Donde caen los reyes (Ofem 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

Melody

—Lo primero es empezar por el principio: tu casa.

—¿Mi casa? —repetí.

Archer se sentó sobre una de las mesas para que nuestras miradas quedaran a la misma altura.

—Tu padre podría haber dejado alguna pista de su implicación en las reuniones.

Fruncí el ceño.

—Pero yo vivo allí y nunca he visto nada extraño.

—Quizá no estuvieras lo suficientemente atenta. Es común que la afinidad nos haga perdernos lo que tenemos delante.

No pude evitar que una mueca se dibujara en mi expresión.

¿Podría tener razón? ¿Y si hubiera tenido las señales delante de mí todo este tiempo? ¿Y si no hubiera sido capaz de verlo?

—¿Esperas encontrar algo en concreto? —quise saber.

Ladeo la cabeza, pensativo.

—Cartas a sus hombres de confianza, por ejemplo. O quizá una lista de las reuniones a las que solía presentarse. Cualquier información, por mínima que sea, nos ayudará a dar el siguiente paso.

Me mordí el labio mientras la imagen del despacho de papá venía a mi mente como una revelación.

He de reconocer que pasaba diversas horas al día metido en esa habitación, aunque nunca llegué a plantearme que estuviera detrás de algo tan peligroso.

Suponía que trabajaba o revisaba nuestro fondo económico. Ese tipo de cosas.

Por una parte, me atraía la idea de volver a casa y poder coger alguna prenda de ropa pero, por otra, temía lo que pudiera llegar a encontrar.

Algo que me confirmara que era un asesino, por ejemplo.

—¿Melody?

Volví mi atención hacia Archer, que ahora fruncía los labios.

—¿Perdón?

—Creo que deberíamos salir hacia el anochecer. No me extrañaría que las autoridades registraran tu casa con la luz del día.

Eso tenía sentido.

—Está bien —accedí—. ¿Y cómo llegaremos? Mi casa se encuentra en la otra punta del reino. Y deduzco que no disponéis de un carruaje.

Entonces vi cruzar un brillo divertido por su mirada. Uno que, por algún motivo, fue como un mal presagio.

—¿Quién ha dicho que no ?

Tal y como habíamos hablado, permanecimos el resto del día en la taberna. Archer me dejó tranquila durante varias horas en las que me encerré en la habitación y traté de pensar en cualquier cosa que se me hubiera pasado desapercibida durante los últimos tiempos.

Nada.

No recordaba ninguna actitud extraña, nada que me confirmara que mi padre podría estar detrás de algo así.

Al caer el sol, volví a bajar a la planta baja. Me extrañó encontrar la taberna totalmente vacía pues suponía que era su única fuente de ingresos. Pero, por lo que parecía, ese día no habían abierto sus puertas al reino.

Encontré a Archer sentado en una mesa, afilando la punta de una flecha. En cuanto se percató de mi presencia levantó el rostro y nuestras miradas se encontraron.

Dejó a un lado la flecha y se incorporó. Luego cogió una cesta y la metió dentro, junto a un montón más.

—Ya ha anochecido —le informé.

Se colgó el arco con gran agilidad mientras yo avanzaba hacia la puerta.

—No tan rápido. —Me cogió del codo, haciéndome parar en seco—. No querrás ir pisándote la ropa.

Bajé mi vista hacia la ancha camisa y los pantalones que me pisaba. La ropa de Archer. Volví a dirigir mi atención hacia él.

—Mejor esto que desnuda —musité.

—Pese a que es una gran propuesta —comentó con naturalidad, haciendo que mi piel se erizara—. Tal vez esto te haga cambiar de opinión.

Se apartó de mí y cogió una bolsa situada junto a una de las patas de la mesa para tendérmela La cogí, un tanto extrañada, y observé lo que contenía en su interior: un vestido. Lo elevé en el aire para inspeccionarlo con detenimiento. Era bonito; sencillo, pero bonito.

—¿Me has comprado un vestido? —pregunté, aún con los ojos fijos en la prenda—. ¿Por qué?

—Ya te lo he dicho, no puedes ir pisándote la ropa. —Señaló la bolsa—. Acéptalo para que hayan servido de algo mis conversaciones con ancianas asesorándome.

Dudé un instante, pero finalmente, decidí aceptar el gesto y subir a mi habitación para cambiarme. Mi habitación. Era extraño nombrar de ese modo a un lugar que, lógicamente, no era mío.

Cerré la puerta tras de mí y dejé doblada la ropa de Archer sobre la cama hasta quedar en calzoncillos.

Sí, calzoncillos. Los pololos eran una auténtica tortura y, que yo supiera, nadie había decretado que la comodidad fuese exclusivamente para los hombres.

Siempre que la ocasión me lo permitía, substituía esa fastidiosa prenda por unos calzoncillos.

Me puse el vestido. Y, pese a no poseer un espejo con el que mirarme, sabía que me iba clavado.

La parte del corsé se ajustaba perfectamente a mis pechos.

Era ceñido hasta la cintura, donde la tela azul oscuro se soltaba con una sensación de movimiento de ola.

Me alegré enormemente al reparar en su comodidad.

Bajé las escaleras, encontrándome a Archer de espaldas a mí. Cuando volteó el rostro, se quedó un par de segundos mirándome con mi nuevo vestido.

—Bueno —murmuró, carraspeando suavemente—. Ahora sí que podemos irnos.

Asentí en silencio. Archer me abrió la puerta y salimos dejando atrás la taberna y dando la bienvenida al aire fresco del exterior. No tardamos demasiado en adentrarnos por las vacías calles de Banglad.

—¿Vamos a ir caminando? —pregunté por mera curiosidad.

No me parecía mal caminar, pero sabía que sería un camino horriblemente largo.

Archer me miró por el rabillo del ojo.

—Ya te dije que disponemos de un carruaje.

Sí. Me lo había dicho, pero pensaba que se estaba burlando de mí. Porque, ¿cómo iba a tener alguien que vivía en una taberna su propio carruaje?

—No dudes tanto de mí, Melody —agregó, adivinando mi desconfianza.

—Dado que he decidido creer aquello que me has contado sobre la muerte de mi padre, me atrevería a decir que he hecho de todo menos dudar de ti.

Arqueó una ceja, pero no me lo rebatió.

—Tienes razón —pronunció al cabo de unos segundos—. No tengo mi propio carruaje.

Su confesión no me pilló desprevenida.

—¿Y por qué estamos en esta plaza llena de carruajes? —quise saber.

Porque habíamos llegado a una especie de plazoleta con decenas de caballos que se encontraban perfectamente alineados, con los cocheros a su lado, esperando pacientemente a que un nuevo cliente los contratara.

Un leve toque en mi brazo me hizo dirigir nuevamente mi atención hacia Archer.

—Porque uno de ellos nos va a transportar —respondió, como si eso no fuera una gran incoherencia .

—No lo entiendo.

—Lo único que tienes que hacer es —Una sonrisa fugaz recorrió sus labios— procurar no manchar mucho el vestido.

—¿Pero qu…? —Me empujó hacia el costado de un carruaje antes de que pudiera terminar la pregunta.

Permanecimos inmóviles: yo por la confusión y él para que nadie se percatara de nosotros. Bajé mi mirada lentamente hacia su brazo, que me sujetaba con fuerza por la cintura. Carraspeé, haciéndole depositar su mirada en mí y luego en su brazo. Lo retiró de mi cintura con una rapidez sorprendente.

—El cochero está preparando al caballo para partir —explicó, señalándolo con la cabeza—. Se dirigirá a la calle St.James con el propósito de recoger a una familia de nobles para llevarlos a su segunda residencia.

—¿Y tú cómo sabes eso? —inquirí sin disimular mi sorpresa.

—He hecho esto mil veces —contestó como si nada.

Se pasó una mano entre los mechones de cabello antes de mirar al cochero, que estaba empezando a subir al carruaje.

—Espera —empecé a murmurar, pensativa—. ¿Has dicho la calle St.James? Es la paralela a…

—Tu casa —terminó por mí—. Sígueme y haz todo lo que te diga.

Asentí.

Él se arrodilló para hacerse un hueco entre las dos ruedas. Copié sus movimientos hasta terminar debajo del carruaje junto a su cuerpo.

—¿Ves estos barrotes? —Miré los palos de madera que me indicaba—. Agárrate a éste con los brazos y al del fondo con los pies. Cruzando las piernas harás que te resulte más sencillo no caerte cuando esté en movimiento.

—De acuerdo.

Me mordí el labio inferior.

Podía hacerlo. Era aparentemente una tarea sencilla.

Me coloqué tal y como me había indicado, y él hizo lo mismo mucho más rápido. La postura me resultó bastante incómoda y solo de pensar en el trayecto se me creaban ciertas dudas sobre si llegaría con algo dislocado.

Unos ruidos me indicaron que íbamos a partir.

¿Quién hubiera dicho que terminaría bajo un carruaje esa mañana?

—¿Preparada? —preguntó Archer.

Volví mi mirada hacia su rostro, que se encontraba a escasos centímetros del mío.

—No.

Una risa brotó de su interior.

El camino comenzó y, tal como esperaba, se me hizo eterno.

Llegó un punto en el que perdí la percepción del tiempo que llevábamos bajo el carruaje, pero confiaba en que el trayecto estuviera a punto de llegar a su fin.

Sentía cómo mi vestido se empapaba al chocar contra los charcos de barro, cuyas salpicaduras acababan inevitablemente sobre mi piel. Y los golpes contra la madera del carruaje tampoco ayudaban mucho a mantener el ánimo.

—No veo nada —musité.

—Llegaremos en tres, dos, uno…

El carruaje se detuvo y yo no pude alegrarme más. Archer me señaló con la mirada a mi costado, indicándome que saliéramos por el mismo lugar por el que habíamos entrado. Me despegué de los tablones de madera lo más rápido que pude y me deslicé entre las enormes ruedas.

—Y ahora... —Se colocó la camiseta correctamente, situándose frente a mí—. Toca correr.

No me dio tiempo a procesar sus palabras; ya estaba a mitad de la calle. No perdí el tiempo y empecé a correr tras él, siguiéndolo hasta mi mayor temor por el momento: mi propia casa.

Nos detuvimos junto a la verja que separaba el jardín de las baldosas de la vieja calle.

—Hogar, dulce hogar —solté casi en un jadeo.

Las cejas de Archer se arquearon.

—Desde luego, lo de hogar no se queda corto.