Donde caen los reyes (Ofem 1) Capítulo 28 #3
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Capítulo 28 #3

—No se preocupe —dije, soltándome y volviendo a analizar la pista para encontrar al próximo candidato.

Estaba a punto de decidir a quién acercarme cuando, de pronto, alguien me hizo girar bruscamente sobre mí misma. La sorpresa me golpeó como una piedra lanzada al rostro.

—¡Eh!

—No se asuste. —La voz era ronca y segura de sí misma—. No será la única sorpresa que se lleve esta noche.

No era solo la voz. Era él. Y aunque había visto a una cantidad alarmante de hombres durante esa noche, dudaba que alguno pudiera sorprenderme tanto.

Porque era… Mierda.

El príncipe Charlton.

Sus ojos azules me recorrieron de pies a cabeza, y antes de que pudiera reaccionar, sus manos se posaron firmes sobre mi cintura, anulando cualquier posibilidad de escapar de sus brazos.

—Desde luego, no es una sorpresa agradable —susurré, con la respiración entrecortada mientras trataba de zafarme de su agarre.

No me gustaba ni su mirada ni la idea de estar bailando con él. Y ya no era por los rumores, sino porque cabía la posibilidad de que su familia hubiera estado implicada en el Caso Cenit. En la muerte de mi padre.

Cada uno de sus movimientos era preciso y firme, como una jaula disfrazada de baile. Y tras escuchar mi comentario, apretó aún más sus manos en torno a mi cuerpo.

—No debería hablar así al próximo rey —me advirtió con un tono demasiado frío para tratarse de un ser humano.

—Y usted no debería obligarme a bailar —repuse, con cierto desafío sobre mis palabras—. Ninguno de los dos parece respetar el protocolo social.

Su rostro era hielo puro, pero sus ojos, fuego. Pese a sentir la alarma en mi interior que me advertía del peligro, permanecí reteniéndole la mirada sin dejarme pisotear.

—¿No quiere cortejarme? —preguntó sin ocultar su sorpresa.

—¿Cortejarle? —solté una risa corta y algo nerviosa—. Lo siento, majestad, pero tengo cosas mejores que hacer .

Seguíamos bailando al ritmo de los demás, camuflados entre la multitud. Deseé ver a Archer, pero mi búsqueda fue en vano, pues no logré localizarlo.

—Es su alteza real —me corrigió.

—¿Qué? —volví la mirada hacia él, y en un segundo me hizo girar para quedar nuevamente frente a su cuerpo.

Mi pecho chocó contra el suyo y me robó la respiración.

—Usted debería ser más respetuosa.

—Y usted debería dejar de juzgarme sin conocerme —repuse con la voz afilada.

—Está bien —sentenció, haciéndome girar otra vez sobre la pista.

—¿Qué…?

—Tiene el tiempo que dura este baile para explicarme quién es.

Retrocedí un paso, respirando hondo.

—No voy a hacerlo.

Arqueó las cejas, probablemente desconcertado.

—¿Por qué?

—Porque… —Comencé a liberarme de sus brazos de manera torpe y muy poco elegante—. Como le he dicho, tengo cosas más importantes que hacer.

—¿Más importantes que tener una conversación agradable con su futuro rey?

Para comenzar, esa conversación no tenía ni una pizca de agradable, pero me mordí la lengua.

Fue entonces cuando una idea se iluminó en las profundidades de mi mente. No era buena idea; de hecho, era la peor que existía. Pero ya me había lanzado al vacío y no me quedaba mucho más que arriesgar.

La cima de la pirámide, ¿no?

—Estoy buscando a mi amigo. Tal vez usted lo haya visto. —Me armé de valor y lo dejé ir—. Se llama Collin Ederhart.

Por primera vez, vi una reacción humana en su rostro: sus cejas se fruncieron y su expresión dejó de ser como la piedra durante unos segundos.

—Sí, es alguien cercano a mi familia —contestó pausadamente—. ¿Y dice usted que es su amiga?

Asentí, levantando una ligera sonrisa sobre mis labios.

—Muy íntimo —añadí con falsa naturalidad.

—Bien, entonces —detuvo nuestro baile—. La conduciré hasta él.

¿Lo había escuchado bien? Me mantuve quieta entre los presentes un momento, asimilando su respuesta.

Entonces reaccioné y lo seguí mientras abría camino entre la gente por la pista, apartando a los invitados como si fuera alguien de la realeza. Aunque, en realidad, lo era.

Un rayo de esperanza me invadió cuando finalmente localicé a Archer. Bailaba con una joven de mirada coqueta, acercándose en demasía a él.

No entendía por qué mi pecho se había tensado ni por qué una sensación tan desagradable e hirviente ardía en mi interior. ¿Por qué deseaba acercarme a ellos para apartarla de sus brazos?

—¿Por qué se detiene? —La voz de Charlton me arrancó de la escena.

Giré la cabeza, apartando la mirada de Archer. Pero no fui lo suficientemente veloz, pues los ojos del príncipe fueron directos a ellos.

—Si está con otra dama, tal vez sea porque no la valora lo suficiente —opinó.

Me tensé.

—N-no es lo que cree —tartamudeé.

—Y usted no tiene tiempo para permitirse a alguien que no la valore.

—Se equivoca —le informé, segura de mis palabras.

—¿En cuál de las dos cosas? ¿En que sale con ella, o en que no la valora?

Su comentario me sentó peor de lo que esperaba.

—No tengo por qué darle explicaciones de nada —solté, demasiado molesta como para controlar la tensión que trepaba por mi pecho.

—Es verdad —reconoció, alzando los hombros con despreocupación—. No tiene por qué hacerlo, ni debería.

Seguidamente, me dio la espalda para continuar su camino.

Miré de reojo a Archer, quien ya se había percatado de mi presencia.

Solté un suspiro, aliviada, cuando nuestras miradas se encontraron.

Le señalé discretamente al príncipe. Archer asintió y, en cuestión de segundos, ya se había liberado de los brazos de la chica.

Sonreí para mis adentros.

Seguí a Charlton hasta salir de la pista de baile. Se acercó a uno de los guardias que custodiaban las puertas, bloqueando la salida. Solo hizo falta una mirada suya para que el hombre se apartara al instante.

Y así fue como me encontré dentro de la vivienda de la familia real. Nos encontrábamos en lo que parecía ser el recibidor, presidido por una imponente y majestuosa escalera.

Paseé la vista por la estancia. A mi izquierda se encontraba un trozo de la sala de estar, decorada por todos los rincones. Charlton se dirigió a su puerta y yo lo seguí como un perro a su amo.

Al entrar, lo primero que me impresionó fueron los retratos enormes de los reyes y sus hijos, colgados en las paredes. Charlton se dejó caer con brusquedad sobre un sofá.

—Dígame, ¿desde cuándo conoce a nuestro querido Collin? —preguntó, rompiendo el silencio con un tono algo inquisitivo.

La pregunta me tomó por sorpresa. ¿Me haría un interrogatorio antes de siquiera llevarme ante el señor Ederhart?

—No creo que eso sea de su incumbencia —respondí, frunciendo el ceño.

Charlton soltó una risa corta, poco audible, pero suficiente para que me llegara. Y no. No me gustó nada.

—Solo intento entender por qué la mano derecha de mi familia tiene una relación tan cercana con… una señorita de su clase.

—Usted no sabe cuál es mi clase —le contesté con un tono más mordaz que antes.

—Viendo el calzado que lleva escondido bajo ese vestido —señaló—, no es complicado adivinarlo.

Me removí, sintiendo que el aire se volvía afilado entre nosotros.

—Lléveme ya hasta mi amigo —intenté que mi voz sonara firme, pero terminó temblando más de lo que quería.

—Verá, señorita… —comenzó a pronunciar.

—SinClair.

Mierda.

Joder.

No debía haberlo dicho.

—Señorita SinClair —repitió, acentuando mi apellido—. Permítame que exprese mi extrañeza ante su supuesta amistad con el señor Ederhart.

—¿Y eso por qué?

Se acercó más a mí, hasta que su rostro quedó a un par de centímetros del mío. Respiré entrecortadamente, sorprendida por la proximidad. Su brazo se alargó hasta mi cabello, y con un gesto sorprendentemente delicado pasó los dedos por mi trenza.

Alzó la vista y la sonrisa que antes había dibujado en sus labios, desapareció.

—Porque es de suponer que alguien tan cercano a él sabría que ha fallecido.