Donde caen los reyes (Ofem 1) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Me pregunté qué estaría pensando. Aunque yo no consideraba nuestra casa una mansión, era cierto que, comparada con la pequeña taberna, parecía un auténtico sueño.

Las grandes paredes se recortaban contra el cielo, imponentes.

Sin duda era una de las casas más bonitas del vecindario.

Sloane se había implicado a fondo en la fachada; según mi hermana, lo primero en lo que se fija la gente es en el exterior.

Quería que nuestra fortuna —o al menos la apariencia de ella— resultara evidente ante miradas curiosas.

—Vamos —le indiqué—. Desde allí nos será más fácil saltar la verja.

Abrió los ojos, aparentemente sorprendido, y pude notar como la comisura de sus labios se elevaba levemente .

—¿Tienes práctica, princesa?

Apreté los labios.

—Se podría decir que soy toda una experta en este ámbito —respondí, recordando las incontables veces que había logrado salir de aquella casa sin el más mínimo consentimiento.

Él me observó mientras me alzaba sobre el muro y me deslizaba entre un par de barrotes. Estaban más separados que el resto, dejando un hueco generoso que me había permitido escabullirme muchas más veces de las que jamás me pillaron.

—Genial —pronunció antes de imitar mis movimientos.

Subimos los pequeños escalones que conducían a la puerta de entrada.

—No entraremos por aquí —le avise, alzando la palma de la mano—. Por si no lo recuerdas, no tengo nada. Ni siquiera las llaves. Treparemos hasta el tejado y entraremos por la ventana de la despensa. Siempre la dejo abierta por, bueno, ya sabes.

No me enorgullecía demasiado de mis frecuentes escapadas de casa.

Él asintió en silencio y empezó a seguirme sin rechistar.

Hicimos ese recorrido que conocía de memoria: subir al banco colocado en paralelo a la pared, saltar al pequeño tejado del porche, cruzarlo con cuidado y, por último, alcanzar la ventana de la despensa que —gracias a mí— se encontraba abierta de par en par.

—Increíble —comentó nada más entrar.

—El pan de cada día —contesté mientras me acomodaba el vestido—. ¿Y ahora qué se supone que tenemos que buscar?

Él ladeó la cabeza, repasando todo cuanto nos rodeaba con la mirada.

—Vayamos a los lugares donde Donald pasaba más tiempo. —Se volvió hacia mí—. ¿Tenía un despacho?

Asentí.

—Vamos.

Cruzamos el pasillo hasta la tercera puerta empezando por la izquierda. Tras cruzar el umbral nos encontramos con la amplia estancia repleta de cuadros y estanterías. Lo primero que llamaba la atención era el alargado escritorio negro situado en el centro de la habitación.

—Registrémoslo —propuso.

Tragué saliva, recordando aquello que había estado en mi mente desde hacía ya varios minutos.

—Voy a coger algo de ropa —le comenté—. Vuelvo enseguida.

—De acuerdo —respondió sin problema aparente—. Empiezo yo.

Fui hasta mi dormitorio y cogí una bolsa y metí varias prendas.

Luego me dirigí a las escaleras y, tras bajarlas, caminé hasta llegar a la encimera.

Mis ojos se desviaron hacia el punto donde descansaba la nota que mi padre me escribió el día que murió.

Apreté los dientes y me esforcé en apartar la mirada.

Reprimí las repentinas ganas de llorar y regresé con Archer.

Al entrar de nuevo en el despacho, lo encontré removiendo los cajones del escritorio y sacando papeles. Negué con la cabeza, obligándome a espabilar y a centrarme en lo que habíamos ido a buscar: algo que pudiéramos relacionar con el dichoso Caso Cenit.

Abrí el primer cajón de la derecha. En su interior se hallaban dos cartas: una con el nombre de Sloane y la otra con el mío.

Mi cuerpo se paralizó durante un instante. Con la carta frente a mí, me debatí entre abrirla… o dejarla donde estaba.

Probablemente debería decantarme por la primera opción.

—Melody, ¿has encontrado…? —Su voz se deshizo cuando reparó en el sobre sellado que sostenía.

—Debo abrirla, ¿verdad? —pregunté con un hilo de voz.

No respondió, simplemente me observó, esperando que yo tomara la decisión.

Respiré hondo, tomé el abrecartas que descansaba sobre el escritorio y, con las manos temblorosas, rompí el sello. Desdoblé el papel con sumo cuidado y comencé a leer, sintiendo cómo cada palabra parecía pesar más y más que la anterior.

Querida Melody,

Si estás leyendo esto es que he fallado y, por lo tanto, te corresponde a ti acabar con aquello que empecé.

Sé que en estos momentos estarán rondando millones de preguntas por tu cabeza, preguntas que no puedo responderte.

El mundo no es tan bonito como lo pintan, Melody. Son muchos los que no están preparados para vivir en él y necesitan rodearse de una gran mentira para no caer en la oscuridad. Tú, hija mía, eres más fuerte que ellos.

Si decides seguir con esto, ten cautela. Muchos intentarán crear sus imperios sobre las desgracias de otros y, son esas mismas personas las que irán a por ti.

Busca en el lugar donde enterraron la verdad.

Sigue tu instinto, Melody. Eres libre en un mundo atado con cadenas.

Papá.

—¿Estás bien? —preguntó Archer con cautela.

No podía responder, es más, las palabras se negaban a salir de mi boca. De modo que me limité a negar con la cabeza.

Se acercó y leyó la carta por encima de mi hombro.

—Tu padre confiaba en ti, Melody. —Colocó una mano sobre mi hombro—. Y yo también.

—¿Pero por qué? —pregunté en un tono más brusco de lo que pretendía, separándome de él—. No me conoces.

Sus hombros se tensaron, pero no pareció molestarse.

—Vi lo que hizo tu padre —replicó suavemente—. Y eso es suficiente para confiar en él y su intuición.

—Pareces demasiado seguro de que voy a poder ayudarte.

—Y nunca me equivoco —declaró, esbozando una sonrisa confiada.

Le devolví el gesto, limpiando las lágrimas que habían caído sobre mis mejillas. Seguidamente, guardé la carta de Sloane en el bolsillo de mi vestido y abrí el segundo cajón.

Y entonces, atrapada por la sorpresa, solté un grito que resonó por toda la estancia.

—¿Melody? —preguntó, girándose hacia mí—. ¿Qué hay ahí?

—Una pistola —balbuceé, tomando el arma con cuidado.

De repente, un fuerte ruido retumbó por toda la casa, haciendo vibrar las paredes.

Joder.

No estábamos solos.