Donde caen los reyes (Ofem 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

Melody

Nos íbamos a infiltrar en una reunión que se celebraría dentro de un par de días. Dos días hasta encontrar a Collin Ederhart, o para que todo saliera terriblemente mal.

Y no podía dejar de preguntarme qué ocurriría si acabara con el mismo destino que mi padre. ¿Qué pensaría Sloane al despertarse?

Eso suponiendo que lo hiciera.

«Va a despertar. Tiene que hacerlo».

No pensaba contactar con Edward; de hecho, ni se me había pasado por la cabeza. Una parte de mí me decía que habría cancelado la boda sin siquiera saber si Sloane despertaría. Y otra parte de mí sabía que a mi hermana le dolería más eso que la muerte de nuestro padre.

Archer estaba dispuesto a infiltrarse de nuevo en el hospital con tal de cumplir su parte del trato. Pero tampoco podíamos precipitarnos. A aquellas alturas, un paso en falso podría costarnos la vida.

La visita a Delphine me había dejado una sensación muy agridulce. Y fueron consecuencia de ello las largas horas que llevaba desvelada, mirando un punto fijo en el techo sobre mi cama.

Unos golpes en la puerta me sobresaltaron. Me incorporé y la abrí en menos de un parpadeo.

—Buenos días —pronunció Archer, con la marca de la almohada todavía marcada en la mejilla—. El pesado de Thomas quiere que probemos su «innovador» desayuno.

—¡Eh! —exclamó una voz desde el piso de abajo—. ¡Te puedo oír!

Archer dejó caer la cabeza contra la puerta.

—Joder. ¡La intimidad escasea en esta taberna!

—Tendrás intimidad el día que te largues —replicó Thomas.

Sus hombros se elevaron.

—Fue un placer conocerte, intimidad.

Reprimí una risa.

Sonrió suavemente y bajamos las escaleras uno detrás del otro hasta llegar a la planta baja.

—Buenos días —me saludó Thomas, apoyando los codos sobre la barra.

Percibí un olor que me recordó al mismo que desprende la madera húmeda después de la lluvia.

—¿Qué es eso?

Thomas se giró un momento y regresó con una hogaza oscura entre las manos. La dejó sobre la barra, colocando las manos sobre su cintura.

—Hogaza —dijo, pasándose una mano por el mentón—. De centeno y aromatizada con hongos.

Parpadeé.

—¿Hongos?

—Setas muy bien molidas—añadió—. Le dan sabor.

Me incliné un poco, aspirando el aroma. Era extraño, sí, pero no desagradable.

—Huele a madera—murmuré.

—Seguro que también sabe a madera—añadió Archer.

Thomas chasqueó la lengua.

—No habléis sin probarlo.

Tomó un cuchillo y cortó una rebanada gruesa, dejando ver una miga más oscura de lo habitual.

—Adelante —insistió, tendiéndomela—. He pasado toda la noche con esto.

Dudé un segundo.

—Resulta —intervino Archer—. Que Melody y yo tenemos que irnos ahora mismo, así que esa apetitosa hogaza tendrá que esperar.

—¿Os vais? —preguntó Thomas, igual de confuso que yo.

Miré de reojo a Archer, que me lanzó una mirada suplicante. Tardé un par de segundos en reaccionar.

—S-sí —mentí, levantándome del taburete—. Lo siento.

Me agarró del brazo y me guio en tiempo récord hacia la puerta.

—Volveremos algún día—se despidió antes de cerrarla tras nosotros.

Nada más salir, me crucé de brazos sobre mi pecho y lo acusé con la mirada.

—¿Y ahora adónde vamos?

Porque no recordaba haber acordado salir esa mañana.

—¿No es evidente? —Una sonrisa ladeada se asomó por sus labios—. A desayunar.

—Dioses, pobre Thomas.

—No te preocupes. Me lo agradecerás el día que pruebes sus intentos de panes exóticos.

—Has mentido —puntualicé, reparando en lo que acababa de ocurrir—. Dijiste que no lo harías si no era totalmente necesario.

—Y lo era —aclaró, frunciendo ligeramente los labios—. La última vez acabé una semana en la cama.

Eso bastó para que la idea de buscar otro lugar dejara de parecerme una traición y se transformara en una bendición.

Acepté sin más, y juntos avanzamos hasta la avenida principal, repleta de comerciantes. El aroma embriagador del pan recién hecho flotaba en el aire, muy distinto al que me acababa de ofrecer Thomas.

Nos detuvimos ante un pequeño puesto donde se encontraba una mujer sirviendo comida. Archer compró un generoso trozo de pan dulce, rebosante de frutas, y un café. Yo opté por unas pastas y un poco de té.

La zona estaba abarrotada, de modo que nos apartamos un poco hasta que encontramos un rincón junto a unos barriles vacíos donde apoyarnos.

—Eres de dulce —comenté, observando su elección.

Él se limpió con el pulgar la crema que le había quedado en el labio, un pequeño gesto que logró acaparar toda mi atención .

—Conviene disfrutar de los pequeños placeres que nos brinda la vida. Y, a mi juicio, uno de ellos es el dulce.

No podía negárselo, pues mis pastas, aunque agradables, no resultaban tan tentadoras como su elección. Así que, cuando desvió la mirada hacia el bullicio, aproveché y le robé un bocado.

—Mmm. —Se me escapó un leve gemido de placer tras probarlo—. Está buenísimo.

—Ten —me ofreció, acercándome el resto—. No negarás que te gusta más que lo tuyo.

Me lo pensé.

—Está bien, no lo puedo negar —admití—. Pero no voy a quedarme con tu desayuno. Sería descortés.

Se encogió de hombros.

—Tú te lo pierdes.

Y dio otro bocado generoso.

—No obstante… —añadí, inclinándome de nuevo hacia él—, otro poco no supondrá ofensa alguna.

Archer no pudo evitar reír mientras degustaba su desayuno.

—Este sabor me trae recuerdos de mi infancia —murmuré, mirando de reojo las personas que paseaban frente a nosotros—. Mi padre y mi tía solían preparar unos bollos muy parecidos, aunque los suyos llevaban una cantidad indecente de cacao.

Y, cuando nos marchamos de la aldea, aprendí a preparar la receta yo misma.

Al pensar en el último recuerdo que tenía junto a Sloane, no pude evitar notar un pinchazo en el pecho.

—¿Tu tía? —pronunció Archer.

—Desde que me mudé al centro del reino vivía junto a mi padre y mi hermana. Pero en Ambolia pasábamos los días junto a mi tía Beatrix.

—Ambolia —repitió—. Una aldea a las afueras del reino, ¿cierto?

—Sí. Los días más felices de mi niñez transcurrieron allí —añadí, llevándome la taza de té a los labios—. Mi tía, mi hermana, mi padre…

Se me escapó una lágrima traicionera al pronunciar a este último. Archer rozó su mano con la mía.

—No tienes por qué contenerte.

Negué con la cabeza, con una mueca demasiado triste como para considerarse sonrisa.

—Lo echo de menos —logré pronunciar.

Porque evitar pensar en su muerte cuando buscaba quien lo había asesinado días tras día era demasiado complicado.

—Es natural. El afecto no desaparece, ni siquiera con la ausencia.

Solté una risa entrecortada.

—Ahora mismo creo que lo único que sabría hacer es llorar.

—A veces llorar es la única salida.

Iba a responder cuando algo, o mejor dicho alguien, captó mi atención al otro lado de la calle. Los latidos de mi corazón se detuvieron.

—Es… —Lo señalé—. Es el tipo que te apuntó con la pistola en mi casa.

Archer siguió el rumbo de mi mirada, encontrándose con el hombre que caminaba a unos metros de nosotros, esquivando a la multitud del mercado del mismo modo que haría alguien con prisa.

—Joder —murmuró, avanzando un paso—. Sí, es él.

Me tomó de la mano sin advertirme y tiró de mí, arrastrándome entre la gente.

—Se ha movido —gruñó, recorriendo la calle con la mirada.

—¡Allí! —exclamé, señalando al tío que se adentraba en una taberna cercana.

Sin decir palabra, nos dirigimos a la puerta.

Era de madera y tenía un cartel que anunciaba su increíble cerveza.

Por fuerte parecía que iba a resultar un lugar pequeño e incluso tranquilo.

Pero esa impresión se fue al traste cuando, al entrar, me vi envuelta de decenas de clientes que impregnaban olor a cerveza y humo.

Archer cerró la puerta tras de mí y se posicionó a mi lado.

—Busquémoslo por separado —le propuse en voz baja—. Será más fácil encontrarlo.

Dudó unos segundos, pero finalmente asintió. No llegué a avanzar un solo paso antes de sentir sus dedos atrapando mi muñeca. Me detuve.

—Ten cuidado.

Sus palabras se quedaron flotando mientras asentía. Le dediqué una última mirada y me alejé. Examiné uno a uno los rostros de los hombres allí presentes. Ninguno era él.

—Eh, preciosa.

Me volteé, encontrándome con un hombre algo mayor que me observaba con una sonrisa un tanto turbia. Sostenía en su mano una jarra de cerveza que, y apostaría lo que fuera, no era la primera del día.

—¿Te apetece hacerme compañía?—me propuso con su voz ronca.

Por los Dioses. Qué asco.

Decidí que lo mejor sería ignorar su comentario y continuar mi camino. Pero entonces, sentí la presión de otra mano sobre mi brazo, y esta vez no era de Archer. Inmediatamente, giré sobre mis talones y me encaré a otro hombre.

—No has contestado a mi amigo, puta.

Su insulto me pilló por sorpresa, pero aún así provocó un remolino sobre mi pecho.

—No respondo a necedades —solté, forcejeando—. Y a mí nadie me llama puta.

Su agarre se aflojó cuando escupí, alcanzándole el rostro. Retrocedió un par de pasos tambaleándose.

—Maldita sea —gruñó, pasándose una mano por la cara

—Pero, ¿qué cojones? —Su amigo se colocó frente a mí tras presenciar la escena—. No deberías haber hecho eso, zorra.

«Primero puta y ahora zorra. Genial».

Esta vez me agarró por ambos hombros, ejerciendo una presión dolorosa.

—¡Suéltame!

Eché la cabeza hacia atrás y, sin contención alguna, me lancé contra él.

El impacto fue peor de lo que esperaba. Caí al suelo, aturdida, con un dolor que me recorría el cuerpo entero. Luché contra la oscuridad mientras mi vista se empezaba a nublar.

Intenté levantarme.

No pude.

Pero lo volví a intentar.

Esta vez mis piernas obedecieron, y poco a poco, logré incorporarme. Pero ahora los que no estaban derechos eran ellos.

Sus cuerpos, probablemente inconscientes, yacían sobre las baldosas, con los ojos amoratados y los rostros cubiertos de sangre.

Alcé la vista, entre mareada y desconcertada. Era imposible que yo hubiera hecho eso… solo había sido un cabezazo.

Fue entonces cuando me encontré con la mirada de Archer. Desvié mi atención hacia sus puños, manchados de sangre. Solo pude formar una « O» con los labios mientras me llevaba una mano hacia ellos.

—Dioses —susurré.