Donde caen los reyes (Ofem 1) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

El resto de presentes nos observaban con una mezcla de miedo y sorpresa, más impactados que yo misma.

—Debéis marcharos—dijo un hombre, y deduje que se trataba del dueño del local. Señaló la salida—. No tolero peleas en mi establecimiento.

—Disculpa —dije en voz baja.

—Tus disculpas no me sirven de nada, muchacha —contestó, visiblemente cabreado—. Yo soy el que va a limpiar esta sangre.

Le indiqué a Archer con la mirada que debíamos marcharnos cuanto antes. Empezaba a caminar hacia la puerta cuando un susurro me hizo detenerme en seco.

—Ey —pronunció alguien.

Dirigí mi atención hacia el anciano que estaba sentado en una mesa cercana.

—Que no hayáis hecho esto en vano —musitó—. Segunda puerta, pasados los lavabos.

El latido de mi corazón se atascó; abrí los ojos de par en par. Los labios del anciano se curvaron levemente.

—Id. Rápido —dijo antes de volver a girarse.

Archer hizo un ademán de avanzar, pero lo detuve colocando mi mano sobre su pecho.

—Espera —murmuré, ladeando la cabeza—. Acompáñame al servicio.

Frunció el ceño.

—¿Estás segura de que este es el mejor momen…?

—Confía en mí —lo corté.

No hizo más preguntas. Simplemente me siguió en dirección a los servicios mientras mil miradas nos seguían por el camino.

Segunda puerta, pasados los lavabos.

—Te has pasado de largo —apuntó Archer.

Abrí la puerta lo más rápido posible, evitando que nadie nos viera, y empujé a Archer dentro.

—¿Qué cojon…? —empezó a preguntar, pero enmudeció al ver la escalera frente a nosotros—. Joder.

—Sí. Joder.

Sin añadir nada más, comenzamos a descender.

La escalera era lo suficientemente estrecha como para que tuviéramos que bajar el uno detrás del otro.

La penumbra que nos envolvía creció a medida que avanzábamos, cubriendo nuestra visión de una manta negra hasta llegar al último escalón.

Allí el pasillo contaba con una cálida luz proveniente de varias velas encendidas dentro de una gran sala situada bajo la taberna.

Archer y yo nos quedamos tras de una pared, ocultándonos de quienes estaban allí reunidos. Aunque no pude evitar alargar un poco el cuello para observar el escenario yo misma.

En el centro de la sala había una gran mesa con varios hombres sentados a su alrededor. Entre ellos distinguí al individuo que habíamos estado buscando. Los demás iban muy bien vestidos y lo observaban con evidente desprecio.

Archer movió ligeramente la mano, indicándome que había llegado la hora de escuchar y, con suerte, pasar desapercibidos. Y teniendo en cuenta que ese era el mismo hombre que le había apuntado, más nos valía no descubrir qué más era capaz de hacer.

—Un desliz más como este y será su cabeza la que rodará —rugió uno de ellos.

Debía rondar los cincuenta años. El cabello peinado hacia atrás y una barba de pocos días le enmarcaban el rostro.

Pero lo que más me llamó la atención fue la cicatriz que le atravesaba la mitad de la cara, desde la ceja derecha hasta la comisura del labio.

Me estremecí solo de pensar en el dolor que debió causarle.

—No volverá a suceder—aseguró cabizbajo nuestro «amigo». Su voz temblaba y sus movimientos me resultaron bastante torpes.

No cabía duda de que estos hombres, fuesen quienes fuesen, ejercían una gran influencia sobre él. Tan solo se tenía que ver el desdén con el que se dirigían a él y las miradas despectivas que rondaban por sus ojos.

—No eres el único que se la juega —añadió otro, desde el lado opuesto de la mesa. Su rizada barba rojiza estaba salpicada de ceniza del puro que sostenía entre los labios—. Y yo no pienso cargar con tus errores. Me da igual lo que tengas que hacer al respecto… No sé si me he explicado bien.

—S-Sí —balbuceó—. Estamos buscándolos, no viven en la casa de los SinClair, solo fueron allí en busca de…

—Ya sabemos lo que buscan. El caso es que la hija de Donald no meta su maldito hocico donde no la llaman.

—Viniendo de su padre, no cabría esperar otra cosa.

—De tal palo, tal astilla. —La risa de otro de ellos hizo que me encendiera.

Archer apoyó una mano sobre mi hombro antes de cometiera una imprudencia. Su mirada penetró en mí, obligándome a permanecer quieta. Mierda, tenía razón. No podía hacer nada que nos delatara.

Mis dientes rechinaron mientras seguía escuchando la conversación.

—Y no os olvidéis del mapa —intervino un anciano que hasta entonces había permanecido en silencio—. Necesitamos saber los puntos a los que se dirigió.

—Registramos toda la casa —lo interrumpió el hombre de nuestro encuentro—. Ni rastro de él.

—Ese cabrón era astuto. Lo debió guardar en algún lugar donde nadie lo encontrara.

—O tal vez se lo diera a su adorada hija —apuntó el pelirrojo.

El hombre de la cicatriz alzó la mirada hacia el otro, que aún temblaba.

—Más te vale encontrarla. Eso si quiere seguir viendo a su familia.

—P-Por supuesto, señor. No se preocupe.

—Tiene cinco días. Ni uno más. De lo contrario nos descuartizará como a animales, y me encargaré de que usted sea el primero. Y no querría que pasara eso, ¿cierto?

—N-no, para n-nada —balbuceó como un corderito.

—Bien —sentenció, acercando un vaso a la comisura de sus labios—. Puede retirarse.

Archer me atrajo hacia la pared, cubriéndome la boca con la mano. Contuve la respiración cuando el hombre pasó a nuestro lado sin percatarse de nuestra presencia.