Capítulo 17
Melod y
Solía decirle a Sloane que sobrepensaba demasiado las cosas cuando, en realidad, sabía que yo era mucho peor que ella.
Mi hermana podía pasarse una tarde entera debatiendo si era mejor escoger manteles rosados o marrones para las mesas del banquete de su boda. Yo, en cambio, era capaz de pasar noches en vela imaginando todas las posibilidades de una misma situación.
Y, por desgracia, ahora tenía motivos para hacerlo.
Alguien había planeado la muerte de mi padre, me había mantenido encerrada en un hospital y ahora también estaba dispuesto a matarme.
Maravilloso.
Tampoco dejaba de darle vueltas a la carta de mi padre.
¿A qué demonios se refería ?
En sus palabras dejaba claro que era consciente de que existía la posibilidad de morir.
La rabia crecía en mi interior como una bestia sin control y, a su vez, el odio de estar enfadándome con él incluso después de su muerte.
Pero por mucho que quisiera culparlo, no dejaba de preguntarme qué podía ser tan importante como para que un hombre como él aceptara ese riesgo.
Porque no era alguien inconsciente; de hecho, era sumamente meticuloso, precavido y, por supuesto, demasiado inteligente como para lanzarse al vacío sin un motivo de peso.
Y si había decidido seguir adelante sabiendo que podía morir, era porque creía que merecía ese sacrificio. La cuestión era si yo también estaba dispuesta a llegar tan lejos como él.
Y por otro lado, estaba el contenido de la carta. Una carta que no hacía más que crearme dolor de cabeza. ¿Por qué no escribió un nombre? ¡Cualquier cosa!
Cerré los ojos con fuerza.
Quizá el hecho de dejar un nombre escrito habría puesto en peligro a esa persona.
Estaba claro que tumbada en la cama no iba a descubrir nada más, así que, decidida, me levanté de un salto. Con el movimiento hice que la carta cayera al suelo, boca abajo. Hice el amago de agacharme, alargando el brazo para recoger el papel, cuando algo llamó mi atención.
Había una dirección escrita en la parte inferior. La leí: «Calle St. Couston n.º 23, Banglad».
Vaya, al final sí que había decidido darme alguna pista .
La dirección correspondía a una calle del centro del reino, pero no me sonaba haberla pisado siquiera.
Inspiré un poco de aire y, con un brote de esperanza, me dirigí hacia el dormitorio de Archer. Estaba tan centrada en la dirección que ni siquiera me molesté en llamar a la puerta, la abrí de un empujón.
Fue entonces cuando me encontré con él.
Y su cuerpo medio desnudo.
Mis labios se cerraron de manera instantánea mientras mi mirada recorría descaradamente su piel. Tan solo vestía unos pantalones ya que, por lo visto, lo había pillado cambiándose.
Debería haberme dado la vuelta segundos antes, pero mi cuerpo se negaba a moverse y obedecer las indicaciones que le daba mi cerebro.
—Si llego a saber que ibas a entrar así, habría tardado un poco más en vestirme.
Eso me hizo reaccionar. Me di la vuelta, notando cómo se me encendían las mejillas.
«Fenomenal, Mel. Ahora piensa que eres una mirona».
Sin embargo, la imagen de su abdomen se colocó en la primera posición de mi lista de recuerdos que debería guardar.
—No pretendía encontrarte así.
Era la peor excusa que podía decir, y eso le provocó una risa ronca.
—Ya puedes darte la vuelta, a menos que quieras seguir observando la puerta.
Definitivamente, era patética.
Cuando volví a girarme ya llevaba puesta una camisa .
Menos mal.
Tragué saliva, intentando recordar el motivo por el que me había acercado hasta su habitación. Sus brazos desnudos no paraban de dar vueltas por mi cabeza, y… Mierda. Parecía que no tenía intención de dejarme en paz. Él seguía mirándome, expectante.
—He venido a enseñarte algo —pronuncié finalmente.
Archer ladeó ligeramente la cabeza.
—Princesa, decir eso después de haberme visto medio desnudo no es la combinación más recomendable.
—¡No! —Una imagen totalmente indecente asomó por mi mente, borrando borrando cualquier gota de pensamiento coherente—. Yo venía a…
Dioses, la carta.
—La carta —solté prácticamente en un jadeo.
—Sí, encontramos una carta. —Una sonrisa se asomó por sus labios.
—No —gruñí—. Es decir, sí, pero… ¡la carta!
Frustrada, apreté los dedos sobre el papel.
—He encontrado una dirección.
Sus ojos se abrieron de par en par. Avancé y le tendí el papel, que leyó en menos de un segundo.
—Tenemos que ir—sentencié.
—Está claro —coincidió— ¿A qué esperas?
—¿Qué? ¿A-ahora? ¿Pero de quién es?
—No lo sabremos hasta que vayamos.