Capítulo 16
Melod y
Golpeé un par de veces con los nudillos su puerta. Me mordí el labio mientras esperaba, dando pequeños golpecitos con mi índice sobre mi codo. Por suerte, Archer no tardó demasiado en abrir la puerta.
Tenía mejor cara que horas antes, aunque se podía apreciar que el dolor no lo había dejado descansar demasiado. Sus ojos se encontraban levemente enrojecidos y su cabello mucho más despeinado que antes.
—Buenas noches —dijo, con una leve aunque perceptible sonrisa.
Se apartó de la puerta y me dio paso a entrar. Caminé hasta el centro de su dormitorio, escuchando cómo el suelo de madera chirriaba con cada uno de mis pasos.
La habitación seguía igual de ordenada que la última vez, algo que no me sorprendió en absoluto. Las paredes dibujaban varias sombras, entre ellas la de los muebles y la mía, creadas por la tenue luz de las velas que había encendido.
Cuando me volví hacia él, lo encontré mirándome con una interrogación en la mirada y tuve que recordarme el motivo por el que había venido.
—¿Quién crees que fueron los hombres que nos persiguieron anoche? —pregunté, yendo directa al grano.
Mi pregunta no pareció sorprenderle, aunque sus hombros se alzaron en una inspiración profunda.
—Apuesto cualquier cosa a que trabajan para los mismos hombres que planearon la muerte de Donald. Lo más probable es que pensaran lo mismo que nosotros; que en su residencia iban a encontrar información relacionada con el Caso Cenit.
Eso tenía muchísimo sentido, pero había algo que no me terminaba de cuadrar.
—¿Por qué nos dispararon?
Archer me retuvo la mirada unos largos segundos, como si estuviera debatiendo si responder o no.
—Quien tramó la muerte de Donald no tuvo problema en retenerte en un hospital, por lo tanto, no tendrán reparos a la hora de disparar.
Su respuesta me impactó del mismo modo en que lo hubiera hecho una acusación.
—¡Pero yo no sé nada de lo que hacía mi padre! —me defendí.
—Ellos no lo saben. La única información que tienen sobre ti es que escapaste del hospital y que, por lo tanto, no te tienen bajo vigilancia.
—Eso significa que creen que podría saber algo.
Asintió.
—O que podrías encontrarlo.
Inspiré profundamente, asimilando la situación. Sabía que me metía en algo complicado cuando acepté descubrir la verdad sobre la muerte de mi padre, pero no esperaba terminar siendo el blanco de unos desconocidos.
No fue hasta que volví a mirar a Archer cuando recordé la herida de bala.
—¿Cómo estás? —pregunté, mirando de reojo su costado, pese a estar tapado por la camisa.
—Como una rosa.
—Podrías haber terminado muy mal ayer —le informé, porque necesitaba dejarlo claro—. Fuiste de lo más imprudente.
«Al interponerte entre la bala y yo».
Él arqueó las cejas.
—¿Has venido solo para reñirme?
No lo dijo a malas, sino con cierto tono burlón.
—¿Y tú siempre actúas de una manera tan despreocupada? —repliqué.
Se cruzó de brazos, manteniendo la distancia que había dejado entre ambos. Lo agradecí. Por algún motivo, me resultaba demasiado intimidante tenerlo cerca.
—No hubiera resultado difícil que terminaras como mi padre —añadí.
La frase salió como piedras de mi boca, mucho más pesada de lo que esperaba. Porque no había podido dejar de darle vueltas. Podría haber visto cómo otra persona terminaba tendida bajo un charco de sangre. Y él parecía no ser ni mínimamente consciente del peso de algo así.
—Oh, princesa —murmuró, con pura diversión en el rostro—. ¿ Eso que noto es preocupación?
Su comentario me hizo abrir los ojos. ¿Se estaba burlando de mí?
—Claro que no —aclaré, notando mis hombros tensarse—. Es sentido común, en realidad.
—Si tanto te preocupan mis acciones, debo decirte que no suelo contenerme.
Ese era el problema.
—¿Y tu herida? —quise saber, empujada por la necesidad de cambiar el rumbo de la conversación.
Esperaba que me respondiera un simple bien o algo por el estilo, pero no que se levantara la camisa de un tirón.
Se me secó la garganta. Literalmente.
Porque, por mucho que anteriormente hubiera tratado de no mirar sus abdominales, ahora me resultaba totalmente imposible. Eran como un campo magnético, atrayendo mis ojos sin contención. Y Archer, por supuesto, se dio cuenta de lo evidente.
—La herida está en el lado derecho, princesa.
Fue como si me cayera un jarro de agua helada encima.
Carraspeé, notando cómo se me encendían las mejillas, mientras deslizaba mi atención hacia la herida. De ella sobresalía el hilo que yo misma había puesto ahí. Lo cierto era que esperaba encontrarla bastante peor, así que esa imagen logró relajarme. Al menos un poco.
—Como puedes comprobar, no mentía al decirte que estoy mucho mejor.
—Sí —murmuré, apartando la mirada—. Ya lo veo.
Me senté sobre su colchón.
—Aunque eso no significa que no debas dejar esa imprudencia de lado. No puedo continuar con esto si sé que podrías lanzarte a la muerte de un momento a otro.
Mis palabras podrían sonar como algo casual, pero no lo eran. Lo decía en serio. Suficientes preocupaciones tenía como para sumar un compañero dispuesto a abrazar a la muerte.
Archer permaneció unos segundos en silencio, y supuse que estaba sopesando mis palabras. Finalmente, asintió.
—Si tanto te preocupa, está bien; seré más cuidadoso.
El nudo en mi estómago se deshizo un pelín.
—Vale.
Ambos nos miramos a los ojos, sin saber qué más decir o hacer. El primero en moverse fue Archer, que se dirigió a la estantería y cogió un libro entre las decenas de historias ordenadas.
Luego vino hacia mí y me lo tendió.
Lo observé sin parpadear antes de cogerlo y admirarlo.
Lo abrí y observé las primeras páginas. Por lo que parecía, contenía antiguas leyendas sobre las criaturas que habitaban el reino de Northem.
Me detuve en un párrafo que hablaba acerca de los Yawoks, un extraño ser que era una especie guardián de sus tierras.
El texto decía que tenía un agujero en el pecho por el que dejaba a plena vista su corazón.
—Puedes coger los libros que quieras —dijo Archer, captando de nuevo mi atención.
—No dirías eso si supieras que soy capaz de dejar toda la estantería vacía.
La comisura de sus labios se alzó.
—Asumo el riesgo .
Pasé el pulgar por el lomo del libro, que no tenía ni una mota de polvo, antes de cerrarlo con cuidado.
—¿Crees en las leyendas de Ofem? —pregunté por curiosidad.
De no haber visto el libro, hubiera dicho que Archer parecía ser parte del grupo de personas que no creían en el resto de reinos.
—Creo en todo —respondió—. El mundo es demasiado aburrido como para no pensar que hay mucho más allá de lo que somos capaces de ver.
Así que él era como yo.
—¿Cómo sabías que mi reino favorito es Northem?
Archer apoyó la cadera contra la estantería sin dejar de observarme.
—No lo sabía.
Fruncí el ceño.
—Entonces me has dado este libro al azar.
—No exactamente. —Sus ojos descendieron un instante hasta el libro que sostenía entre mis manos—. La última vez que estuviste aquí miraste más tiempo el lomo de ese libro que el de los demás.
Su respuesta me sorprendió.
—Tu memoria es algo inquietante —opiné.
—Llámalo sexto sentido.
Nos quedamos unos segundos en silencio, aunque no era incómodo. Y quizá fue eso lo que me hizo reaccionar y levantarme de su cama.
—Gracias por el libro —dije, yendo hasta la puerta—. Volveré a por otro cuando lo termine.
—No lo dudo.
Sonreí sin darme cuenta y crucé el umbral.
Me encaminaba hacia mi habitación cuando un fuerte ruido me hizo detenerme a mitad del pasillo. Archer salió de su dormitorio y nuestras miradas, igual de confusas, se encontraron.
Bajamos las escaleras a toda prisa.
Thomas se encontraba tras la barra, con una jarra rota de cerveza en una mano y una flecha en la otra. Alzó la mirada furiosa hacia Archer y exclamó:
—¿¡Podrías guardar las malditas flechas en un mismo lugar!? ¡Casi me quedo sin dedo!
Nos quedamos en silencio un par de segundos, y luego ambos estallamos en una carcajada.
—Mierda —soltó él, mientras recuperaba el aliento—. Lo siento.
Thomas, sin embargo, no reflejaba ni una mísera gota de humor. Lanzó con brusquedad la flecha sobre la barra y señaló el charco de cerveza.
No hizo falta que dijera nada antes de que Archer alzara los brazos y avanzara hacia él.
—Lo limpio yo.
—La próxima vez que encuentre una flecha en la cocina, te la clavo en la puerta de la habitación.
Archer frunció los labios mientras se dedicaba a limpiar con un trapo la barra.
—Eso sería desperdiciar una flecha.
Me dispuse a subir las escaleras, aunque antes de hacerlo no pude evitar mirarlo por encima del hombro. Thomas seguía gruñendo mientras barría el cristal, y Archer, aprovechando que no lo veía, me dedicó una sonrisa igual a la de un crío.
Negué con la cabeza, incapaz de contener otra igual.
Quizá era un chico demasiado imprudente, pero empezaba a entender por qué era tan difícil enfadarse con él.