Capítulo 18
Melody
Con la salida del sol, el centro del reino se encontraba bastante vacío, acompañado únicamente por las conversaciones de los comerciantes que empezaban a montar sus paradas en el mercado.
Archer caminaba a mi lado, con las manos en los bolsillos. Estaba claro que a la única a la que le preocupaba encontrarse con otro grupo de hombres armados era a mí.
—Me temo que repetirlo decenas de veces como si fuera una invocación no hará que lleguemos antes —comentó.
Solté un resoplido.
—Me ayuda a no olvidar la dirección.
Ni siquiera me miró al responder:
—Eso no es lo que te preocupa .
Y, efectivamente, lo que me preocupaba era lo que íbamos a encontrarnos al llegar.
Seguimos avanzando entre las calles que, poco a poco, empezaban a llenarse de vida. Pero, por muchas distracciones que hubiera frente a mí, no podía dejar de pensar en el resultado de nuestra última salida.
—¿Y si sale mal? —pregunté al fin.
Giró la cabeza hacia mí y estudió mi expresión durante unos segundos.
—Saldrá bien.
«Genial».
—Eso no es una respuesta.
—Pero es la única que voy a darte —respondió como si nada.
Fruncí el ceño. Me había dado cuenta de que, en varias ocasiones, me era imposible descifrar sus pensamientos. Archer podía parecer alguien sencillo, pero no lo era. En absoluto. Sabía exactamente qué podía mostrar y qué tenía que guardarse para sí mismo.
Y era exasperante.
—No pareces preocupado.
Una leve sonrisa cruzó sus labios .
—¿Y de qué serviría que lo estuviera?
No respondí, y él agregó:
—Estar preparado y estar preocupado no es lo mismo, princesa.
Bajé la vista al suelo y deseé tener una filosofía de vida similar a la de él.
Caminamos alrededor de cuarenta minutos hasta llegar a la calle indicada. Sin darme cuenta, empecé a pronunciar el número de cada portal por el que pasábamos.
—Veinte.
—Veintiuno —continuó Archer.
Avanzamos unos pocos metros hasta colocarnos frente al número veintitrés. Un pequeño jardín daba la bienvenida a la casa blanca. Por sus paredes trepaban un sin fin de plantas que le daban un aire muy distinto respecto al resto de viviendas de la calle.
—Voy a llamar —le informé, señalando la puerta.
Archer asintió, dejándome pasar. Me acerqué a la puerta de madera oscura y la golpeé con los nudillos varias veces. Por desgracia, transcurrieron más segundos de los que me gustaría sin que nadie nos abriera. Me giré de nuevo hacia Archer, que seguía con la misma expresión despreocupada que antes.
—Tal vez no esté en casa —comentó.
Y aunque la parte cobarde de mí suspiró aliviada, no pude evitar sentir una punzada de decepción.
—No nos podemos ir sin más.
—Claro que no —respondió, sentándose sobre los adoquines del suelo y apoyándose contra la pared—. Por eso vamos a esperar.
—¿Esperar? —Me paré a pensarlo; tampoco teníamos alternativa—. Me parece bien.
Imité sus movimientos y me coloqué junto a él.
—¿Quién crees que será? —pregunté mientras alzaba la mirada al cielo.
—Quizá un hombre en el que confiara, como Richard.
—Mmm… Tal vez.
Permanecimos en silencio durante varios minutos, cada uno inmerso en sus pensamientos.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —musité de pronto.
Él no tardó en contestar:
—Las que quieras.
Apreté los labios.
Desde que nuestros caminos se habían cruzado no habíamos hablado de otra cosa más que de la vida de mi padre, y por ende de la mía, pero me había percatado de que apenas sabía nada de él.
Y sentía curiosidad.
—¿Qué pasó con la empresa que se fue a bancarrota?
Giró el rostro en mi dirección y sus ojos se quedaron clavados sobre los míos un segundo demasiado largo.
—Bueno. —Frunció los labios—. Lo perdimos todo tanto mis padres como yo. —Ladeó la cabeza, soltando un sonoro suspiro—. Siéndote plenamente sincero, no es algo de lo que me guste hablar.
Asentí débilmente.
Había estado fuera de lugar, no debería haberle preguntado sobre eso. Seguramente fuera un tema que le afectaba demasiado como para ir compartiendo intimidades conmigo.
—No tienes por qué hacerlo —respondí.
Vi por el rabillo del ojo que su mirada ahora estaba fija en el suelo.
El sol hacía que su cabello pareciera algo más claro que de costumbre, mostrándolo más como un marrón que un negro.
Pude fijarme en que se le marcaban débilmente unas pequeñas pecas sobre la nariz, aunque apenas eran visibles. ¿Sería consciente de que las tenía?
Pero en lugar de preguntarle eso, dije:
—¿De verdad estás bien? —Señalé su torso, refiriéndome a la herida—. Es decir, ¿no te duele?
Negó con la cabeza.
—Estoy bien.
—Lo parece —repuse—. Pero, ¿es la realidad?
—Melody —hizo una pausa, dedicándome toda su atención—. Yo no miento, o al menos no lo hago si no es totalmente necesario.
Eso me sorprendió.
Yo no miento.
Todos mentíamos. Todos.
—¿No mientes? ¿A qué te refieres? —quise saber—. Las mentiras forman parte de nuestro día a día.
—No miento —repitió, y juraría que había algo de incomodidad en su voz—. Simplemente no sé hacerlo a menos que sea imprescindible.
—¿Imprescindible?
—A menos que sea crucial. Aún así, no me gusta, y tampoco me sale de forma natural. Es como si me engañara a mí mismo y, en cierto modo, me causa repulsión.
Parpadeé, incapaz de ocultar mi sorpresa.
—¿Lo dices en serio?
—No podría no hacerlo —respondió con media sonrisa.
Así que Archer no mentía… Corrijo: las mentiras le asqueaban.
Yo llevaba mintiendo toda mi vida. No me malinterpretéis, mentía sobre cosas simples, bobadas en su mayoría.
No me lamentaba por mis engaños pero, tras escuchar las palabras de Archer, no pude evitar sentirme mal.
Tal vez todos deberíamos te ner ese pensamiento, tal vez nadie debería mentir a menos que fuera totalmente necesario.
Pero vivíamos en una sociedad hipócrita, una sociedad que se alimentaba de las mentiras y la fachada.
Una sociedad que, pensándolo mejor, podría considerarse falsa. Y no hay nada peor que la falsedad.
—Me parece algo honorable —agregué al cabo de un buen rato—. Entonces, si alguien te preguntara cómo le queda un peinado horrible, ¿también le dirías la verdad?
Se le escapó una risa.
—Lo dudo.
Lo miré con incredulidad.
—Pensaba que no mentías.
—No he dicho que no tenga un mínimo de tacto —respondió, arrancándome una sonrisa a mí también.
—Creo que lo que mejor se te da es esquivar preguntas.
—Bueno —Sus hombros se alzaron levemente—. Una cosa es ocultar una verdad y otra inventar una mentira.
Lo cierto era que yo no veía demasiada diferencia entre ambas, pero no lo comenté.
Un hombre salió de un portal situado a unos metros de nosotros. Archer le saludó con una leve inclinación de cabeza y él respondió del mismo modo antes de marcharse.
Estuvimos esperando tanto rato que, lamentablemente, perdí las esperanzas. Justo cuando me disponía a levantarme, una figura nueva apareció por la calle.
Era una mujer. Aparentaba unos cincuenta años, tal vez más. Su cabello, algo canoso, se encontraba recogido en un moño medio deshecho, y unas gafas acentuaban su redondeada cara. Era delgada y bajita; probablemente le sacaba media cabeza.
Definitivamente, no la conocía.
Se detuvo frente a nosotros, aparentemente extrañada.
—Buenos días —la saludé, incorporándome.
Archer me imitó.
—Buenos días —respondió, mirándonos alternativamente.
—S-soy Melody, Melody SinClair —me presenté, tratando de no tartamudear tanto—. Mi padre era Donald SinClair.
La bolsa que sujetaba cayó al suelo. Me sobresalté antes de bajar la vista hacia los adoquines.
—Oh.
Intentó agacharse pero Archer fue más rápido que ella y se la tendió en un santiamén.
—Gra-gracias, joven. —Una pequeña sonrisa curvó la comisura de sus labios rosados.
Apreté el papel entre mis manos y avancé un paso hacia ella. Lo mejor sería dejar las cosas claras desde el principio.
—Mi padre me dejó una carta—le expliqué sin tapujos—. Encontramos en ella su dirección.
La mujer, todavía sorprendida, se esforzó en asentir.
—Donald —murmuró, tan bajo que me costó entenderlo—. Hacía mucho tiempo que no escuchaba ese nombre.
—¿Usted lo conocía?
—Oh, será mejor que paséis —contestó de una manera un tanto apresurada—. Pasad, pasad.
Metió las llaves en la cerradura y abrió la puerta de su casa, invitándonos a entrar.
Tanto Archer como yo cruzamos el umbral sin mediar palabra.
Observé todo lo que pude del pequeño recibidor, decorado con una gran variedad de distintas flores.
Las estanterías, además, contaban con pinturas de margaritas por todo su lateral.
Estaba claro que esa mujer tenía alguna especie de obsesión por la floristería.
—Sentémonos en la sala de estar —nos indicó antes de abrir la puerta que nos conducía hacia la sala en cuestión.
Ambos nos sentamos en un sillón y ella se posicionó en otro frente al nuestro.
Era una casa bonita, bastante acogedora. Las flores y las paredes repletas de coloridos cuadros con paisajes la hacían parecer más viva.
—Bueno —suspiró, fijando sus ojos marrones sobre los míos—. Así que eres la hija de Donald y Laureen.
Una pequeña sonrisa curvó mis labios antes de que lo pudiera evitar.
—Siento mucho la muerte de tu madre. —Se removió sobre el sillón, dejándome claro que ese tema le gustaba tan poco como a mí—. ¿Cómo se encuentra Donald?
Oh, por los Dioses de Ofem… No se había enterado de su muerte.
Ni siquiera me hizo falta girarme para saber que la mirada de Archer se encontraba clavada en mi perfil. Me mordí la carne interior del labio, notando un leve pinchazo en el corazón.
—Mi padre no sigue entre nosotros —le informé, ignorando el molesto nudo que tenía viviendo en mi garganta.
Su rostro se desencajó; palideció en el sentido más puro de la palabra .
—¿Donald ha fallecido? —preguntó con un hilo de voz.
Sentí otro rayo de dolor en mi pecho mientras asentía con una sonrisa que no llegaba a mis labios. No pude evitar mirar a Archer de reojo.
—Es reciente —confesé, recordando el momento que tanto había tratado de alejar de mi mente.
—Dios mío. —Se tapó la boca con ambas manos—. L-lo siento, yo… No me imaginaba esto.