Capítulo 15
Melody
—Bienvenid… —La voz de Thomas se apagó en cuanto nos vio.
La expresión en su rostro era indescriptible; reflejaba tantas cosas a la vez que resultaba imposible distinguir una sola. Se apartó al instante, dándome paso a entrar con Archer sujeto por el hombro de una manera poco elegante.
—Ponlo encima de la mesa, Melody —me indicó, señalando la más grande de la estancia.
Asentí y ayudé a Archer a tenderse sobre ella.
—Ha sido un disparo —expliqué atropelladamente.
—No es para tanto —añadió Archer.
Sus palabras no sonaron demasiado creíbles ahora que la tela que cubría su herida estaba totalmente empapada de sangre, al igual que nuestras manos y parte de la faldilla de mi vestido.
Thomas exhaló, deslizando una mano por su barba.
—Joder. De acuerdo.
Se marchó un momento, aunque no tardó en regresar con lo que me parecieron ser unas tijeras, hilo y una aguja.
—Siempre tienes que traerme faena —masculló, dejando los utensilios sobre la mesa.
—Lo hago para entretenerte —respondió Archer en un tono burlón pese a su visible dolor.
Thomas le hizo caso omiso y colocó las manos alrededor de la herida, acercando la aguja hacia esta.
—Melody —pronunció—. Coge el pequeño rodillo del segundo cajón.
¿Un rodillo? ¿Para qué necesitaba un rodillo? No pregunté; me limité a acercarme al cajón. Localicé el rodillo de un vistazo y volví con él.
—Mételo en su boca. —Volvió a mirar a Archer—. Chico, aprieta bien los dientes.
Me quedé paralizada.
Era para el dolor.
Joder.
Me coloqué frente a su rostro, tratando de evitar fijarme en el dolor de sus facciones.
—Abre la boca. —No sabía qué más decir—. Y aguanta.
Metí en su dentadura el pequeño rodillo. Archer apretó los dientes antes de soltar un grito sonoro que me puso la piel de gallina .
Thomas había empezado a coser, o al menos había hecho un intento de ello.
Las venas de los brazos de Archer estaban más marcadas de lo normal y un tono rojizo empezaba a surcarle la piel. Incluso yo misma pude llegar a sentir su dolor.
Dirigí mi atención nuevamente a Thomas, quién dejó la aguja ensangrentada sobre la mesa y cogió un paño. Seguidamente, secó un poco los chorretones que caían alrededor de la herida.
—Joder, no he cosido en mi vida —maldijo.
Mi corazón dejó de latir.
—¿Qué?
Sus ojos viajaron hacia mí, y entonces vi la esperanza reflejada en ellos. Una esperanza que no me gustó nada.
—¡Melody! —exclamó, como si yo fuera un gran hallazgo—. ¿Sabes coser?
—Yo… —Recordé las clases semanales que me habían obligado a dar en casa y negué con la cabeza—. Se me da fatal.
—Pero lo has hecho antes —adivinó.
Me tensé.
—¡No en un cuerpo humano!
Oh, por los Dioses… No podía estar sugiriendo aquello. No pensaba coser a nadie. No en esta vida.
—Da lo mismo, tienes más experiencia que yo. Debes hacerlo tú.
—¿Qué? —me sobresalté— ¡No!
—Melody, escúchame. —Se colocó frente a mí, obligándome a mirarlo directamente a los ojos—. No es una pregunta.
Estaba claro. Entonces, no tenía alternativa.
Muy a mi pesar, me intercambié el sitio con Thomas, quien me tendió el hilo y la aguja.
El temblor en mis manos no me ayudaba a tener ni una mísera gota de confianza en mí misma.
Me descolgué la bolsa de ropa del hombro y la dejé junto a una de las patas de la mesa.
Luego, inspiré profundamente y acerqué el metal hacia la herida.
No quise mirar su rostro.
«Puedes hacerlo».
En menos de un segundo ya había traspasado la piel de Archer. Él no gritó, tampoco se quejó, ni siquiera dejó escapar un simple gruñido de dolor. Nada.
Eso me dio más confianza para seguir cosiendo la piel.
Y, pese a que intenté apartar el pensamiento, no pude evitar pensar en mi hermana y las fuertes magulladuras que había en su piel la última vez que la vi.
No tardé en notar las lágrimas acumuladas en mis ojos, que empezaban a impedirme ver con claridad.
Pestañeé un par de veces para apartarlas y, al fin, terminé mi tarea.
—Buen trabajo, Melody —me felicitó Thomas, dándome un par de palmadas sobre la espalda.
Miré la herida.
La había cosido.
No era la costura más perfecta del mundo; estaba completamente segura de que un sanador se hubiera puesto las manos en la cabeza. Pero lo había hecho.
Me dirigí hacia la otra punta de la mesa para quitarle el rodillo de los labios. Dejó escapar un suspiro al tiempo que chocaba su frente contra la madera .
—Gracias —Su voz sonó ronca.
—No tan rápido —intervino Thomas, señalando la mesa ensangrentada—. Todo este estropicio lo limpias tú.
Archer dejó escapar una débil risa mientras trataba de incorporarse. Instintivamente, coloqué mis brazos en su espalda para ayudarlo.
—Deberías descansar —opiné.
Me miró de reojo.
—¿De qué me suena?
Puse los ojos en blanco.
—La chica tiene razón —intervino Thomas desde la cocina.
Le lancé una mirada que decía: «Yo de ti no lo desobedecería». Él levantó los brazos en señal de derrota.
—Está bien.
Me miró una última vez antes de dirigirse a las escaleras y desaparecer escalones arriba. Avancé un paso, dispuesta a seguirle, cuando la voz de Thomas me detuvo.
—¿Encontrasteis algo de relevancia?
Me volví hacia él, que permanecía junto a la barra dando un trago de su jarra de cerveza.
—No lo sé —me sinceré.
Me acerqué a él y me senté en un taburete. Conduje mi mano hasta el bolsillo de mi vestido y saqué la pistola.
—¡Baja eso! —exclamó, apartando el arma de un manotazo—. No quiero más disgustos.
Con media sonrisa acomodé la pistola sobre la encimera. Me sostuve la cabeza con ambas manos, que empezaban a dolerme después de toda la tensión vivida minutos antes.
—Creo que la bala iba a por mí. Archer se interpuso.
Chasqueó la lengua.
—Me gustaría decir que me sorprende, pero es un comportamiento propio de él. Tiene los mismos impulsos que un chiflado —murmuró, ladeando la cabeza—. Pero podría haber acabado mucho peor.
Lo cierto era que sí. Un disparo de bala podría haber terminado de una manera muchísimo más trágica. Mientras Thomas cogía un paño para limpiar la sangre de la mesa, me acordé del papel doblado que guardaba en mi bolsillo y lo saqué para enseñárselo.
—Mi padre me escribió una carta —expliqué, desdoblándolo.
—¿Os ha aportado algún tipo de información?
Observé el papel.
—Creo que no. Tan solo dice: «Son muchas las personas que intentan crear sus imperios sobre las desgracias de otros y, son esas personas las que irán a por ti».
Empezó a deslizar el paño húmedo sobre la madera.
—Eso no suena muy bien.
—«Busca en el lugar donde enterraron la verdad» —seguí leyendo—. A saber a qué se refiere.
Gruñí para mí misma.
—¿Por qué no puedo tener respuestas claras?
Es decir, ¿tan complicado era escribir en esa misma carta todo lo que necesitaba saber en lugar de frases sin sentido?
Pero estábamos hablando de Donald SinClair, un hombre con una gran fascinación por las adivinanzas.
Claro que son muchísimo más divertidas cuando no tratas de resolver un enigma en torno a la muerte de tu padre.
—Los puzles más difíciles de resolver son los que hacemos sin la ayuda de nadie. Pero también son de los que solemos estar más orgullosos —respondió—. O algo así. Mi madre solía decirlo pero no lo recuerdo demasiado bien.
Entrecerré los ojos.
—No me vale estar orgullosa si no lo consigo.
—Bueno. —Alzó los hombros, alejándose de la mesa—. Por suerte, aún estás a tiempo de conseguirlo.
—Yo no estaría tan seguro de ello.
Sus labios se fruncieron.
—Ciertamente, Melody, no te conozco lo suficiente como para darte creer en tu respuesta.
Pero lo que sí que te puedo confirmar es que Archer nunca, jamás, se fiaría de alguien desconocido, y mucho menos compartiría la información más importante que posee con esa persona.
Así que, viendo como te ha tratado y te ha integrado en su cometido, no me cabe duda de que está convencido de que lo vais a conseguir. Y yo pongo toda mi confianza en él.
Sus palabras me hicieron pensar que quizá yo no fuera la única que estaba confiando en un completo desconocido. Tal vez Archer estuviera haciendo exactamente lo mismo conmigo.