Capítulo 33
Archer
El bosque daba a uno de los caminos que utilizaban los cocheros para llegar hasta el centro del reino.
Caminé durante todo el trayecto con dolor en el pecho. No podía dejar de pensar en lo que podrían hacerle esos hijos de puta. Las posibilidades se me amontonaban por momentos: amenazas, interrogatorios, tortura.
Si habían sido capaces de acabar con mis padres, con ella no tendrían ningún motivo para contenerse.
Joder.
Escuché el paso de unos caballos y me detuve en seco. Me coloqué tras el tronco de un árbol y esperé a que pasara. Las ruedas crujieron sobre el camino embarrado .
Si este carruaje había salido del palacio, quería decir que ya habían abierto las puertas. Aun así, tenía que regresar a la taberna antes de volver a buscarla.
No me moví hasta que el sonido empezó a desvanecerse entre la oscuridad. Entonces me agaché para coger la piedra más grande que encontré, de un tamaño similar al de una calabaza, y la coloqué en mitad del camino.
Me incorporé, sacudiéndome las manos, y regresé detrás del árbol.
El siguiente carruaje no tardó mucho más en llegar. Pasó frente a mí, y cuando alcanzó la piedra, se detuvo con el chirriar de sus ruedas. El cochero bajó, mascullando algo entre dientes, y se agachó junto a una de ellas.
Aproveché el momento en el que se disponía a regresar a su puesto, después haber apartado la piedra, para meterme debajo.
Me sujeté a los tablones de madera y esperé. En menos de un minuto, el carruaje volvió a avanzar y pude soltar el aire que había estado conteniendo. Sin embargo, algo lo hizo detenerse al poco tiempo.
Me tensé mientras alargaba el cuello para ver más allá de los tablones de madera. Tan solo logré vislumbrar unas botas.
«De puta madre».
—Buenas noches, caballero —pronunció una voz masculina.
—Buenas noches —respondió el que, deduje, era el cochero.
—Tengo órdenes directas de revisar todos los carruajes que hayan salido recientemente del palacio real.
Mierda.
Dejé caer las rodillas contra el suelo y rodé sobre la tierra hasta salir por la parte trasera. Me incorporé tambaleándome mientras miraba a mi alrededor.
El cochero se encontraba junto a una de las puertas del lateral del carruaje. Y a su lado pude distinguir la figura de un guardia.
Volví la vista hacia el asiento del cochero.
Inspiré un poco de aire y corrí hasta la parte delantera. Me subí de un salto al pescante y tomé las riendas con fuerza.
—¡Eh!
El grito del guardia llegó demasiado tarde; ya había tirado de las riendas.
—Vamos —mascullé entre dientes.
Los caballos arrancaron y el carruaje dio una especie de bandazo antes de avanzar.
—¡Detenedlo! —gritó el hombre.
Los cascos de los caballos golpeaban la tierra cada vez más rápido, arrastrando el carruaje con una fuerza que, desde luego, no controlaba.
—Me cago en todo.
No tenía ni la más remota idea de lo que estaba haciendo. Tiré de las riendas otra vez, intentando aflojar la velocidad. Me equivoqué terriblemente; el movimiento hizo que el carruaje se inclinara hacia un lado y el vehículo empezó a tambalearse.
—No, no, no…
El viento me golpeaba la cara con tanta fuerza que apenas podía mantener los ojos abiertos. Tras pensar que casi volcaría en múltiples ocasiones, conseguí llegar al centro del reino.
Fue más bien un milagro.
—¿Cómo cojones se aparca esto?
Tiré de las riendas bruscamente y los caballos empezaron a pasar del trote al galope, reduciendo la velocidad del carruaje de golpe.
Tan de golpe que salí disparado hacia adelante, clavándome una tabla de madera en el estómago.
—Augh.
Me quedé inmóvil unos largos segundos, con las manos todavía aferradas a las riendas.
—Bien —exhalé—. Está… aparcado.
El portazo a mi espalda me hizo darme la vuelta. Vi por el rabillo del ojo cómo salían del interior del carruaje un par de mujeres y un hombre de mediana edad. Sus ojos, desconcertados, no tardaron en toparse conmigo.
—¿¡Qué demonios…!?
Eso no lo había previsto.
Me bajé del carruaje y empecé a caminar marcha atrás, con los brazos levantados.
—¡Eh!
—¡Buen viaje! —respondí antes de echarme a correr y adentrarme en las calles del centro.
Ya había pasado el tramo complicado, o al menos, eso pensaba.