Capítulo 34
Archer
Abrí la puerta de un tirón, dejando ir el poco aire que residía aún en mis pulmones. Fui hacia la barra a toda prisa mientras Thomas se giraba. La calma en su rostro se transformó en sorpresa.
—¡Archer!
Dejó caer una cuchara de madera al suelo.
—La tienen, Thomas —escupí.
Decirlo en voz alta lo hacía más real. Sentí cómo una oleada de náuseas se abría paso en mi estómago.
«La tienen. La tienen. La tienen».
Arrugó la nariz, observándome de arriba a abajo.
—Cálmate, chico —respondió con una calma exasperante.
¿Calmarme? Lo último para lo que tenía tiempo era para calmarme. Ya había desperdiciado demasiado en el trayecto hasta allí .
Colocó los brazos sobre mis hombros. Ni siquiera me había percatado de que había salido de detrás de la barra.
—Arch…
—La tienen. —Mis palabras apenas llegaron a escucharse—. Está herida, la tienen y…
—Te está dando ataque de pánico. Y… ¡Augh!
Retiró su brazo con un movimiento rápido, como si mi piel quemara. No me hacía caso, no escuchaba lo que le decía y yo no tenía tiempo de detenerme a explicárselo.
Estaba metida en el puto palacio.
—¡Chico! —Se miró los dedos tras tocarme la frente—. ¡Estás ardiendo!
Y lo notaba. No me sorprendería que tuviera fiebre. Pero eso daba lo mismo, todo era insignificante comparado con el verdadero problema.
—Vengo a recoger flechas —le informé, retrocediendo un paso—. Vuelvo a palacio.
En cuestión de segundos se colocó frente a mí, interponiéndose en mi paso con una cuchara de madera.
—No puedes volver, chico.
—Voy a… —Aparté de un manotazo su cuchara, que cayó al suelo resonando en la estancia.
—No quieras saber lo que te harán si vuelves —agregó con prisa—. Ya te dispararon. No puedes volver.
Me dirigí hacia uno de los cajones en los que guardábamos las flechas antes de rebuscar.
—Me importa una mierda lo que pueda o no hacer .
Empecé a cargar las flechas entre mis brazos. No estaba para tonterías: la tenían. Sabía que no podía tardar más. ¿Y si le habían hecho más daño? ¿Y si el hijo de puta del príncipe volvía a acercarse a ella?
Sentí como todo mi cuerpo temblaba.
Me torturaba recordar el momento en el que tuve que largarme y dejarla allí. Pero no tenía otra opción; o volvía a por flechas, o me atrapaban a mí también.
—Estará bien —intentó convencerme Thomas—. La estarán tratando como a una princesa.
«Como a una princesa».
Casi me reí.
La sola idea de que el imbécil del príncipe se le acercara me retorció el estómago. Cuando la escuché pidiendo que no la tocara, sentí cómo algo se encendía en mi interior.
En algún punto de mi colapso mental, Thomas me apretó las mejillas.
—Chico, no puedes ir —repitió—. He estado mucho tiempo contigo como para que te la juegues de tal modo.
Hice caso omiso a sus palabras. Me levanté y solté el montón de flechas dentro de la cestilla.
—Ahórrate el esfuerzo —murmuré—, no vas a convencerme.
—Tu obsesión con la chica está llegando muy lejos —respondió, ignorando totalmente mi comentario—. Al principio pensé que se te pasaría, pero mira hacia dónde te está llevando.
Solté una risa amarga.
—Ella es la única persona por la que daría mi vida. —Clavé mis ojos sobre los suyos—. Lo sabes perfectamente .
Tragó saliva, analizando mi rostro. Por primera vez en toda la noche sentí frío. No era un frío físico; de hecho, se trataba de uno mucho más doloroso.
—Hay más chicas —balbuceó—. Si te pararas a pensar…
Apreté los puños.
—No tengo tiempo de pensar. ¿Sabes por qué? —La voz me tembló, y no por debilidad, sino por la intensidad de todo lo que empezaba a sentir—. Porque en el tiempo que desperdicie haciéndolo, podrán hacer con ella lo que les dé la gana.
—Archer, no es el momento.
—¿El momento? —repetí, atónito—. ¡Que está encerrada con esos cabrones!
Negó con la cabeza con vehemencia.
—Estás volviéndote loco, joder. Siéntate un momento.
No le hice caso.
De pronto, sentí la presión de sus manos sobre mis brazos.
—¿Qué diablos haces?
Me empujó, haciendo que cayera sobre una de las sillas. Me clavé la punta de madera en el muslo y lo atravesé con la mirada.
—No vas a ir.
—Claro que lo voy a hacer.
Chasqueó la lengua, pasándose a su misma vez una mano por el mentón.
—¿Podrías ser racional por un instante?
Ya estaba siendo racional; no había más opciones.
—Mataron a su padre, Archer. Mataron a tus padres. ¿Qué te hace pensar que no lo harán contigo ?
No contesté. Ambos sabíamos la respuesta.
Soltó un suspiro, vencido.
—Solo no podrás —murmuró en un tono apenas audible.
—Tal vez. Pero prefiero morir intentándolo que seguir respirando sabiendo que la dejé allí.
Me levanté de la silla, con el arco y las flechas cargadas.
—No te he dado cobijo todos estos años para que termines así.
Su mirada pretendía ser dura, pero se rompía entre miles de grietas. Cogí otra bocanada de aire y caminé hasta la puerta. Mi mano tembló ligeramente al tocar el pomo. Entonces me giré, dedicándole mi última mirada.
Si existía alguien en el mundo a quien odiara decepcionar, ese era Thomas, el único que me tendió la mano cuando nadie más lo hizo, el hombre que me brindó no solo un hogar, sino un amigo.
Jamás hubiera pensado que llegaríamos a tener una conversación así.
Pero él, más que nadie, entendía todo mi esfuerzo, sabía por qué no podía dejarla sola.
Detestaba decepcionar a Thomas. Pero la mera idea de abandonar a Melody era insoportable.
—¿Somos amigos, Thomas? —pregunté finalmente.
Su atención volvió a mí. Durante unos segundos pareció confundido pero, tras un breve instante, respondió:
—Sí.
Abrí la puerta.
—Bien. Entonces no me detendrás.
Dejé la taberna a mis espaldas, dispuesto a regresar al palacio. El aire fresco de la noche me recibió como un abrazo congelado. Avancé un paso. Sin embargo, me detuve al percatarme de que no estaba solo. Porque, desde luego, no esperaba encontrar tras la puerta a… él.
—Buenas noches, joven.