Donde caen los reyes (Ofem 1) Capítulo 21
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Capítulo 21

Archer

Joder.

La migraña era incluso peor que el dolor de mi herida en el costado.

Me incorporé despacio, soportando el maldito mareo, y me alejé de la cama. Salí de la habitación sin molestarme siquiera en ponerme una camisa. Era demasiado temprano para que hubiera alguien despierto. Ya tendría tiempo de vestirme como una persona decente.

Lo único que necesitaba en aquel momento era agua. O ron. En realidad, cualquiera de las dos cosas me servía.

Todavía tenía la vista borrosa cuando choqué contra alguien en el pasillo. El impacto la hizo tropezar y, por puro reflejo, la sujeté antes de que cayera. Ella se aferró a mis hombros mientras yo apoyaba una mano en la pared para no perder el equilibrio .

Y… Mierda. Melody estaba tan cerca que podía sentir su respiración contra mi rostro. Sus uñas se habían clavado en mi espalda desnuda y un mechón de su cabello me rozaba la mejilla.

Ignoré el hecho de que mi corazón hubiera decidido olvidar cómo latir con normalidad.

—Oh… —pronunció, aunque fue un jadeo provocado por el susto.

Quizá sí que debería haberme puesto una camisa.

Mis ojos descendieron un instante hasta sus labios. Mierda. Me obligué a levantar la vista de inmediato.

«Se va a pensar que eres un maldito pervertido».

—¿Estás...?

No llegué a terminar la pregunta. Melody ya se había apartado y bajaba las escaleras a toda prisa.

—Sí, sí. Estoy bien —creí escucharla responder.

Permanecí inmóvil unos segundos, tratando de recomponerme. Entonces bajé la vista.

No.

Cerré los ojos y, al abrirlos, volví a mirar.

Pues sí.

Resulta que el hecho de que Melody estuviera tan cerca de mí había tenido un efecto bastante evidente. Uno que esperaba, por el bien de ambos, que no hubiera llegado a notar.

Entonces me pregunté si la habría asustado en algún momento. Era plenamente consciente de que ser la persona que le confirmó que su padre estaba muerto no me colocaba precisamente en el mejor puesto, pero esperaba convertirme en alguien en quien pudiera confiar tras la tragedia.

Me dirigí a la habitación de Thomas sin pensar.

—Thomas —lo llamé, aporreando la puerta.

La abrió al cabo de unos largos segundos, con una mueca perezosa en el rostro y la marca de la almohada en su mejilla derecha.

—Todavía no ha amanecido —gruñó, frotándose los ojos—. Ya tiene que ser importante lo que vayas a decir.

Entré en la habitación sin pedir permiso, cerré la puerta tras de mí y miré fijamente a mi amigo.

—¿Es una competición de miradas y no me he enterado? —preguntó al cabo de unos segundos.

Resoplé mientras deslizaba una mano entre los mechones de mi cabello, tratando de airearme.

—¿Se me nota? —pregunté entonces.

Por su expresión, deduje que no había pillado la pregunta.

—¿El qué?

—Joder, Thomas —me señalé a mí mismo—. Si se me nota.

Abrió los ojos, comprendiendo al fin la situación. Inclinó un poco la cabeza, como si así pudiera observarme mejor.

—Ah…

Me crucé de brazos, esperando su respuesta.

—A ver, objetivamente hablando…

—¿Sí?

—Eres poco sutil.

Fue como si me tirara un jarro de agua fría.

—¿A qué te refieres con poco sutil? —quise saber.

Dejó caer su trasero entre las sábanas arrugadas de la cama.

Crucé la habitación para situarme junto a él.

Mi dormitorio y el suyo eran polos opuestos.

Mientras que yo trataba de mantener un orden, Thomas vivía en medio del caos.

Menos mal que Melody no había entrado dentro de esta pocilga, de haberlo hecho jamás habría accedido a quedarse con nosotros.

No sé si lo hubieran espantado más los pantalones doblados de mala manera sobre el suelo o la telaraña que colgaba de la esquina del armario.

—Pues que se nota que no has estado con mujeres antes —dijo de pronto, captando de nuevo mi atención.

Fruncí el ceño porque… tenía razón; hacía once años que no vivía con una mujer bajo el mismo techo. Pensaba que lo estaba haciendo bien, pero ya no estaba tan seguro.

—Ajá… —pronuncié, invitándolo a continuar.

—Y que tampoco sabes cómo tratarlas —añadió.

Me crucé de brazos.

—¿Y tú sí?

—Aquí donde me ves he estado con decenas de mujeres.

Era poco creíble, pero no se lo repliqué.

—¿Y qué se supone que tengo que hacer?

Acababa de perder a su padre y lo último que quería era que no se sintiera cómoda.

—Podrías empezar por dejar de poner tus botas sobre los taburetes —contestó de una manera un tanto brusca—. Eso da bastante asco. Y también deberías dejar de gesticular con el cuchillo en la mano mientras comes. Cada vez que lo haces parece que nos vayas a rebanar la cara.

—¿Algo más?

—Sé más atento cuando esté en sus días.

Parpadeé y Thomas dejó escapar una carcajada.

—Por los Dioses. Ni siquiera sabes…

—¡Claro que lo sé, idiota!

Siguió riendo sin recobrar el aliento. Yo, por mi parte, me dediqué a fulminarlo con la mirada.

—De acuerdo —zanjé, levantándome de la cama—. He tenido suficiente. Gracias por tus sabios aunque poco útiles consejos.

Él, sin embargo, siguió descojonándose tras de mí.

Pero antes de salir de su habitación, me detuvo.

—¡Archer!

Apoyé la mano en el polvoriento umbral de su puerta y me volví hacia él. Cuando nuestras miradas se encontraron, supe que no debería haberme detenido.

—Ponte una camisa antes de volver a cruzártela.