Donde caen los reyes (Ofem 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

Melody

La reunión a la que nos dirigíamos congregaría a varios hombres implicados en el Caso Cenit. Y, con suerte, también a Collin Ederhart.

Así que, mientras cruzábamos las calles nocturnas de Banglad, traté de ignorar un pequeño problema: no teníamos ni la más remota idea de quién era ese hombre ni de qué se suponía que debíamos decirle una vez se encontrara frente a nosotros.

—¿Crees que estará allí? —mi pregunta rompió el silencio que se había instalado entre nosotros—. Collin, digo.

La luz de las farolas bañaba el perfil de Archer, acentuando la firme línea de su mandíbula. Bajo aquella iluminación, su cabello parecía más oscuro de lo habitual.

Se había vestido con mayor formalidad de lo acostumbrado para no llamar la atención. Yo había hecho lo mismo .

Había sido él quien se encargó de arreglar el vestido que me regaló. Aún me sorprendía la soltura con la que manejaba la aguja y el hilo; yo no habría sido capaz ni en un millón de años. No tenía por qué hacerlo… y, sin embargo, se tomó la molestia. Un gran detalle por su parte.

Cuando se lo agradecí, restó importancia al asunto. Según él, necesitaba un buen vestido si pretendía pasar desapercibida durante la reunión.

—Si Collin está implicado en el Caso Cenit —respondió al fin—, estará allí.

Mi mirada descendió casi sin darme cuenta hasta su camisa. Estaba ligeramente arrugada. Antes de pararme a pensarlo, acerqué la mano y alisé la tela con cuidado.

Archer se detuvo en seco.

Su mirada se clavó en mí, sorprendida. Y mi respiración se quedó detenida en algún punto de mi garganta.

¿Qué demonios estaba haciendo?

Arrepentida, retiré la mano y ladeé el rostro.

—Tenías varias arrugas —murmuré, esperando que aquello bastara como explicación.

El calor me subió a las mejillas y bajé la mirada hacia el suelo, aunque no pude evitar mirarlo de reojo.

Su nuez subió y bajó antes de susurrar:

—Gracias.

Inspiré profundamente y no dije nada más. Seguimos caminando, dejando atrás el momento.

Estuve a punto de mencionar que Thomas me había hablado de sus padres. Sin embargo, si Archer no me había confiado esa parte de su historia, prefería esperar a que fuera él quien decidiera hacerlo.

Aunque sí que había pensado en ello. Mucho, en realidad.

—Es allí —indicó de pronto, sacándome de mis pensamientos.

Su dedo señalaba un edificio al otro lado de la calle.

Era de piedra blanca, imponente. Varias figuras esculpidas rodeaban las dos grandes puertas de la entrada. Las ventanas eran altas y elegantes, y estaban cubiertas por cortinas burdeos que impedían ver el interior.

—Allá vamos —murmuré antes de avanzar con decisión.

En la entrada nos aguardaban dos guardias reales. Uno era notablemente más alto que el otro, pero ambos compartían la misma expresión fría.

—¿Desea alguna cosa, señorita? —preguntó el más alto, recorriéndome de arriba abajo con la mirada sin el menor recato.

Me sentí expuesta, como si la tela de mi vestido no fuera suficiente para protegerme de su maldita mirada. Durante un segundo, mi mente se quedó en blanco.

—Me gustaría entrar —respondí al fin, obligándome a mantener la compostura, aunque mi voz no sonó tan firme como habría querido.

El guardia dudó.

—¿Tiene usted invitación?

Mierda. Por supuesto que necesitaba una invitación.

—Claro que la tiene —intervino Archer a mi espalda—. La mía, de hecho.

Antes de que pudiera reaccionar, se colocó a mi lado y pasó el brazo alrededor de mis hombros, atrayéndome hacia él con naturalidad.

Mi cuerpo se tensó al instante.

—Señor Mikaelson —exclamó el guardia, colocando una radiante sonrisa en su rostro—. Disculpe. Por supuesto, pasen.

La puerta se abrió ante nosotros.

¿Pero qué demonios acaba de pasar?

—¿Cómo…? —empecé a preguntar en un susurro.

Archer no respondió. En su lugar, sujetó mi muñeca con firmeza y me condujo al interior de la gran estancia.

Y entonces, un gran salón se desplegó frente a nosotros. Observé detenidamente los sofás de terciopelo, rodeados de hombres trajeados que fumaban con aire despreocupado mientras sus esposas tomaban el té, sonriendo con una educación que probablemente fuera fingida.

La cueva de la alta hipocresía.

Las mujeres vestían prendas muy similares a las que solía llevar Sloane. Demasiado parecidas a las que, en algunas ocasiones, me habían obligado a ponerme a mí.

La ropa de Archer era bastante discreta, aunque marcaba una diferencia sutil con el resto. No pertenecía a ese mundo y, aun así, lograba pasar desapercibido con su sorprendente seguridad.

—El señor Mikaelson es un buen hombre —murmuró Archer mientras avanzábamos—. Solía ayudarle con su establo hace un par de años.

Desvié mi atención hacia él y pude ver cómo sus labios se curvaban levemente.

—El primer martes de cada mes asistía a esta reunión y me confiaba las llaves de su casa.

—¿Y por qué no está aquí?

—Decidió mudarse a las afueras para emprender un comercio —explicó—.

Por lo que he oído, le va bastante bien.

Antes de marcharse me dijo que se había visto obligado a hacerlo lejos del centro de Banglad.

Sabía lo que le hicieron al negocio de mi familia, de modo que prefirió no anunciar su partida.

Nunca le retiraron la entrada a las reuniones.

Me miró de reojo.

—Cambian al personal de seguridad cada año. No fue difícil hacerme pasar por él.

—Entonces ¿conocía el Caso Cenit? —susurré, asegurándome de que nadie pudiera oírnos.

—No solo eso. Estaba totalmente en contra de las artimañas que se traen entre manos los líderes. Por eso confió en mí. Estas reuniones no le aportaban ningún beneficio, pero sabía que a otros sí.

—Vaya —suspiré.

Observé los rostros de los presentes. Me preguntaba cuál de todos aquellos hombres adinerados sería Collin Ederhart.

—¿Cómo encontramos al señor Ederhart?

—Tendremos que preguntar —murmuró Archer en respuesta.

Lo miré con incredulidad.

—¿No les parecerá extraño?

—Demasiado, de hecho —admitió, elevando levemente los hombros—. ¿Se te ocurre una idea mejor?

Recorrí de nuevo la sala con los ojos, analizando uno a uno a los asistentes. Fue entonces cuando reparé en que algunos de los hombres llevaban la misma insignia sobre la tela que cubría sus pechos. Era dorada y discreta, y tenía una flecha grabada en el centro .

Al principio no entendí por qué me resultaba extrañamente familiar, pero entonces lo recordé.

No, no podía ser… ¿o sí?

Mi respiración se tornó irregular cuando la imagen del abrigo de mi padre cruzó mi mente. Estaba segura de que, años atrás, había visto esa misma insignia cosida en el forro. Algo a lo que en su momento no le di ninguna importancia.

—Algunos de ellos llevan la misma insignia.

—Sí —contestó sin apartar la vista del salón—. Curiosamente, son los hombres más influyentes de la sala. Se rumorea que tienen contacto directo con el rey.

¿Contacto directo con el rey? ¿Mi padre? No. Si eso hubiera sido cierto, yo lo habría sabido. Él me lo habría dicho.

O no.

Porque ya nada tenía sentido. Cada uno de mis recuerdos se rompía más y más por momentos, convirtiéndolo todo en una farsa. Mi vida entera empezaba a ser una maldita farsa, como si estuviera atrapada en un remolino, incapaz de distinguir qué era real y qué no.

—¿Te ocurre algo? —preguntó tras un silencio que se había prolongado más de la cuenta.

Negué despacio con la cabeza, aún sabiendo que la mentira era palpable.

—Entonces son los más indicados para estar relacionados con… —empecé a pronunciar.

—Exacto.

Inspiré profundamente, a sabiendas de que nos iba a costar llegar hasta Collin sin levantar sospechas .

—Ellos —me indicó Archer con la mirada.

Un grupo de hombres, todos con la insignia dorada, se encontraban alrededor de una mesa, concentrados en lo que parecía ser una partida de póker.

—¿Lista para echar una partida?

Giré el rostro.

«Por supuesto que no».

—Ni de coña —susurré.

—Ya, yo tampoco.

Su mano se cerró alrededor de mi codo, guiándome hacia la mesa sin darme espacio a protesta. El repentino contacto me sobresaltó, pero me obligué a serenarme antes de llegar. Solo me estaba sujetando del brazo, no había razón para que aquella sensación me recorriera el cuerpo.

—¿Sabes jugar? —pregunté, observando la mesa repleta de cartas y fichas.

Él se cruzó de brazos.

—No puede ser tan difícil.

Estábamos muertos.

—Buenas noches, señores. —La voz de Archer sonó firme, incluso autoritaria.

Un hombre de tez morena y ojos claros alzó la vista. Su porte rígido y el fajo de billetes que asomaba del bolsillo indicaban que dirigía la mesa.

—¿Busca algo, muchacho? —preguntó con un toque de desdén.

El tono bastó para confirmar que aquello había sido una pésima idea.

—Lo cierto es que sí —contestó Archer sin inmutarse—. Me preguntaba si habría lugar para un jugador más.

Don mirada despectiva entrecerró los ojos, frunciendo al mismo tiempo los labios.

—Desde luego no para usted.

La risa ronca del hombre me erizó la piel. Noté como Archer se tensaba a mi lado, pero el muy cabezota no quiso captar la indirecta.

—¿Y a qué se debe tal negativa? —insistió.

—Tal vez deberíamos marcharnos —murmuré.

—Haga caso a la señorita —intervino el hombre, clavando ahora sus ojos en mí—. Este lugar no es para ustedes.

—Puede que no disponga de vuestra fortuna —replicó Archer con calma—, pero confío en que podamos alcanzar otro tipo de acuerdo.

¿Otro tipo de acuerdo?

El hombre lo fulminó con la mirada. Luego, lentamente, pude atisbar como una sonrisa ladeada aparecía en su rostro.

Los demás jugadores observaban expectantes, en total silencio. Yo también contuve la respiración.

—¿Ah, sí? —musitó el hombre.

Sus ojos se posaron sobre mí, recorriéndome sin disimulo.

—La dama es notablemente agraciada

Tomó el puro y se lo llevó a los labios.

Me entraron ganas de vomitar con la maldita insinuación.

—Ella no es parte del trato. —La voz de Archer cambió por completo. Se volvió fría y afilada. Cortante.

El hombre alzó las manos con falsa inocencia.

—Es una lástima—se lamentó—. Entonces, ¿qué clase de acuerdo sugiere ?

—Mis servicios.

Giré instantáneamente el rostro hacia Archer, con el corazón golpeándome el pecho como un tambor. ¿Sus servicios? ¿Había perdido el juicio?

Era evidente que íbamos a perder. Y, para colmo, él estaba dispuesto a convertirse en poco menos que un esclavo. La sola idea hizo que un escalofrío me recorriera los brazos.

—¿Qué? —El susurro ahogado se escapó de mis labios antes de que pudiera detenerlo.

Archer se volvió hacia mí y pude ver una súplica silenciosa en sus ojos. Me estaba pidiendo confianza. ¿Era capaz de dársela? Intenté hacerlo, aunque me pareciera una locura y la peor idea de la historia de las ideas.

—Está bien —aceptó el hombre tras una pausa—. Si gano yo, usted me servirá durante un periodo de cinco años. No crea que soy un hombre abusador.

Cinco años no eran para siempre, pero, sin duda alguna, eran una eternidad.

—Y si gano yo —añadió Archer, sin titubear—, me dirá dónde puedo encontrar al señor Collin Ederhart.

El hombre arqueó una ceja.

—¿Solo eso?

—Ambos sabemos que no me lo habría dicho por las buenas.

Una carcajada grave brotó de su pecho.

—Es usted un chico listo —apuntó, divertido—. Muy bien. Le deseo suerte, chaval. La va a necesitar.