Donde caen los reyes (Ofem 1) Capítulo 32
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Capítulo 32

Melody

—Creo que está despertando, su alteza real.

El dolor me atravesó el cuerpo entero.

—¿Ella es Melody SinClair? —preguntó una voz femenina.

Pero no pude escuchar más. Mis párpados se cerraron.

Cuando volví a despertar, no sabía ni dónde me encontraba ni el tiempo que había transcurrido. Me froté los ojos con pereza. Al principio, únicamente distinguí manchas y siluetas borrosas. Pero poco a poco mi visión se aclaró y, en cuanto lo hizo, deseé volver a cerrar los párpados.

Porque el rostro que se presentó ante mí no podía ser otro que el del puñetero príncipe Charlton .

—Mierda.

—No era el saludo que esperaba —contestó el heredero, frunciendo apenas los labios.

—Me ha secuestrado —deduje con la voz empalagosa.

Agarré la sábana que se encontraba bajo mi cuerpo, percatándome de que me encontraba tumbada sobre una cama.

—Y usted me mintió —replicó él.

El dolor me arrancó un gemido al intentar incorporarme.

Caí de nuevo sobre el colchón y miré a mi alrededor. Las paredes de piedra, la estrecha ventana y el techo abovedado me dieron una idea aproximada de dónde estaba; en una de las torres.

—Hay una clara diferencia entre mentir y secuestrar —le hice saber, atravesándolo con la mirada.

—Y otra clara diferencia entre ser el heredero al trono y una simple… muchacha —contestó, cruzando los brazos.

—Usted no es mi heredero al trono.

Me arrepentí al instante de decirlo.

Jamás se había prohibido mencionar la existencia del príncipe Asharion y tampoco existía ninguna ley al respecto, pero nadie lo hacía.

El reino entero se comportaba como si no solo hubiera desaparecido de la línea sucesoria, sino también de la memoria de todos.

Y yo acababa de nombrarlo delante del chico que ocupaba su lugar.

—¿Qué ha dicho? —dijo en un susurro, aunque la amenaza era palpable.

Nada. No había dicho nada.

Pero mi boca no supo obedecerme .

—¿Además de imbécil es sordo? —Me reí. Carai, dos en uno. Archer estaría rebosando de orgullo si pudiera verlo.

Charlton avanzó un paso.

—Podría enviarla a la guillotina mucho más rápido de lo que cree. —Acercó lentamente su rostro al mío, haciendo que su aliento impactara contra mis mejillas—. Pero la diversión se me acabaría demasiado pronto.

Apreté los dientes.

—¿Para qué me ha retenido?

Si pensaba mantenerme encerrada allí, como mínimo merecía conocer el motivo.

—Entre otras cosas, para divertirme.

—Qué vida tan triste debe de tener, entonces.

Mi comentario no pareció afectarle. Se apartó y empezó a caminar alrededor de la cama, como un depredador acechando a su presa.

Joder, si con la herida de mi hombro parecía hasta un cervatillo en su último aliento.

Ya no tenía la flecha clavada en la piel, aunque sí un dolor punzante y una venda tapando la zona, indicándome que había sido mínimamente tratada.

—De ser por mí, la dejaría pudriéndose aquí dentro —pronunció Charlton, atrayendo mi atención—. Pero, lamentablemente, la necesito con vida. Al menos todavía.

Qué tranquilizador.

—¿Qué es lo que necesita exactamente de mí?

Entonces unos golpes sobre la puerta nos sobresaltaron. Charlton alzó la vista.

—Adelante.

La puerta se abrió y, tras de ella, apareció un hombre. Vestía una levita negra y sostenía una bolsa de cuero que me hizo reparar en quién era: un médico.

Su expresión cambió en cuanto me vio despierta.

—Veo que la paciente ha recuperado el conocimiento.

Charlton se hizo a un lado para dejarlo pasar y el hombre se acercó a mí para observarme de cerca.

—Ha tenido muchísima suerte. La flecha atravesó su hombro pero no llegó a la articulación.

Seguidamente, abrió la bolsa y cogió de su interior unas vendas, un frasco de cristal y varios instrumentos de metal envueltos en un paño.

—Voy a cambiarle el vendaje —me informó.

Mi mirada seguía clavada en Charlton, que permanecía apoyado contra la pared, disfrutando de la escena.

—Con su permiso, señorita.

Se sentó en el borde del colchón y comenzó a deshacer con cuidado el vendaje que rodeaba mi hombro. En cuanto la tela dejó de cubrir la herida, me recorrió una punzada de dolor que reprimí apretando los labios.

La flecha había entrado por la parte superior del hombro y había salido por detrás. La piel de su alrededor era de un tono rojizo y estaba llena de moratones, pero no había demasiada sangre.

—La hemorragia ha cesado por completo —comentó.

No pude evitar tensarme cuando sus dedos presionaron cerca de la herida.

—¿Puede mover los dedos? —me preguntó.

Lo hice y él hombre asintió.

—¿Y el brazo?

Intenté levantarlo, pero el dolor me obligó a detenerlo.

Mierda.

El hombre volvió a asentir, como si ya hubiera sabido el resultado antes de preguntármelo. Luego, examinó nuevamente la zona antes de coger el frasco de cristal. El intenso olor a alcohol inundó la estancia nada más retirar el tapón.

—Esto escocerá un poco —me avisó.

Pero no tuve tiempo de protestar. Ya había empapado un paño y había cubierto la herida.

—¡Joder!

Sentí que el hombro me ardía del mismo modo que lo haría si me hubieran tirado a una hoguera.

El médico terminó de limpiar la herida y aplicó una pomada espesa con un olor tan horrible que casi me mareé.

Lo último que hizo fue volver a vendar mi hombro.

—Durante unos días le resultará muy complicado mover el brazo. Pero no tendrá más complicaciones.

Sus palabras deberían haberme tranquilizado, pero había un detalle mucho más preocupante que mi hombro; que estaba encerrada en una torre.

El médico recogió sus cosas, le hizo una reverencia a Charlton y se marchó. No fue hasta que salió cuando repetí:

—¿Qué demonios quiere de mí?

Charlton avanzó hasta los pies de la cama. Como yo permanecía tumbada, tuvo que bajar el mentón para sostenerme la mirada.

—Quiero que me diga todo lo que sepa .

Arqueé una ceja. Él soltó una risa grave.

—No se haga la tonta, señorita SinClair. Ambos sabemos por qué escapó del hospital y por qué acudió al baile como una abeja a la miel.

—Si ambos lo sabemos, mejor que sea usted quien tenga el placer de nombrarlo —le insté.

Entrecerró los ojos.

Ya no llevaba el uniforme de gala del baile. Vestía un frac azul, además de un chaleco granate con un bordado de hilos dorados y una camisa blanca. Y, por supuesto, ningún pliegue estaba fuera de lugar.

Aunque sí había algo que rompía esa perfección; el moratón sobre su pómulo.

Charlton siguió la dirección de mi mirada y sonrió.

—¿Admira mi aspecto o el trabajo de su amigo?

—Me preguntaba si mi amigo debería haberte golpeado más fuerte.

—Yo, en cambio, me pregunto cuánto tardará en cometer la estupidez de venir a rescatarla.

Se me encogió el corazón.

La mirada de Charlton era distante, pero a la vez dejaba entrever la diversión que le causaba mi situación. Lo más probable era que, a sus ojos, no fuera más que una joven estúpida que se había entregado a los leones.

En realidad, lo era.

—Es un monstruo —gruñí.

Me miró una última vez.

—Pero usted pertenece a este monstruo .

Se dio media vuelta y se marchó sin darme espacio a respuesta, dejándome sola.

En una maldita torre.