Donde caen los reyes (Ofem 1) Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

Me hizo girar sobre mí misma, robándome una sonrisa. Terminamos con nuestros pechos pegados y mi nariz a punto de rozar la suya.

Archer deslizó una mano por mi cabello, acomodándome suavemente uno de los mechones que se escapaba de la trenza detrás de la oreja.

Se inclinó y no pude soportarlo más.

—No me gusta esto—balbuceé entrecortadamente.

Mi comentario pareció confundirlo.

—¿El qué? —preguntó en apenas un susurro.

Contuve el aliento. Cerré los ojos y, al volver a abrirlos, admití:

—Que no me dejes controlar la situación.

—¿De veras?

Su mirada brilló con diversión cuando asentí. Incluso pude atisbar una pequeña sonrisa por su parte.

—Pues me alegro —pronunció, acercándose tanto que casi pude sentir sus labios sobre los míos—. Así sabrás cómo es mi día a día.

Mi respiración se detuvo.

Estaba segura de que no había inhalado en segundos. No contesté. No podía. Solo volví a hundirme en nuestro baile, hasta que un murmullo acorraló mis pensamientos.

—Damas y caballeros —anunció una voz grave—. Les damos la bienvenida al baile real. Agradecemos su presencia y esperamos que disfruten de la velada.

Un sin fin de aplausos estallaron en la sala. Me separé de Archer, dejando un frío metro entre ambos.

—Y ahora, sin más dilación…—prosiguió la voz—. ¡Demos la bienvenida a la familia real!

Los gritos eclipsaron la música.

Desvié mi atención hacia el balcón principal. En cuestión de segundos, cuatro figuras aparecieron sobre él, contemplando desde la altura a todos los presentes.

La que supuse que era la reina Berthilda saludó con delicadeza. La princesa nos regaló una sonrisa forzada. Y el príncipe… no mostró emoción alguna. Parecía esculpido en piedra; su mirada, fría, recorría la sala desde arriba con cierta superioridad, dejando claro su rango tan distinto al nuestro.

—Buenas noches a todos —nos saludó la voz del rey Vance.

Ese fue el momento en el que algo dentro de mí colapsó. O tal vez todo.

De repente, sentí como todo lo que se encontraba a mi alrededor comenzaba a girar .

Vueltas y vueltas…

Al principio, no lo creí. Me sumergí en mi memoria, intentando convencerme de que era imposible. De que aquello no podía ser real.

Pero… lo era.

Jamás olvidaba un rostro, y ese era, sin lugar a dudas, el suyo. Alto, corpulento y con la misma barba canosa enmarcando su cara. Todos lo temían, y con razón, pues tenía poder suficiente para destruir a cualquiera, y yo lo había comprobado en nuestro primer encuentro.

«Descanse, señorita. Mientras pueda».

Esas habían sido sus últimas palabras para mí en el hospital. El muy cabrón era el puñetero rey.

Vance Eldermort.

Me acerqué un poco más a Archer.

—El rey —susurré con un hilo de voz.

Bajó el mentón para mirarme.

—Sí, es el rey —respondió con naturalidad.

Apreté los dientes.

—No. —Ladeé la cabeza—. El rey Vance me amenazó en el hospital, antes de que me sacaras de allí.

Sus ojos se abrieron como platos. Y en cuestión de medio segundo, su sorpresa se transformó en algo distinto.

—Él… —Le lanzó un vistazo de reojo—. ¿Cómo…? Dioses.

—Estoy igual de sorprendida que tú —susurré, tratando de ordenar mis pensamientos—. ¿Por qué crees que…?

Ni siquiera era capaz de terminar la frase. Archer colocó una mano en mi hombro, obligándome a mirarlo .

—Mel —susurró—. No sé por qué ese hijo de puta estaba en el hospital pero —apretó los labios en una corta pausa—, esta es la prueba que buscábamos. Sea lo que sea que quiera de ti, tiene algo que ver con tu padre.

—Supongo que hemos hecho bien en venir.

Mi comentario se parecía más a una súplica que a un hecho.

—Aunque tal vez nos hayamos metido directamente en la boca del lobo —masculló.

Volví a echarle un vistazo al rey. Al igual que la reina, llevaba una corona de diamantes que reflejaba su riqueza.

Su esposa lucía un vestido de cola verde esmeralda.

El largo cabello negro caía con suavidad sobre la tela, y su figura estirada y aparentemente segura de sí misma, imponía un claro respeto.

Mi mirada se desplazó hacia su hija menor, la princesa Odilia.

La primera impresión que tuve de ella fue que no aparentaba sus diecisiete años.

Llevaba un colgante de diamantes que brillaba más aún que su vestido azul celeste.

Había heredado el color de cabello de su madre, pero con las ondas de su padre.

Tenía una mirada seria y autoritaria, como la de sus progenitores.

—Estamos muy agradecidos de poder presentarnos ante ustedes de nuevo —continuó Berthilda—. No nos ha gustado pasar tanto tiempo limitándonos a una simple aparición anual.

—Eso no volverá a suceder —anunció el rey. Y, mierda, escucharlo hablar hizo que mi sangre hirviera—. A partir de hoy, estaremos con todo nuestro querido reino.

La reina forzó una sonrisa aún más amplia.

—Y todo se debe a una razón. —Se aclaró la garganta—. Como sabréis, nuestro querido hijo, el príncipe Charlton, es el sucesor al trono.

Mentira.

El verdadero sucesor era el príncipe Asharion.

Pero estaba claro que eso no lo iban a mencionar frente al reino.

Ni siquiera se tomaron la molestia de nombrarlo, ¿cómo hacerlo?

Todos se habían olvidado de él. Había pasado a la historia.

Un recuerdo lejano del que pocos que se molestaban en pensar de vez en cuando.

Parecía que ya no les importaba su pérdida.

—¿Ese es el príncipe? —preguntó Archer—. ¿Se supone que ese tío va a gobernar?

Reprimí una risa al volverme hacia él y encontrar una mueca instalada en su rostro.

—Por desgracia.

Había escuchado tantas historias sobre el príncipe Charlton que, a aquellas alturas, era capaz de creerlas todas.

La más graciosa llegó a mis oídos una mañana en el mercado.

Un panadero de un puesto cercano al del señor Chong aseguraba que había entrado en el palacio para entregar varios sacos de harina y que el príncipe había pasado junto a él sin dignarse siquiera a mirarlo.

Cuando el panadero hizo una reverencia, Charlton le dijo: «Más abajo», y así sucesivamente.

Según contaba, acabó tendido sobre el suelo.

—Ese motivo nos impulsó a organizar un baile abiertamente con nuestro reino —prosiguió el rey—. Me complace anunciaros que el príncipe Charlton ascenderá al trono antes de lo esperado.

—Tiene que ser una broma —solté entre murmullos y gritos.

—Desde luego que no lo parece —contestó Archer, mirando con sorpresa al sin fin de damas que murmuraban lo felices que se sentían ante la idea.

—Por todos los Dioses —mascullé, llevándome una mano a la frente.

Volví la vista hacia Charlton. Su expresión era imperturbable, como si nada de esto le afectara en absoluto. Solo estaba ejerciendo su papel, o el que le habían impuesto sus padres. Aún así, no pude evitar preguntarme si los rumores eran ciertos, si realmente era tan cruel como se especulaba.

—Mi hijo se presenta formalmente ante sus futuros súbditos —continuó la reina—. Y hoy será uno más de vosotros.

El príncipe se permitía mezclarse con el resto de mortales durante un par de horas.

Eso fue todo lo que necesité escuchar. Porque no estaba allí para alabar a unos reyes que se dedicaban a gobernar un sistema basado en la corrupción y que ahora dejaban el trono en manos de su hijo, igual de corrupto.

Había ido hasta allí únicamente para encontrar a Collin.

—Sé lo que estás pensando. —La voz de Archer me sacó de mis pensamientos—. Tendremos que preguntar discretamente a los presentes.

—¿No resultará extraño?

—Iremos a la pista de baile —continuó, con el plan ya claro en su mente—. Cambiaremos de pareja cada veinte segundos y, en cada parada, preguntaremos por Collin.

—Está bien —asentí, aprobando su estrategia.

Él no respondió, en su lugar, se inclinó hacia mí. Su aliento rozó mi piel, erizándomela al instante.

—Vas a bailar con otros hombres —dijo, y su mirada se clavó en mis ojos—. Acuérdate de quién llegó primero.

Y dicho esto, me guiñó un ojo y se mezcló entre la multitud. Me quedé quieta, totalmente inmóvil hasta salir del pequeño trance. Entonces me acerqué al primer hombre que pasó por mi campo de visión. Era alto y delgado y aparentaba tener alrededor de treinta años.

—Buenas noches, caballero —le saludé, intentando aportar un toque juguetón.

No mentiré; se me daba increíblemente mal cortejar.

—Buenas noches —respondió, dejando la copa que sostenía sobre una de las mesas. Sus ojos me recorrieron enteramente—. Es usted muy bella, si me permite decirlo.

Ignoré la mirada lasciva que me dedicó.

—Se lo agradezco. —Amplié la sonrisa perfecta que me había esforzado en esbozar.

El hombre se aclaró la garganta, deslizó una mano por su cabello rubio y luego me tendió la otra.

—¿Le gustaría bailar conmigo?

Resultó ser más sencillo de lo que había imaginado. Saboreé mi triunfo y contesté:

—Sería un honor.

Nos dirigimos a la pista y, mientras colocaba mis manos sobre las suyas, no pude evitar compararlas con las de Archer minutos antes; la sensación era completamente distinta.

La música comenzó a fluir entre nosotros, marcando el ritmo del baile.

—La verdad es que estoy un poco inquieta —comenté, acercándome más e intentando que mi voz sonara lo más despreocupada posible.

—¿Qué la inquieta, querida? —Su tono era suave y hasta preocupado, y no pude evitar que una sonrisa nerviosa se me escapara.

—Debía reunirme con un amigo. —Bajé la mirada, aclarándome la garganta—. El problema es que no logro encontrarlo.

Eso pareció captar su interés.

—¿Cuál es su nombre? —se interesó.

—Collin Ederhart.

Frunció el ceño.

—Lo siento, pero no me suena.

Mierda.

Con un movimiento ágil, giré y me liberé de sus brazos, cayendo en los de otro hombre. Lo sujeté con firmeza, obligándolo a seguir el baile junto a mí antes de que tuviera tiempo de apartarse.

—Oh —susurró.

Era más bajo y mucho más joven. Su cabello oscuro y rizado formaba un caos sobre su cabeza, y sus ojos azul cielo me miraban desconcertados.

—Vaya —balbuceé, dentro de mi papel—. Pensé que usted era mi amigo, Collin Ederhart. ¿Por casualidad no lo conoce?

—N-no, lo siento —tartamudeó en respuesta.