momento, independientemente de la persona con la que esté conversando. Y aunque su padre sea un traidor a la Corona y usted escapara de la retención que le dictó el mío…

—Su padre me retuvo en un hospital — intervine.

—...no implica que deba comportarme como una cría.

La analicé y, sorprendentemente, parecía estar siendo sincera. Deduje que no había venido hasta aquí para abrirme la puerta de la torre y tenderme la mano hasta la salida.

—Le agradecería que me dijera qué quieren de mí.

—Lo que yo quiero no se diferencia en demasía de lo que quieren mis padres y mi hermano de usted: mantenerla cerca.

«Fabuloso».

—Sin embargo, voy a hacer todo lo que esté en mi mano por ofrecerle una mayor comodidad.

—¿Por qué haría algo así?

Odilia deslizó una mano entre sus mechones oscuros de cabello. No contestó a mi pregunta, en su lugar, avanzó un paso y miró mi vendaje.

—No se compadezca.

Alzó la mirada.

—No lo iba a hacer —contestó con neutralidad—. No necesita la compasión de nadie.

No supe cómo tomarme sus palabras, de modo que me limité a asentir.

—Como le he dicho —añadió—. Voy a hacer todo lo que esté en mi mano para ofrecerle una mayor comodidad. Pero debe saber que el poder que reside en mis manos es mínimo, incluso nulo. Por lo que no puedo prometerle nada.

No me sorprendía que la princesa no tuviera potestad. A ojos del reino, Odilia no era más que alguien colateral, la sombra de su hermano.

De no haberse dado su nacimiento, nadie lo hubiera notado; ya tenían a su sucesor al trono.

—Se lo agradezco —contesté, aunque no estaba del todo segura de mis palabras.

¿De veras tenía buena intención? Lo dudaba. Aún así, lo peor que podía hacer era presionarla. Ya había enfurecido suficiente a su hermano.

Odilia se dio la vuelta, pero antes de abrir la puerta, se detuvo y me miró una última vez.

—Cuando regrese, querré saberlo todo en torno a su implicación en el Caso Cenit —Desvió su atención hacia mi hombro—. Puede meditar su respuesta.

Ni siquiera intenté salir tras de ella, la puerta se cerró en menos de un parpadeo. Crucé la estancia hasta llegar a la cama y volví a tumbarme sobre el colchón.

Parecía que aquello iba para largo.