Capítulo 31
Archer
Calculé la distancia que nos separaba del suelo; no era mucho más de un par de metros.
—Vamos a repetir lo de antes —pronuncié.
La observé un último instante. Mel asintió y eso fue todo lo que necesité para darle la espalda y saltar al otro lado.
Caí sobre la tierra con un golpe brusco y un latigazo de dolor me recorrió la rodilla al flexionarla.
Me incorporé, clavándome varias espinas de un rosal escondido en la mano.
Luego alcé la mirada hacia el muro y esperé.
Pero los segundos empezaron a transcurrir sin que apareciera su silueta en lo alto.
—¿Mel?
No hubo respuesta.
—¡Melody! —exclamé, esta vez más alto—. ¡Joder, salta!
Pero no me respondió. En su lugar, escuché el grito ensordecedor de uno de los guardias alzarse en el aire.
—¡Le hemos dado!
Fue entonces cuando el mundo que me rodeaba se detuvo; el grito del viento, el canto de un búho… Todo dejó de existir.
Me lancé contra el muro sin pensarlo. Hundí los dedos entre las piedras y traté de trepar, pero terminé resbalando y cayendo de espaldas sobre el puñetero rosal.
Volví a levantarme y lo intenté de nuevo, pero la pared era demasiado lisa.
—Joder, joder, joder…
Apreté los puños con tanta fuerza que noté las uñas hundirse en mis palmas.
De no haber sido un maldito baile, habría traído el arco. Debería haberlo previsto, maldita sea.
Inspiré profundamente, tratando de pensar con claridad. Solo tardé un segundo antes de echar a correr.
Recorrí la base del muro, buscando cualquier punto por el que hubiera podido caer. Pero entonces escuché los pasos, cada vez más cercanos.
—La tengo —dijo alguien al otro lado.
Se me heló la sangre.
«La tienen».
Mi primer impulso fue entrar en el palacio, pero la gota de racionalidad que quedaba dentro de mí me dijo que no tenía opción. Si quería sacarla de allí, tenía que regresar a la taberna y armarme.
Me mordí el labio y miré una última vez el muro.
Se me retorció el estómago.
«Me cago en todo».
Exhalé y, finalmente, me fui a buscar un carruaje en el que colarme.