Donde caen los reyes (Ofem 1) Capítulo 23
35%

Capítulo 23

Melod y

Mis ojos permanecían fijos en la mesa. No tenía la menor idea de aquel juego, pero, a juzgar por la expresión despreocupada del hombre, diría que llevaba una clara ventaja.

—¿Está usted seguro de que quiere continuar? —preguntó, alzando la vista hacia Archer.

Se hallaba sentado frente a él, con varias cartas en la mano, sin apartar los ojos de ellas. Esperaba con todo mi corazón que fueran mínimamente favorables para nosotros.

—Soy un hombre de palabra —respondió Archer con sequedad.

—Está bien.

El hombre se encogió de hombros y dio otra calada a su puro.

La situación era absurda. Estaba convencida de que íbamos a perder. Empecé a imaginar el destino de Archer, sirviendo a ese hombre.

Por los Dioses de Ofem .

—¿Sabe usted, señor? —Archer rompió el silencio que se había formado.

Enfrente de él, el hombre le dirigió su mirada expectante.

—Lo único ventajoso de no poseer fortuna —comentó mientras dejaba la carta sobre la mesa, encima del montón acumulado—, es que uno aprende a obtener lo que desea por otros medios.

Los ojos del hombre salieron de su órbita.

—No puede ser —masculló, golpeando la mesa.

Los demás estaban igual de sorprendidos que yo.

¿Habíamos ganado?

—Y ahora —continuó Archer, apartando las cartas—, ha llegado el momento de que usted cumpla su parte del trato.

El hombre carraspeó.

—Largaos —les indicó a los demás.

En cuestión de segundos, todos los hombres se habían levantado de la mesa y se habían dispersado por la sala.

El hombre deslizó una mano por su barba, mirándonos alternativamente.

—Collin no se encuentra aquí esta noche.

Analicé su expresión; no parecía estar mintiendo. Sin embargo, ya eran muchas las mentiras que me había creído, y no estaba dispuesta a pasar por más.

—Miente —susurré.

—No debería acusarme con tanta ligereza, señorita —replicó.

—Entonces díganos dónde está.

—Oh, esa es una información que no puedo revelar —respondió, apoyando sus codos sobre la mesa.

—Lo hará —intervino Archer—. Gané la partida. Y un trato es un trato.

El hombre inclinó ligeramente la cabeza.

—Es un joven astuto, señor…

—Mikaelson.

—Mikaelson —repitió, esbozando una sonrisa lobuna—.

Hay quien me vigila. Podría tener graves consecuencias por revelarle esta información, así que se lo diré de una forma distinta a la que esperaba.

—Apartó el puro de su boca y lo dejó reposar apagado sobre la mesa—.

Lo que está buscando se encuentra en la cima de la pirámide.

—Estará usted bromeando —solté.

Porque… venga ya. ¿En la cima de la pirámide? ¿Pero qué demonios se pensaba?

—Estoy seguro de que no será una dificultad para ustedes descifrarlo, vista vuestra astucia.

Archer asintió, incorporándose.

—Ha sido un agradable juego —finalizó.

¿Y ya estaba? ¿Nos íbamos a ir solo con eso?

Colocó su mano en mi espalda para conducirme hasta la salida. Abrí la boca para replicar, pero su mirada suplicante me hizo morderme la lengua.

—Y señor Mikaelson… —Ambos nos giramos de nuevo hacia el hombre—. Me alegra saber que sus negocios en las afueras del reino marchan como esperaba.

Mis labios se cerraron. Archer, por su parte, continuó la marcha sin mirar atrás.

—¿Qué demonios acaba de ocurrir? —escupí nada más salir, percibiendo el aire de la noche como un abrazo frío.

Archer no me contestó hasta que nos alejamos varios metros del edificio, adentrándonos en las calles oscuras del centro.

—No creo que nos haya mentido —dijo entonces—. Pero está claro que no podía decirnos dónde estaba Collin sin ponerse en peligro. Así que nos ha dado una pista.

Resoplé.

—Pues es la peor pista de la historia. «La cima de la pirámide» podría significar cualquier cosa. —Dejé caer los brazos—. Y tú has arriesgado demasiado por una pista que ni siquiera sabemos interpretar. ¿Cómo demonios se te ha ocurrido proponer tus servicios como parte del trato?

—En realidad, ha sido lo único que se me ha ocurrido.

Lo dijo con naturalidad, dejando claro que a la única a la que le había preocupado que acabara limpiando el suelo de un sótano era yo.

—Maravilloso —susurré.

Archer colocó su mano en mi cintura, pero no hizo nada más. Al ver que no me apartaba, me giró hasta quedar el uno frente al otro.

—Estás molesta.

Claro que lo estaba. ¿Qué hubiera pasado de haber perdido? ¡Me habría quedado sola! ¿Cómo demonios habría continuado la investigación?

Inspiré profundamente.

—Lo estoy —admití—. Aunque también siento envidia.

Eso le hizo arquear las cejas.

—¿Envidia?

Archer era, sin lugar a dudas, la persona más imprudente que conocía. No dudaba en lanzarse al vacío, incluso cuando tenía las de perder .

—Parece que no tengas miedo de nada. Es muy desconcertante, pero también envidiable.

Su mano seguía en mi cintura, pero ya no pensaba en ella, sino en su mirada; tan intensa que podría haber atravesado mi piel.

—Tengo miedo de muchísimas cosas —admitió al fin—. Pero intento que ninguna de ellas decida por mí.

Y durante un instante, casi le creí.