Donde caen los reyes (Ofem 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

Archer

—Mierda.

—¿Qué hacemos? —preguntó Melody en un tono más agudo de lo normal.

Vi por el rabillo del ojo sus manos temblar mientras sostenía la pistola. Apreté los labios y avancé hasta el pasillo. Agarré la barandilla de la escalera e incliné un poco la cabeza para tener un mejor ángulo de visión.

Y no me gustó nada lo que vi.

Eran unos cuantos tíos, no parecían guardias pero tampoco gente agradable con la que pararse a charlar. Todavía estaban a los pies de la escalera, pero no tardarían demasiado en subir.

—Están en la planta baja —le dije, señalándole la salida con la cabeza—. Si nos damos prisa, podremos salir sin que nos vean.

Melody, aunque poco convencida, asintió.

La dejé pasar primero y abandonamos el despacho en cuestión de segundos, avanzando sigilosamente por los pasillos.

—Arriba —ordenó una voz.

«Me cago en todo».

Melody clavó sus ojos miel en mí, dejándome ver sin vergüenza alguna el terror que la envolvía. Desvié la mirada hacia la despensa y ella comprendió el plan sin necesidad de palabras.

Cruzó el umbral de la puerta y se dirigió directamente a la ventana.

—Tú primero —le indiqué en un susurro.

Frunció el ceño, sin embargo, debió de percatarse de que no había demasiado tiempo para discutir, porque terminó cediendo.

Se impulsó hacia la abertura y salió al exterior.

Solté un suspiro y me dispuse a imitarla. Pero los jodidos Dioses de Ofem debían de estar partiéndose de risa porque, antes siquiera de dar un paso, me encontré con cinco tíos plantados frente a mí. Todos armados.

Cojonudo.

—Cinco contra uno —pronuncié, chasqueando la lengua—. No resulta demasiado justo.

Pero mi comentario solo consiguió que uno de ellos —el más grande y de rostro dividido por una cicatriz— avanzara un par de pasos hacia mí y me apuntara con su pistola.

Levanté los brazos en señal de rendición .

Vi en su mirada el momento exacto en el que decidió colocar el dedo sobre el gatillo.

Entonces escuché el disparo.

Cerré los ojos por inercia; si iba a morir, prefería no ver la cara de esos tíos en mi último aliento. Sin embargo, al notar la ausencia de dolor, los abrí.

Y me encontré al hombre que me debería haber disparado tendido en el suelo, con una herida que no dejaba de sangrar en la pierna.

«¿Qué cojones ha pasado?».

Alguien tiró de mi brazo. Fue entonces cuando reaccioné y me di la vuelta hacia… Melody. No me detuve a pensar nada y salí como un rayo por la ventana. Descendimos por la azotea sin mediar palabra.

—A la verja. Corre —me indicó al bajar, señalando el lugar por el que habíamos entrado.

Corrimos sin mirar atrás. Mientras ella cruzaba la verja, escuché la puerta de la entrada abrirse.

Mierda.

Una vez estuvimos ambos en la calle, me giré y coloqué el arco entre mis brazos. Lancé varias flechas seguidas al aire. No me dio tiempo a fijarme en su dirección; tiré de Melody en cuanto los disparos empezaron a resonar. Aceleramos, cada vez más cerca de la esquina.

Vi a uno de ellos apuntar hacia Melody y, al escuchar el disparo, hice lo primero que pensé.

La empujé con brusquedad, provocando que cayera sobre los adoquines y empezara a rodar calle abajo mientras yo recibía el impacto de lleno.

El golpe me lanzó contra el suelo, pero el impacto no fue nada comparado con el dolor que me recorría el costado.

Maldije entre dientes, apoyé una mano en la piedra y me incorporé como buenamente pude.

Levanté la vista y vi a Melody unos metros frente a mí, intentando ponerse en pie. Me esforcé en correr en su dirección. Le agarré la muñeca y tiré de ella antes de que pudiera protestar.

—Vamos —gruñí, ignorando el jodido dolor.

Doblamos la esquina a toda velocidad. Entonces Melody levantó el brazo y señaló una vieja mansión abandonada al otro lado de la calle.

—La antigua casa de la calle St. Austen —jadeó sin aliento.

Cruzamos la calle y nos colocamos detrás de la pared, pues desde aquel punto era imposible que nos vieran.

O, al menos, eso esperaba. Permanecí inmóvil unos segundos, conteniendo la respiración y esperando escuchar pasos.

Cuando me aseguré de que nos habían perdido la pista, dejé escapar el aire en un largo suspiro, siendo consciente entonces de lo rápido que me latía el corazón.

Me dejé caer contra la sucia pared de la mansión y apoyé el brazo en mi costado.

Pero, cuando aparté la mano, mis dedos estaban cubiertos de sangre.

—¿Estás…?

Alcé la vista justo a tiempo para ver cómo Melody reparaba en la mancha carmín que empapaba mi camisa. Su expresión cambió al instante y no llegó a terminar de formular la pregunta.

Se le escapó un grito ahogado mientras se arrodillaba a mi lado con una rapidez impresionante. Me fijé en que le temblaban las manos y quise sostenerlas. Trató de pronunciar algo, pero de sus labios no salió más que un sonido poco entendible .

Lo último que necesitaba era preocuparla, así que intenté colocar una sonrisa en mis labios, aunque se transformó en una mueca al sentir la siguiente punzada de dolor.

Ella abrió los ojos.

—Tranquila. La sangre es muy escandalosa, pero no es para tanto.

—¿Que no es para tanto? —susurró, completamente alterada—. ¡Te han disparado! ¿Y la bala? ¡No me digas que la tienes ahí dentro!

—La bala solo me ha rozado el costado. Por lo que, repito, no es para tanto.

Hice el amago de incorporarme, pero terminé cayendo de nuevo contra la pared.

Melody arqueó una ceja.

—Sí, ya lo veo —murmuró con ironía.

Antes de que pudiera preguntarle qué pretendía hacer, se llevó las manos al vestido y arrancó un trozo de la falda de un tirón.

—¿Pero qué haces? —pregunté, abriendo los ojos.

Me ignoró, se inclinó sobre mí y me levantó la camisa sin el menor miramiento.

Contuve la respiración cuando sus dedos rozaron mi piel mientras pasaba la tela alrededor de mi espalda.

Cerré los labios al sentir cómo se apretaba contra la herida, agudizando el escozor.

Después hizo un nudo bastante firme para asegurarse de que no cediera.

Bajé la vista hacia la tela que antes había formado parte de su vestido.

—Has destrozado tu vestido —mascullé.

Ni siquiera pareció un poco arrepentida de ello.

—Te estoy salvando la vida .

Salvar la vida era un término un poco exagerado para hablar de la herida en mi costado, pero no la contradije.

Finalmente, logré incorporarme y salimos de la calle. Volvimos a subir a un carruaje de regreso a las calles más céntricas de Banglad. Melody se colocó entre los tablones sin el menor problema. El aire levantaba un poco su vestido, que ya estaba cubierto de barro por la parte inferior de la falda.

Yo, por mi parte, no paraba de chorrear sangre. Todo el jodido tiempo. Y no pasé desapercibida la mirada horrorizada de Melody al ver el líquido rojizo gotear a través de la tela.

Una vez el cochero detuvo el carruaje, nos bajamos sin que nadie se percatara de nuestra presencia.

—Vamos al hospital —dijo con determinación.

Casi me reí.

—Vamos a la taberna.

Se detuvo en seco y la imité.

—¿Estás de broma? —preguntó, claramente perpleja.

—¿Aparento estar bromeando?

Me señaló.

—Pero la herida tiene que ser curada antes de que se agrave.

—Por si no lo recuerdas, hace apenas un día me encontraba metido en ese hospital tratando de sacarte —apunté.

Porque no pensaba volver ahí. Al menos, no hasta que fuéramos a buscar a su hermana.

Mi respuesta pareció romper un poco su negación.

—Pero no soportarás el dolor —dijo, dejando caer los brazos.

Clavé mis ojos en los suyos y esbocé una sonrisa.

—Princesa, soy capaz de soportar muchísimas cosas.