Donde caen los reyes (Ofem 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

Melody

Me pasé el día entero intentando trazar un plan para encontrar a Collin, aunque no tenía demasiadas pistas, y eso no hacía más que elevar la dificultad de la misión a unos niveles casi estratosféricos.

Mordisqueaba mis uñas, pensativa, mientras observaba a Archer de reojo.

Estaba recostado sobre una de las mesas, jugueteando con un trozo de papel entre los dedos. Lo hacía girar con destreza, una y otra vez, sin apartar la vista de él.

—¿Sabes? —soltó de pronto.

Retrocedí un paso por pura inercia.

Esperaba que no se hubiera dado cuenta de que lo estaba observando del mismo modo en que lo haría una acosadora .

—Creo que pensaríamos mejor si tuviéramos algo de comida en el estómago —comentó.

Me acerqué a él. Apoyé los codos sobre la mesa; él alzó la mirada nuevamente hacía mí, mostrándome otra de sus sonrisas.

—¿Sugieres algo? —pregunté, obligándome a dejar de lado mis pensamientos indebidos.

Ni siquiera parpadeó antes de contestar con total naturalidad:

—Vayamos a cenar.

Fruncí el ceño.

—¿Estás seguro? Thomas…

—No te preocupes por Thomas, se alegrará de que tengamos una velada tranquila —me aseguró.

Entorné los ojos. Los suyos se clavaron en mí, suplicantes. Por mucho que hubiera intentado mantenerme firme, era totalmente incapaz de negarme.

—Está bien —cedí—. Más vale que se nos ocurra alguna idea después.

—Eso está hecho. —Se puso en pie con agilidad—. ¿Me acompañas?

Se colocó frente a mí y me tendió la mano. Bajé la vista hacia su palma y luego volví de nuevo a sus ojos. Accedí, rozando sus dedos con los míos antes de que se entrelazaran. Con la mano libre cogí el pomo de la puerta y la abrí.

—Pero antes —me detuvo. Se giró hacia el interior de la taberna y cogió un paquete que yacía apartado junto a la pared. Volvió y me lo dio—. Abre esto.

—¿Qué? ¿Es tuyo?

Pude notar que contenía una carcajada .

—Espero que no.

Entrecerré los ojos. ¿Qué le hacía tanta gracia?

—¿Qué? —inquirí, aún detenida bajo el umbral de la puerta.

—Ábrelo —propuso, y juraría haber notado un leve temblor en su voz.

Le hice caso y empecé a abrir la caja, aunque la escasa luz de la farola dificultaba distinguir su contenido. Dentro vislumbré una prenda de ropa doblada que parecía…

—¿Un vestido? —pregunté, desviando mi atención hacia él.

La sonrisa que se formó en sus labios resultó ser tan perfecta que podría haber iluminado todo el lugar.

—Sé que te gusta el azul, pero necesitarás algo más elegante para integrarte en el baile.

Permanecía perpleja, tratando de encontrar el motivo por el qué haría algo así.

—¿Cómo lo has podido pagar? —quise saber.

—No lo he comprado —se limitó a contestar, como si esa fuera una respuesta suficiente.

—¿Lo has robado? —Mi tono se alzó un poco más de la cuenta.

—¿Qué? —Negó con la cabeza—. No. Estaba algo… anticuado, así que le hice algunos arreglos. Pensé que te gustarían.

Su mirada permanecía fija en mi reacción, expectante.

Pero no podía aceptarlo. Debió preceder mi respuesta antes de que la expresara, porque se apresuró en añadir:

—No digas que no lo puedes aceptar. Puedes, y lo vas a hacer. No permitas que el haber aguantado las burlas de Thomas mientras cosía haya sido en vano .

Apreté los labios, indecisa. Sentía la tela en contacto con la yema de mis dedos, recordándome que lo había cosido él.

Era impresionante.

—No entiendo por qué te has molestado.

A saber cuántas horas le habría dedicado. Seguramente lo había cosido durante la noche, pues se pasaba la mayor parte del día a mi lado.

Tomé aire antes de sacar el vestido de la caja para observarlo mejor y, al hacerlo, algo cayó al suelo.

Dirigí mi mirada hacia los adoquines y… la vi.

Una rosa.

Se encontraba flotando sobre un pequeño charco. Las gotas de lluvia caían suavemente, ondulando el agua a su alrededor.

Me incliné para recoger la flor y vi que no tenía ni una sola espina. Fue entonces cuando un dolor extrañamente familiar se apoderó de mi corazón.

—Melody SinClair…

Los dedos de Archer rozaron mi mano, sosteniendo también la rosa.

—¿Querrías asistir al baile real conmigo?

Atónita, dirigí mi mirada a la flor y después a él. Mi respiración se volvió irregular, mucho más acelerada que antes. Quise responder, pero no conseguí que ninguna palabra saliera de mis labios.

Me estaba pidiendo que fuéramos juntos al baile. No como dos personas que intentan resolver un acertijo, sino como quienes asisten para disfrutar de la compañía de otra persona.

Archer frunció ligeramente el ceño .

—S… —susurré—. S… ¿sí?

Sus labios se curvaron en una sonrisa que me debilitó por completo. Ladeó la cabeza, pasándose una mano entre los mechones ondulados de cabello, y luego me rodeó la cintura con suavidad.

Mi corazón se detuvo, o al menos así lo sentí.

Entonces acercó su rostro al mío. Tanto que pude contar sus pecas: diecinueve. Tanto que pude distinguir cómo el centro de su iris tenía un tono ligeramente más oscuro de verde que la parte exterior. Tanto que sentí su respiración sobre mi mejilla.

Entonces se apartó de mí, y fue ahí cuando pude soltar el aire que había estado conteniendo con desesperación.

—Aún así —añadió, avanzando un par de pasos—, nuestra cena sigue en pie.

Asentí antes de volver a entrar a la taberna para dejar el precioso vestido a buen recaudo. Luego regresé con él y empezamos a encaminarnos hacia… Ni siquiera sabía hacia dónde demonios estábamos yendo. Pero tampoco tenía importancia.

Las calles estaban sumidas en la penumbra. Era la misma imagen que solía ver cada vez que me escapaba de casa por las noches: el reino entero dormido.

Era agradable.

Hay quienes temen a la noche, pero para mí era el único momento en el que podía caminar con total libertad. Siempre acababa refugiándome en ella. Aunque, desde la muerte de mi padre, había dejado de parecerme un lugar seguro.

—Al final vas a resultar todo un caballero —comenté, mirándolo de reojo .

—No soy ningún caballero —repuso—. Pero podría llegar a serlo por ti.

Su tono burlón me hizo poner los ojos en blanco. Seguí caminando a su lado en silencio, hablando internamente conmigo misma

Él parecía relajado, tranquilo, y yo, para qué negarlo, estaba incontrolablemente nerviosa. La sola presencia de Archer resultaba intimidante.

—Si sigues mirándome así, no llegaremos a la cena —comentó sin mirarme siquiera.

Sus palabras me pillaron por sorpresa y la vergüenza se apoderó de mí al instante. Lo único que pude hacer para conservar un mínimo de dignidad fue negar.

—No te miraba.

Intenté sonar firme pero la mentira salió temblorosa de mis labios, delatándome de manera cruel.

—¿Ah, no? —murmuró, acompañado de una sonrisa divertida.

A mí no me hacía tanta gracia como a él.

—No —repetí—. Solo me había fijado en…

Mis ojos se desviaron hacia su espalda.

—¡Tu arco!

«Genial, Mel. Tus ocurrencias son merecedoras de un premio».

Arqueó las cejas.

—¿Mi arco?

—Sí —Asentí. Era, sin lugar a dudas, la persona más patética del mundo—. ¿Por qué lo llevas siempre contigo? No lo has dejado en la taberna ni una sola vez. Casi parece una parte de ti.

Me felicité internamente por la facilidad con la que había dejado ir tal pregunta.

Archer inspiró profundamente.

—Bueno, en cierto modo lo es. Llevo once años con él. Nunca sabes cuándo vas a necesitarlo.

Lo cierto era que su arco había resultado bastante útil cuando huimos de los hombres armados en mi casa. Aún así…

—Es un poco extraño ir con un arco a todas partes.

—Cosas más extrañas se han visto —respondió, alzando sutilmente los hombros—. No creo que me sintiera yo mismo sin él.

Mi atención se deslizó hasta el arco. La madera oscura estaba tan bien conservada que costaba creer que hubiera pasado tantos años entre sus manos.

—Me gusta —confesé—. Es un arco bonito. Además de enorme e intimidante.

Me miró con cierta complicidad.

—Sí, es algo grande —coincidió—. Pero acabas acostumbrándote.

Al bajar la vista, me percaté de la bolsa de tela que llevaba en su mano izquierda. ¿Desde cuándo llevaba una bolsa? ¿Tan absorta había estado en mis pensamientos como para no darme cuenta de algo tan palpable?

—¿Desde cuándo llevas esa bolsa? —pregunté, acercando la mano a la tela—. ¿Qué hay dentro?

Desgraciadamente, la apartó con rapidez.

—¡Eh!

—Primero de todo —dictó, alejando aún más la bolsa de mí—, la he llevado todo el rato desde que salimos de la taberna. —Hizo una breve pausa—. Y segundo: vas a tener que esperar para ver lo que hay dentro.

Fruncí los labios .

—No me gusta esperar.

—Eso lo hace más divertido.

Me crucé de brazos.

—No es justo. Tú llevas una bolsa misteriosa y sabes perfectamente a dónde vamos. Más vale que la espera valga la pena .

—Lo hará —aseguró sin dudar.

Apreté los labios, aceptando mi derrota.

Seguimos caminando por las solitarias calles durante un buen rato. Apenas había luz, pues la mayoría de los farolillos estaban apagados. Finalmente, Archer se detuvo frente a lo que parecía un edificio abandonado.

Alcé la vista, encontrándome con, probablemente, uno de los edificios más altos del reino. Sus alargadas paredes de piedra se alzaban hacia el cielo, formando una especie de torre que dominaba el tejado.

—Hemos llegado a nuestro destino.

Alterné mi mirada entre la torre y él.

—Espero que no me hagas subir ahí arriba —contesté.

Porque necesitaría, al menos, tres vidas para llegar arriba. Sin embargo, la sonrisa que se dibujó en sus labios me dio la respuesta.

«No me fastidies».

—No —me negué—. No, no, no, no. De ninguna forma.

Su brazo me atrapó justo cuando empezaba a retroceder.

—No tienes de qué preocuparte. Lo he hecho millones de veces.

—Eso no me tranquiliza —repliqué.

Arqueó una ceja, mucho más divertido que yo.

—¿Ni un poco?

Negué con la cabeza .

—Supongo que entonces tendrás que confiar en mí.

Como si no llevara confiando en él desde el momento en que entró por esa maldita taberna.

—Eres odioso —refunfuñé por lo bajini mientras me arrastraba hacia la maldita torre.

Se llevó una mano al pecho, fingiendo ofensa.

—Si no recuerdo mal, hace apenas una hora eras todo un caballero.

Una mueca de exasperación cruzó mi rostro.

Seguidamente —y para mi desgracia— empezamos a subir los estrechos escalones, uno a uno. Parecía que, independientemente de la distancia que habíamos subido, la escalera no terminaba.

—Voy a morir antes de llegar a la cima —murmuré para mí misma.

Solo se escuchaba el sonido de nuestros pasos y mi respiración cada vez menos digna.

—¿De verdad has subido esto millones de veces?

Archer me miró por encima del hombro, pero no contestó. En su lugar, llegó al último escalón y me tendió la mano.

Fue entonces cuando comprendí por qué me había traído hasta allí.

—Oh… —susurré.

Admiré el impresionante cielo que se extendía sobre nosotros. Las estrellas se dispersaban sobre un lienzo negro como salpicaduras de pintura .

Pensé, inevitablemente, en Ambolia. Porque no había visto nada tan sublime desde entonces.

Respiré hondo, sintiendo cómo el viento fresco de la noche se enredaba en mi cabello. Desde aquel punto se podía ver absolutamente todo el Reino. Sin embargo, él no me había llevado allí para contemplar los edificios de Banglad.

No.

Me había conducido hasta allí para ver las estrellas.

—Es el punto más alto de Banglad —comentó.

—Es precioso.

—Sí, lo es.

Pero sus ojos no estaban puestos en el cielo, sino sobre mí.

—Gr-gracias —balbuceé cuando nos sentamos en el borde—. Por traerme aquí.

El espacio era tan reducido que apenas podía caminar. Archer me atrajo hacia él para que pudiera apoyarme. En cualquier otra situación me habría apartado, pero a tanta altura no me parecía la mejor idea del mundo.

—La espera ha merecido la pena —dijo tras unos segundos—. ¿Cierto?

Ladeé la cabeza, pensativa.

—Aún no me has enseñado lo que hay en la bolsa.

No iba a negarlo: había estado imaginándolo durante todo el camino.

Él soltó la bolsa con una mano y la abrió de un tirón. El olor, dulce y familiar, me alcanzó sin previo aviso. No necesité mirar dentro para saber perfectamente qué había allí.

—No puede ser… —mu rmuré.

La emoción me golpeó de lleno.

Me lancé hacia él y lo rodeé con los brazos. Debió pillarlo por sorpresa, porque su respiración se detuvo antes de que reaccionara, sujetándome con firmeza para evitar que perdiéramos el equilibrio.

—No me puedo creer que hayas conseguido bollos —dije, tomando uno y mordiéndolo con avidez.

Mis papilas gustativas celebraron una fiesta tras recibir el intenso sabor del cacao.

—Tengo mis métodos.

Lo miré por el rabillo del ojo.

—No voy a preguntar.

Di otro mordisco generoso, saboreándolo con toda devoción. Cuánto había echado de menos ese sabor.

—Si hubiera sabido que tendrías esa reacción, los habría traído hace tiempo.

Sonreí para mis adentros.

—Son mi punto débil.

Pasamos un buen rato degustando, y prácticamente arrasando, la bolsa de dulces. En algún momento de la noche apoyé la cabeza sobre su hombro. La sensación me resultó cálida y reconfortante.

Me sentía bien.

Demasiado bien para alguien que acababa de perder a su padre. Y demasiado bien sabiendo que mi hermana seguía encerrada en aquel hospital.

No debería haberme permitido sentir aquello. Pero no tuve fuerzas para apartarme .

Su mano descendía por mi piel y deseé que continuara su camino, que dibujara sobre mí.

Al llegar a mi cintura, se detuvo. Me volví hacia él y, cuando nuestras miradas se encontraron, sentí mi pecho contraerse.

Abrí la boca, dispuesta a pronunciar algo, lo que fuera, pero me arrepentí de inmediato. Volví a darle la espalda.

Seguimos observando las estrellas como si no hubiera ocurrido nada. Ninguno hizo ademán de levantarse, de modo que permanecimos allí durante horas.

—¿Tienes una estrella favorita? —pregunté en algún punto de la noche.

Su respiración se oprimió ligeramente.

—Sé que suena estúpido —añadí, negando con la cabeza.

—No es estúpido.

Abrí un poco más los ojos al escuchar su voz, que se había vuelto más baja.

—Y respondiendo a tu pregunta —añadió entonces, dando una última caricia sobre mi brazo—. Sí, tengo una estrella favorita.

Me mordí el labio inferior.

Esa noche no volví a Ambolia, pero la sentí de nuevo parte de mí.