Donde caen los reyes (Ofem 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

Melody

—¿Un carruaje? —repitió Thomas, atónito.

Archer se sentó en lo alto de una mesa para afilar sus flechas. El sonido del roce del metal contra la piedra de afilar se alzó en el aire.

—Se abalanzó sobre nosotros en mitad del mercado —explicó sin apartar la vista de la punta metálica.

Thomas alternó la mirada entre Archer y yo.

—¿Y el cochero?

Negué con la cabeza.

—Desapareció.

—¿A qué demonios te refieres? —preguntó mientras apilaba los platos que acababa de fregar.

—Cuando nos acercamos, el carruaje estaba volcado y no había nadie sujetando las riendas —respondí—. Ni rastro del cochero.

Thomas frunció el ceño y se secó las manos con un trapo.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Exacto —dijo Archer. Dejó la piedra de afilar sobre la mesa y deslizó el dedo por la punta de la flecha, sin llegar a cortarse—. Por eso sabemos que no fue un accidente.

Thomas se acarició la barba.

—Cada vez que salís de la taberna regresáis con una nueva desgracia. ¿De verdad os vale la pena correr el riesgo?

Archer no contestó, pero su mirada bastó para darle una respuesta.

Al caer la noche, cada uno se retiró a su dormitorio.

No dejaba de dar vueltas sobre las sábanas.

Últimamente, las pesadillas me perseguían sin parar.

A veces era la imagen de mi padre, apareciendo frente a mí para advertirme de algo que no llegaba a pronunciar de manera clara.

Otras era la escena de su muerte reproduciéndose una y otra vez en mi mente.

Frustrada, me levanté de la cama y bajé en mitad de la penumbra los escalones. Quizá algo de agua me ayudara a conciliar el sueño.

Sin embargo, al llegar abajo, la luz que irradiaban varias velas me iluminó. Thomas parpadeó.

—Melody —pronunció—. ¿Qué haces aquí?

Miré los papeles que había tendido sobre la barra, los cuales retiró de un tirón .

—No consigo dormir y he pensado que un poco de agua me ayudaría. ¿Y tú? Pensaba que te habías retirado a la cama.

—Sí —contestó, dejando escapar un leve suspiro—. Pero me he levantado para leer algunas cartas. Nada importante.

Asentí en silencio mientras me servía un vaso de agua.

—Es una hora un tanto extraña para leer cartas —comenté, sentándome sobre uno de los taburetes.

—Tienes razón, pero si no lo hago ahora, terminaré olvidándome de que existen.

—Supongo que Archer y tú recibís muchas cartas.

Thomas dio un sorbo de su cerveza antes de responder.

—Yo sí, pero lo más cercano a una carta que ha recibido Archer ha sido mi lista de la compra.

Dejó escapar una risa que a mí me confundió todavía más.

—¿No tiene amigos?

—¿Además de mí? —Frunció los labios—. No. Hasta un ratón es más sociable que él.

Ese dato me sorprendió, aunque también me resultó curiosamente cercano.

Durante mi infancia tuve varios amigos en la aldea, sin embargo, no volví a hablar con ninguno de ellos desde que nos mudamos al centro del reino. Y tampoco intenté crear nuevas amistades; simplemente me refugié en los libros.

Hay quienes creen que la soledad es una decisión consciente. Pero, en mi caso, no lo fue, simplemente ocurrió. Un día dejé de encajar y acabé acostumbrándome a ser mi mejor compañía.

—¿Por qué? —pregunté, sintiendo un brote de curiosidad crecer en mi interior.

La respuesta de Thomas fue simple.

—No le gusta la gente.

Y, sin embargo, pasaba la mayoría de horas junto a mí. Aunque, por supuesto, teníamos un objetivo en común. No tenía nada que ver con amistad ni con confianza; era más bien necesidad.

—Pero su familia le debe de enviar cartas —añadí tras unos segundos, reparando en ese detalle.

La expresión de Thomas se endureció. Me miró a los ojos durante un largo instante hasta que, finalmente, contestó:

—Archer no tiene familia.

La sangre dejó de correr por mis venas. Incliné la cabeza, desorientada.

—¿Qué?

Inspiró profundamente y alargó un brazo para servirse otra jarra de cerveza.

—Pensaba que, a estas alturas, te lo habría dicho —murmuró, más para él mismo que para mí.

—¿A qué te refieres? Me dijo que él y su familia cayeron en bancarrota.

Alzó de nuevo la mirada, y esta vez me dio toda la información que quería.

—Sí, y justo después se convirtió en un huérfano.

Noté un vuelco en mi estómago.

—¿Murieron?

Thomas no dijo nada, aunque la respuesta era más que evidente.

De pronto entendí muchas cosas. Como, por ejemplo, la determinación de Archer por descubrir quiénes estaban detrás del Caso Cenit. Su empeño en seguir adelante incluso cuando podía costarle la vida.

—Quizá eso resuelva tu duda en cuanto a su carencia de amistades —agregó, encogiéndose de hombros—. Si no dejas que nadie se acerque, nadie puede marcharse. Aunque me inclino más a pensar que el problema reside en su personalidad de lobo solitario.

Me mantuve en silencio los siguientes segundos, asimilando la información.

—Si no ha hablado de ello es porque no suele mencionarlo —dijo entonces—. No le gusta remover recuerdos dolorosos.

—Lo entiendo.

Yo también detestaba los recuerdos de mi padre que asaltaban mi mente sin permiso.

—Melody.

Volví a prestarle atención.

—¿Sí?

—Si tienes la más mínima duda sobre si deberías involucrarte en el Caso Cenit junto a Archer —me sostuvo la mirada—, vete.

—¿Qué?

Dejó la jarra sobre la barra con un ligero golpe.

—Vete mientras tengas elección.

No comprendía sus palabras.

—¿Por qué me dices eso?

—Porque sabemos lo que vuestra investigación le ha costado a la gente que se ha cruzado con ella —contestó, y yo me estremecí—. Archer está dispuesto a pagar ese precio. Pero, ¿y tú? ¿Lo has pensado bien?

Sus palabras cayeron sobre mí como un millón de piedras .

Tenía razón. Accedí demasiado rápido a embarcarme en la búsqueda de respuestas aunque, por impactante que parezca, no me arrepentía de mi decisión.

No solo se trataba de averiguar quién mató a mi padre, sino qué era lo que él quería que yo supiera, aquello por lo que estuvo luchando.

—No me he permitido pensarlo, Thomas —respondí finalmente—. Y es por ese mismo motivo por lo que voy a seguir hasta terminar con esto.

Me retuvo la mirada unos largos segundos, como si esperara que en ese tiempo fuera a corregir mis palabras y cambiar de opinión.

Al ver que no lo hacía, suspiró.

—Como mínimo, me quedaré tranquilo al haberte dado una advertencia.

Acto seguido dejó la jarra sobre la barra y me tendió una de las velas.

—Ten. Para que regreses al dormitorio sin tropezar por el camino.

Acepté la vela con una leve sonrisa y regresé a mi habitación.

Aprovechando la iluminación, abrí el libro que Archer me había prestado y me perdí entre reinos lejanos hasta que el cansancio se apoderó de mí.