Capítulo 29
Melody
—¿Qué…?
—Una tragedia —añadió mientras se apartaba un par de metros—. Me sorprende que no lo supiera, siendo usted tan amiga de él.
Abrí la boca, dispuesta a responder, pero no logré que ningún sonido saliera de ella.
¿Collin estaba muerto? Si eso era cierto, no entendía el motivo por el que Delphine nos había aconsejado buscarlo.
Tal vez ella no lo supiera, al igual que ocurrió con la muerte de mi padre.
O quizá intentara alejarnos del Caso Cenit.
Fuera cual fuera la respuesta, me acababa de meter de lleno en un terreno de arenas movedizas.
Volví a centrarme en el príncipe. Tenía que responder alguna excusa que resultara creíble.
—Perdimos el contacto —dije finalmente, tratando de sonar segura de mis propias palabras—. Ese era el motivo de mi búsqueda.
—Sí… podría ser —murmuró, inclinando la cabeza—. O podría, señorita SinClair, estar mintiéndome.
Negué con la cabeza apresuradamente, ignorando el nudo en mi garganta.
—Yo no…
—Si resulta ser lo segundo —avanzó un paso hacia mí, y mi cuerpo reaccionó tensándose a más no poder—, las consecuencias no serían nada agradables.
—No soy una mentirosa —aseguré aceleradamente.
Doble mentira.
—Lo peor que puede hacer un mentiroso —contestó, con su voz cargada de una amenaza que no quería averiguar—, es seguir mintiendo.
—Usted sabrá mucho de eso, ¿cierto? —balbuceé, dándome cuenta demasiado tarde de lo que acababa de decir.
Su rostro se endureció de golpe, con los ojos centelleando de furia y su mandíbula tensándose más y más por segundos. Pese a que un mechón rubio le cubría el ojo izquierdo, pude apreciar como el derecho me atravesaba como una daga.
—¿Acaso está acusando al heredero de la corona?
—N-no. No me ha entendido bien —contesté, temblando ligeramente—. Disculpe, ha sido muy amable al informarme de la muerte de mi amigo, pero es hora de que me vaya.
Charlton soltó una risa seca que se abrió paso entre las paredes como una advertencia de lo que estaba por venir.
—No se irá a ninguna parte, Melody.
Y de repente, tenía sus manos pegadas a mis brazos, sujetándome con tanta fuerza que dolía lo suficiente como para dejarme moretones.
—¿Cómo sabe mi nombre? —la pregunta salió de mis labios en un jadeo.
Mi corazón latía con fuerza, recordándome que estaba atrapada y sola frente a él. Sentí una oleada de calor mientras imaginaba los posibles destinos que me aguardaban tras tan desastrosa situación.
El infierno
El calabozo
La guillotina
—¡Suélteme! —le pedí, notando cómo mis ojos comenzaban a llenarse de lágrimas ardientes.
Charlton me hizo caso omiso. Sus manos apretaron más fuerte mis brazos, obligándome a avanzar pegada a él hacia la salida de la sala de estar.
Lo siguiente que vi al doblar la esquina fue un puño impactando contra su rostro. Me tambaleé hacia atrás y levanté la mirada justo a tiempo para ver cómo Charlton caía al suelo.
—No te atrevas a tocarla de nuevo —masculló la única voz capaz de devolverme la calma—. Hijo de puta.
Archer permanecía con su puño aún en el aire y los ojos fijos en mí. Seguía con la respiración acelerada mientras el terror se disipaba poco a poco.
—Gracias —susurré.
Me cogió del brazo y me sacó de allí.
—¿Cómo has conseguido entrar? — pregunté, mirando de reojo a los hombres que custodiaban la puerta.
—El guardia de la derecha estornudó.
—¿Y?
—Y entonces su compañero se volvió hacia él para decirle «salud». Aproveché el emotivo momento para cruzar la puerta sin que se enteraran.
Tan sencillo como algo así.
Su mirada recorrió mi cuerpo de pies a cabeza, evaluando mi estado con una precisión que me hizo estremecer.
—¿Estás bien? —preguntó al fin—. ¿Te ha hecho daño?
—N-no… —respondí, cogiendo una bocanada de aire—. O, al menos, no ha tenido tiempo.
Asintió, con la mandíbula tensa. Entonces miró el reloj.
—El reloj ha marcado las doce. —Hizo una señal con la cabeza—. Es hora de abandonar el baile, princesa.
Nos abrimos paso sin demora entre las parejas que seguían danzando.
—Ahí están las escaleras —me indicó Archer. Bajé la vista hacia nuestras manos entrelazadas; no me había soltado ni un segundo.
Asentí, siguiéndolo mientras nos encaminábamos hacia la salida.
—Charlton me ha dicho que Collin está muerto.
Archer se detuvo.
—¿Muerto? —Frunció el ceño—. Vale. Vamos a largarnos ya de aquí.
Pero entonces un alboroto de chillidos inundó la sala.
Una chica me empujó hacia delante. Creí que caería al suelo, pero los brazos de Archer me sostuvieron justo a tiempo.
—¡Augh! —maldecí, mirándola de reojo.
Ella ni me vio; sus ojos estaban fijos en el palco real, donde volvía a estar reunida la familia real. Con Charlton entre ellos.
—Ciudadanos de Banglad —anunció la reina Berthilda, mostrando una sonrisa tan perfecta que por poco me cegó.
Mientras continuaba hablando, no pude evitar fijarme en los guardias que salían de la sala.
—¿Qué ocurre? —susurró alguien a mi espalda.
Me detuve.
—Archer.
—¿Sí?
Señalé la salida.
—Van a cerrar las puertas.
Tan pronto como pronuncié las palabras, se alzó la voz de la reina.
—Lamentamos este pequeño contratiempo —dijo—, pero nos hemos visto obligados a cerrar temporalmente el palacio.
El alma se me cayó a los pies.
Un murmullo, fruto del desconcierto, se alzó a nuestro alrededor.
—Entre nosotros se encuentra un intruso.
Oh, no.
Me giré lentamente, pálida como la luna, hacia Archer. Sus ojos estaban abiertos como platos, observando cada reacción mía.
—Corre —fue lo único que logré susurrar .
No replicó. No dijo nada. Simplemente me cogió del brazo, asegurándose de que siguiera con él antes de iniciar la carrera.
Y entonces estalló el caos.