Capítulo 30
Melod y
Archer me empujó hacia un lado, ocultándonos en un pasillo vacío. Respiré a trompicones mientras observaba a los guardias dispersarse entre la multitud.
Estaba claro a quién buscaban.
—No podemos salir —solté entre jadeos.
La mandíbula de Archer se tensó y sus hombros se alzaron ligeramente mientras pensaba.
—Por la puerta principal, no —dijo al fin.
—¿Y qué hacemos?
Porque quedarnos allí metidos era la peor de las opciones, pero también la única que parecíamos tener.
Sus ojos recorrieron el pasillo, deteniéndose en las ventanas del fondo.
—Encontrar un balcón .
«Tiene que estar bromeando».
Miré por el rabillo del ojo los movimientos de los guardias, observando la sala como si fueran halcones. De pronto el balcón dejó de parecer una locura y pasó a ser una opción de lo más razonable.
—Está bien. Vamos.
Subimos unas escaleras estrechas, ocultas entre un par de columnas. La oscuridad se fue alzando a medida que subíamos los escalones, dejando atrás el resplandor de los grandes candelabros del salón de baile.
—¡Allí! —Se oyó a lo lejos.
Mi estómago dio un vuelco
—Archer.
—No te detengas.
La mano con la que me sujetaba el brazo se deslizó hasta mi muñeca, tirando de mí con más fuerza. Llegamos hasta un pasillo, apenas alumbrado por la luz de la luna que entraba a través de algunos ventanales. Giramos la esquina hacia otro pasillo y entonces nos encontramos con…
Dos guardias.
Ambos nos quedamos inmóviles. Archer fue el primero en reaccionar e inclinó ligeramente la cabeza.
—Buenas noches —dijo con total naturalidad.
Los guardias dudaron un segundo, pero fue suficiente para que tirara de Archer hacia atrás y echáramos a correr antes de que pudieran reaccionar.
—¡Deteneos! —gritaron.
El sonido de sus pasos resonó tras nosotros. Nos estaban persiguiendo. Maravilloso .
Doblamos una esquina casi tropezando. Otras escaleras aparecieron casi por arte de magia al final del pasillo. Subimos los escalones a trompicones.
—¡Se dirigen a las plantas superiores! —gritó alguien.
Giré el rostro.
—Melody. No mires atrás —me ordenó Archer.
Al subir el último escalón, nos situamos en un pasillo mucho más largo que los anteriores, con grandes ventanales y unas cortinas blancas que se movían por la corriente de la noche.
No tenía ni idea de en qué parte del palacio nos encontrábamos.
—A falta de un balcón, tenemos una ventana —dijo él.
«Hay que joderse».
Nos acercamos hasta ver las vistas desde una altura mucho mayor de lo que había imaginado.
—No podemos saltar —solté.
De hacerlo, moriríamos. No cabía duda.
—Podemos hacerlo —me contradijo. Luego señaló la cornisa—. El tejado tiene varios niveles.
Me daban igual los niveles. Estaba demasiado alto.
—Si saltamos de uno a otro, llegaremos ilesos abajo —añadió.
Quería negarme, pero en el fondo sabía que era nuestra mejor opción.
—Archer —susurré.
Sus labios se curvaron, como si intentara tranquilizarme con ese pequeño gesto. Pero no lo consiguió. Inspiró profundamente, mirando una última vez la distancia que nos separaba del suelo, y me tendió la mano .
—Confía en mí.
No había tiempo para discutirlo.
Tomé su mano y me subí a la cornisa junto a él. El aire fresco chocó contra mis mejillas, pero lo peor de todo fue el repentino vértigo que me atravesó.
—Joder.
Archer me sujetó con firmeza contra la pared mientras señalaba el tejado de una torre algo más baja.
—Saltaré primero —me informó—. Quiero que te sujetes a la cornisa y, cuando esté abajo, saltes. De ese modo te podré coger.
—¿Y qué pasa si no me coges?
Su expresión permaneció imperturbable, como si esa opción fuera de lo más estúpida.
Resoplé.
—Está bien.
Tal y como había avisado, dejó de sujetarme y saltó. Cuando miré hacia abajo ya estaba incorporándose.
—Vamos, Mel —me animé a mí misma.
Y entonces me aferré a la cornisa. Mis dedos sujetaron con tanta fuerza la piedra que sentí un dolor punzante en las yemas.
«No mires abajo».
Por supuesto, miré, y me arrepentí al instante.
Tomé una bocanada de aire. Y, de pronto, escuché el sonido de una puerta abrirse.
—¡Están aquí!
Mi corazón dio un vuelco.
—¡El balcón !
Cerré los ojos y me dejé caer, permitiendo escapar un grito sordo.
Un segundo después, los brazos de Archer rodearon mi cintura y ambos rodamos sobre las tejas hasta detenernos varios metros más abajo.
—¿Estás bien? —preguntó sin soltarme.
Asentí como pude, intentando recuperar el aliento. Alcé la vista y mi mirada se encontró con la de un guardia que se asomaba por la ventana.
—¡Ahí están! —bramó.
Y sin previo aviso, apareció una ballesta.
—¡Agacha la cabeza! —exclamó Archer.
La saeta pasó a un par de centímetros por encima de nosotros y terminó clavada entre unas tejas.
Ambos echamos a correr pendiente abajo. Notaba las tejas bajo mis pies un tanto resbaladizas, cosa que me hizo estar a punto de caer varias veces.
Finalmente, llegamos a la cornisa del siguiente tejado. A primera vista parecía tener menos distancia que el anterior respecto al siguiente tejado. Archer pasó primero y, sin detenerse, volvió a tenderme la mano. La tomé a toda prisa y crucé.
Fue entonces cuando vi a varios de los guardias en uno de los siguientes balcones. Mierda. Habían empezado a bajar por el interior del palacio.
—Nos quieren cerrar el paso.
Archer siguió el rumbo de mi mirada.
—Mierda.
—¿Cuántos balcones tiene este maldito sitio? —jadeé.
—Demasiados.
Su respuesta no me alivió nada.
Nos apresuramos y saltamos al tercer tejado. La última de las cubiertas descendía hasta un muro de un par o tres metros de altura; este separaba el palacio del bosque.
Archer miró la distancia y luego volvió a mí
—Este es el último salto—dijo, inspirando profundamente—. Una vez abajo tenemos que echar a correr por el bosque hasta regresar al centro. Quizá encontremos un carruaje.
—Vale —conseguí responder, con la respiración acelerada.
Descendíamos por el tejado cuando algo pasó a tocar mi mejilla. Retrocedí un paso, mirando la flecha que acababa de caer sobre las tejas.
—¡Lanzad! —exclamó alguien.
Archer maldijo por lo bajo.
—Vamos a repetir lo de antes —me informó mientras nos acercábamos al muro.
Y dicho lo cuál, avanzó un par de zancadas y saltó al otro lado.
Me disponía a seguirlo cuando lo sentí: el dolor abrasador atravesando mi hombro.
Solté un grito ahogado, pero ni siquiera tuve que alzar la mirada para saber que me habían dado. Perdí el equilibro y caí de costado, rodando cuesta abajo. La piedra raspó mis brazos y mi vestido se enganchó contra una teja. Lo siguiente que escuché fue el sonido de la tela al desgarrarse.
Observé flecha clavada en mi hombro. Atravesaba la tela de mi vestido y la piel, dejando un río de sangre que empezaba a descender por mi pecho .
Intenté aferrarme a algo, pero me costaba distinguir lo que había a mi alrededor; todo empezó a nublarse.
Los pasos sonaron más cercanos y la oscuridad me atrapó.