08/08/1884
Melody
Me apoyé contra el marco de la puerta mientras escuchaba la conversación entre papá y tía Beatrix.
—No he encontrado el vestido —dijo él, apoyando sus grandes manos sobre la frente.
Tía Beatrix hizo una mueca y le sirvió un vaso de agua.
—Bueno… —pronunció ella—. Si estaba tan mal, tal vez sea mejor comprarle otro.
—No lo querrá —respondió él.
—¿Por qué?
—Porque no será ese —sentenció, dando por terminada la conversación.
Por mucho que me fastidiara, mi padre estaba en lo cierto. No quería otro vestido.
Me tragué las ganas de llorar y salí de casa. El sol empezaba a acercarse al horizonte: debía darme prisa si quería ver el atardecer con él. Corrí un poco hasta la colina pero, cuando llegué, no quedaba rastro de nadie.
¿Dónde estaba? ¡El sol estaba a punto de desaparecer!
Miré a mi alrededor; tal vez había cambiado de sitio. No. Imposible. Siempre se colocaba en el mismo lugar.
Entonces mi mirada se detuvo en una caja colocada en mitad de la hierba, y todos mis pensamientos se desviaron hacia ella. Extrañada, me acerqué y me senté para poder abrirla con calma. El corazón se me encogió al sacar lo que guardaba en su interior.
Alcé mi vestido azul para observarlo con detenimiento. Estaba como nuevo; tenía algunas costuras más, reparando los desperfectos que había sufrido. No podía estar más contenta.
Volvía a tener mi vestido azul y, ahora, era incluso mejor que antes.