Capítulo 28
Melody
Volví a toquetear la trenza que acababa de hacerme y alisé mi vestido por quinta vez.
Era realmente precioso. Se ajustaba a la perfección a mi pecho; la parte superior estaba cubierta por un delicado encaje burdeos y la larga falda parecía moverse por sí sola, dado que la tela caía como olas del mar sobre el suelo.
Me había pintado los labios del mismo tono oscuro que el vestido para ir a conjunto.
Por suerte, las viejas botas que llevaba quedaban ocultas.
Eran totalmente inapropiadas para un evento así, pero me negaba a torturar a mis pobres pies.
Bajé las escaleras con cuidado, evitando que la tela se enganchara. Solté un suspiro de alivio al pisar la planta baja sin tropezar en ningún momento y me felicité mentalmente por ello.
Alcé la mirada con una pequeña sonrisa de satisfacción, y entonces lo vi .
Archer estaba impecable. Vestía un frac negro sobre una camisa que se ajustaba perfectamente a su cuerpo.
Los pantalones también eran negros, pero los guantes relucían en un blanco impecable.
Sus ondas oscuras estaban peinadas, despejando el rostro y dejando sus ojos verdes esmeralda completamente visibles.
Y esos ojos estaban fijos en mí, recorriendo cada detalle de mi vestido. Sus labios se curvaron cuando extendió su brazo hacia mí.
—Eres como una rosa, Mel.
No supe si me sorprendía más su comentario o el diminutivo que utilizó. El mismo con el que me solían llamar mi padre y mi hermana.
Acepté su gesto y él llevo mi mano a sus labios, haciendo que mi corazón golpeara con violencia contra el pecho.
Por algún motivo, sentí la necesidad de soltar algo por mi boca.
—Estás bien.
Él arqueo una ceja.
—Guapo —corregí, dándome un tortazo internamente—. Estás guapo.
—¿Eso que veo son nervios, princesa?
Deduje, por su risa ronca, que había visto cómo se encendían mis mejillas.
—Si estoy nerviosa, es por dar con Collin Ederhart.
La excusa salió demasiado débil de mis labios, pero él no me lo hizo pasar peor.
Así que salimos de la taberna. Aquella noche Thomas se había marchado por «asuntos urgentes»; supusimos que se trataba de alguna de sus habituales crisis culinarias .
Caminamos bajo la luz de los faroles y, durante ese pequeño trayecto, me pareció que todo cuanto nos rodeaba se reducía a nosotros dos, cruzando las calles con el murmullo lejano.
No tardamos en llegar a una de las plazas principales del reino, repleta de carruajes con caballos. Todo lo que alcanzaba la vista eran vehículos enormes, lujosos y ornamentados. Algunos contaban con grabados sobre la madera tan detallados que parecían obras de arte.
—¿Qué hacemos aquí? —pregunté, maravillada.
El lugar estaba lleno de parejas que pagaban a los cocheros para que los llevaran hasta Palacio. Por supuesto, con nuestra situación económica, era evidente que aquel lujo no era para nosotros.
—Melody SinClair —Archer alzó la voz, ofreciéndome su mano con una sutil reverencia—. Nuestra boda está al llegar.
Me atraganté con mi propia saliva.
—¿¡Qué!?
—Sígueme la corriente —respondió, guiñándome un ojo mientras se acercaba a uno de los cocheros.
Pestañeé varias veces y avancé un par de pasos hasta colocarme a su lado. Mientras tanto, Archer se dirigió al dueño del carruaje.
—Buenas noches, caballero.
El cochero, un hombre mayor de mirada aburrida, nos inspeccionó a ambos.
—Buenas noches —contestó, dejando de lado su anteriormente áspera expresión—. ¿Desean un transporte hasta el palacio?
—Así es —afirmó Archer con una calma admirable—. Me gustaría que la señorita pudiera disfrutar de un carruaje como el suyo.
Mi mirada se desvió hacia este último. La madera brillaba bajo la luz de las farolas, y un delicado grabado representaba un camino de flores que se extendía hasta la parte frontal, donde estaban los caballos. Era realmente precioso.
—Oh, por supuesto —respondió enseguida el hombre—. Estamos aquí para eso.
—Se lo agradezco. —Archer rebuscó algo en el interior de su bolsillo—. Uno no se compromete cada día con la dama más bella.
Los latidos de mi corazón se detuvieron.
—¿Ustedes se han comprometido? —preguntó el cochero, arqueando las cejas.
Fue ese el instante en el que vi aparecer una sutil pero clara sonrisa sobre los labios de Archer.
Y yo, por mi parte, sentí mi cuerpo temblar.
—Así es —asintió él—. Soy un hombre afortunado. Y bien, dígame, ¿Cuánto le debo, buen hombre?
—Oh, no —contestó rápidamente el anciano, negando con las manos—. Considérelo un regalo de compromiso.
«Oh. Por. Los. Dioses. Archer era un genio. Un maldito genio».
—Oh, no, no puedo aceptarlo.
—No acepto discusiones —zanjó el cochero con firmeza—. Por favor, suban.
Y, sin esperar un solo segundo más, abrió las puertas del carruaje, invitándonos a entrar.
Archer me miró de reojo y asentí, todavía impresionada.
Él rodeó mi cintura con su brazo para ayudarme a subir.
El simple contacto de sus manos sobre la tela de mi vestido me provocó un fuerte estremecimiento y recé internamente para que le hubiera pasado desapercibido.
El cochero se acomodó en su asiento frente a nosotros y el carruaje comenzó a moverse en menos de cinco segundos, dejando atrás la abarrotada calle. Cada pocos metros nos cruzábamos con otros, todos dirigiéndose hacia el mismo destino.
—Es una noche verdaderamente hermosa —comentó el anciano.
—Sí que lo es —coincidí, admirando las estrellas que brillaban sobre nosotros.
Cuando volví a curiosear el rostro de Archer, me percaté de que él también estaba mirando un punto en el cielo.
El murmullo creció a medida que nos acercábamos al palacio de los Eldermort, rompiendo el silencio de la noche.
Dejamos atrás el centro del reino y cruzamos el camino que atravesaba el bosque.
Al llegar a nuestro destino, el carruaje se detuvo justo en la entrada de la gran plaza de piedra que daba la bienvenida a la residencia de la familia real.
Era un espacio amplio, diseñado para que los carruajes esperaran sin molestar a nadie.
Miré al anciano.
—Muchísimas gracias —pronuncié—. Espero que tenga una buena noche.
—Disfrutad del baile —respondió amablemente. Entonces desvió su mirada hacia Archer y añadió—: Cuide de ella, es difícil encontrar damas tan bellas.
Archer sonrió ante su comentario.
—No lo dude.
El anciano asintió con un gesto de cabeza y se despidió de nosotros antes de volver a su asiento.
Y entonces nos encontramos rodeados por una multitud de bangladeses entusiasmados por asistir al baile. Sin mediar palabra, nos abrimos paso entre ellos hasta mezclarnos entre la muchedumbre.
—Hay más gente de la que imaginaba —comentó Archer, recorriendo el lugar con la mirada.
—Era de esperar, teniendo en cuenta que es «la gran vuelta de la realeza» —resoplé—. Qué estúpido.
Seguimos a la multitud y comenzamos a subir la gran escalinata que se alzaba ante nosotros.
Millones de vestidos de todos los colores y texturas inundaban mi campo de visión.
Las mujeres iban excesivamente maquilladas, luciendo sus galas más extravagantes y recargadas. No pude evitar sentirme fuera de lugar.
—Vas a impresionar al príncipe Charlton —comentó una de las mujeres mientras avanzaba junto a mí.
El príncipe Charlton estaría presente, junto a su hermana Odilia y los reyes: Berthilda y Vance. La familia Eldermort al completo. Excepto el príncipe desaparecido, claro.
—¿Crees que el príncipe se fijará en mí? —preguntó otra voz femenina cargada de esperanza.
Todas las jóvenes soñaban con atraer su atención.
La situación me resultó graciosa, considerando que nadie lo había visto en años y que los rumores que corrían sobre él no eran precisamente halagadores.
Pero, por supuesto, contraer un matrimonio tan ambicioso como un lazo con el príncipe podría poner en la cima a cualquiera de esas damas, por lo que sus intenciones no lograron resultar sorprendentes para mí.
Llegamos a la cima de la escalinata y entramos por un enorme portal hacia el interior del palacio. Su exterior estaba hecho de imponentes muros de piedra blanca, pero dentro, el ambiente era cálido y refinado; el contraste perfecto.
Admiré el techo de la sala, cubierto de cientos de pinturas. De él colgaban unos enormes candelabros que iluminaban cada rincón del lugar. Los músicos tocaban en directo, llenando el aire con melodías preciosas.
Varios palcos se alzaban alrededor del salón, pero uno destacaba sobre los demás: el de la Familia Real: los Eldermort. Aún estaba vacío; supuse que se presentarían cuando todos los invitados hubieran llegado.
—Bueno, princesa —dijo Archer, y mi atención volvió a él—. ¿Me concederías este baile?
Retrocedí un paso sin darme cuenta y miré a mi alrededor.
—No sé si deberíamos —contesté con la voz más empalagosa de lo normal.
Porque no habíamos venido hasta aquí para bailar, sino para buscar respuestas.
Y un baile era algo insignificante para muchos. Sin embargo, a mí me causaba un gran respeto. Quizá fuera el miedo a acercarme más a él, a permitir que aquello que empezaba a crecer en mi interior fuera a más.
—¿Mel?
—¿Mmm?
Cuando volví la vista hacia él, estaba… Joder. Estaba de rodillas.
Se había arrodillado, entre toda aquella gente.
—¿Qué haces? —musité, viendo por el rabillo del ojo las miradas curiosas del resto.
A él pareció serle indiferente.
—Preguntarte como es debido —contestó—. ¿ Quieres bailar?
No tenía alternativa.
—Vale —siseé finalmente, aceptando su mano.
Se incorporó al tiempo en que un leve suspiro se escapaba de sus labios. Por alguna razón, el hecho de que se hubiera tensado imaginando que lo iba a rechazar, me gustó. Solo un pelín.
Coloqué mis manos alrededor de su cuello y él rodeó mi cintura con las suyas. Y así, sin más, sentí cómo un millón de mariposas comenzaban a revolotear en mi interior. Quise gritarles que pararan, pero era inútil.
La música se enredaba en nuestros movimientos, siguiendo el ritmo de los violines y acompañando cada paso que dábamos.