Donde caen los reyes (Ofem 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

Melody

—No sé cómo llegué a plantearme que descansarías.

Se apartó de la puerta para dejarme pasar.

—Será que no me conoces.

Desplacé mi atención por su habitación. Era del mismo tamaño que la mía, aunque la ventana que daba a la calle parecía algo más grande.

Mi mirada se detuvo en cada uno de los rincones; todo estaba impecable.

Ni una loca de la limpieza podría haber encontrado una sola mota de polvo en ese lugar.

Pero eso no fue lo que más me sorprendió, sino la gran estantería, que parecía contener una amplia colección de libros ordenados alfabéticamente, por colores y por tamaños.

Quién diría que iba a ser un pirado del orden .

No pude evitar fijarme en el título de algunos libros: La rareza en mi normalidad, Guía para personas inusuales, Ser diferente no….

—Bien, Melody —pronunció tras de mí—. ¿Por dónde quieres empezar?

Me giré hacia él; apoyó su cuerpo sobre la pequeña mesa junto a su cama.

—Como es de esperar, por el principio —respondí, yendo directa al grano—. ¿De qué conocías a mi padre?

Pude ver cómo fruncía el ceño tras los mechones desordenados de cabello.

—Lo cierto es que no coincidí demasiado con él —aclaró—. Descubrí más cosas cuando me empecé a implicar en el Caso Cenit.

—¿Por qué te implicaste en él?

—Alguien hizo que cayera en bancarrota —explicó pausadamente—.

Empecé a investigar, decidido a recuperar todo lo que había perdido.

Fui donde iría cualquier implicado en algo de tal magnitud: salones de líderes.

Están llenos de hombres que poseen grandes riquezas y negocios de alto prestigio.

No se me da precisamente mal pasar desapercibido, por lo que no tuve problemas para colarme en las reuniones privadas.

—¿Y eso qué tiene que ver con mi padre? —quise saber.

Apoyó un codo en la pared; un gesto que parecía ser recurrente en él.

—Eso lo dejaremos para mañana.

«Espera, ¿qué?».

—¿Estás bromeando?

Pero no había rastro de humor en su expresión; tan solo unas ojeras cada vez más notables. Ni se me había pasado por la cabeza el hecho de que él también estaría agotado. Al fin y al cabo, se había colado en el hospital para ayudarme.

—Seguiremos mañana —pronuncié.

Pero antes de salir por la puerta, mis ojos volvieron a la estantería repleta de libros.

—¿De verdad has leído todo eso? —pregunté sin poder evitarlo.

Archer siguió la dirección de mi mirada.

—La mayoría.

—Es un tanto preocupante —murmuré en respuesta.

Eso pareció despertar su curiosidad.

—¿Por qué?

—Cualquiera que dedica tanto tiempo a leer como para llenar una estantería entera está un poco chalado.

Yo misma había leído tantos que era incapaz de llevar la cuenta. Pero eso no hacía que mi teoría fuera menos válida.

—Eso explica bastantes cosas —contestó él, y no parecía ofendido.

Asentí, ocultando mi sonrisa y salí de la habitación, cerrando la puerta con suavidad a mi espalda. Regresé a mi dormitorio pese a ser consciente de que no sería capaz de conciliar el sueño.

Y, efectivamente, mi predicción se cumplió.

Ni un mísero segundo de descanso.

Escuché el canto de un grillo, el grito del viento durante la madrugada y algún que otro grupo de borrachos que andaban formando jaleo por la calle.

Esos fueron los sonidos que formaron la banda sonora de mis pensamientos, en los que no paraba de repetirse la imagen de mi padre tendido sobre el suelo y el rostro magullado de Sloane .

El amanecer, no obstante, me recibió con los débiles rayos de sol que entraron a través de la ventana. Me incorporé lentamente y observé la calle vacía. La imagen sería muy distinta dentro de un par de horas, cuando los comerciantes llegaran para montar sus puestos en el mercado.

No tenía un espejo en el que mirarme, y ciertamente me alegraba de ello. No quería ni imaginar el aspecto que tendría en tales momentos.

Salí de la habitación y bajé las escaleras de caracol escuchando, cada vez con más fuerza, el choque de unas cacerolas.

—Buenos días —pronunció la grave voz de Thomas desde la cocina.

—Buenos días —contesté con bastante menos entusiasmo.

Me acerqué a él, algo dubitativa.

Se me hacía extraño empezar el día sin los cotilleos diarios de Sloane o las noticias que papá leía en voz alta del periódico. Aún así, traté de mostrarme lo más agradecida posible por el alojamiento que me estaban ofreciendo.

—El chico ha salido un momento —me informó, moviéndose de un lado a otro tras la barra—. No tardará en llegar.

Observé cómo dibujaba círculos con el cucharón de madera dentro de un cazo.

—Oh —susurré—. Está bien.

—¿Café?

No hizo falta que respondiera, pues ya me había servido una taza.

—Gracias.

Acerqué la taza a mis labios y di un pequeño sorbo que quemó mi lengua sin contención alguna.

—Augh —grazné, apartándolo instintivamente de mis labios.

—¡Diablos! —Thomas abrió los ojos—. Se me ha olvidado decirte que está recién hecho, debes esperar unos minutos.

Fruncí el ceño, rezando para que el calor se esfumara de mi boca lo antes posible. Moví los brazos para restarle importancia, lo que pareció tranquilizarlo.

—¿Tienes hambre? —Me enseñó un plato con un trozo de pan y un par de huevos—. No sabía qué es lo que sueles desayunar…

Notaba mi estómago cerrado, pero me obligué a contestar:

—Es perfecto. —Cogí el plato que me tendía.

Agarré el tenedor y empecé a comer, notando cómo mi estómago recibía cada vez con más hambre la comida.

Dediqué un momento a observar todo cuanto me rodeaba, pues había estado demasiado alterada el día anterior como para fijarme en ello.

La taberna era más pequeña de lo que me había parecido.

Parte de la planta baja estaba ocupada por la barra de madera que recorría uno de los laterales.

Frente a ella se encontraban varias mesas redondas y algo desgastadas.

—¿Te encuentras mejor? —preguntó de pronto, como si necesitar llenar el silencio que se había creado entre ambos.

Volví mi atención a él.

«No».

—Sí.

Asintió pese a entrever mi mentira y dejó caer los codos sobre la barra.

—Sé reconocer a alguien que no ha pegado ojo. Cuando Archer tenía doce años decidió que dormir no era necesario y se pasó tres noches seguidas leyendo.

Fruncí el ceño, dando un mordisco al trozo de pan.

—¿Tres noches?

—Tres noches —repitió—. Al cuarto día se quedó dormido dentro de un barril.

Lo miré fijamente.

—Te lo estás inventando.

—Ojalá.

La seriedad con la que lo dijo me arrancó una pequeña risa.

—¿Compartís algún tipo de parentesco? —pregunté con cierta curiosidad.

—Que los Dioses me libren. —Negó con vehemencia—. Somos únicamente amigos.

Quizá no debería haber supuesto que eran parientes, pero la diferencia de edad entre ambos era tan notable que me costaba imaginar otra explicación.

—El chico me ayuda con la taberna y yo le doy un alojamiento. Un trato justo.

Comprendí un poco mejor la situación.

—¿Y cuánto tiempo lleváis con ese trato?

—Más de una década. —Apretó los labios—. Pero parecen siglos.

Dado que habíamos entablado una conversación medianamente agradable, vi la oportunidad perfecta para preguntar:

—¿Sabes algo en relación al Caso Cenit?

Los ojos de Thomas se abrieron levemente, pero no tardó en negar con la mano.

—Eso es cosa del chico.

—Ayer no quiso darme información.

—No soy quien para hablar de ello. Archer lleva años siguiendo ese rastro y sería injusto que fuera yo quien te explicara lo que él ha descubierto.

Abrí la boca para replicar cuando el chirrido de la puerta me interrumpió, indicándonos que había llegado alguien.

Y no se podía tratar de nadie más que de él. Mi mirada chocó bruscamente con la de Archer.

—Ya estás despierta. —No era una pregunta.

Colocó su enorme arco sobre una de las mesas y después se acercó a la barra. No pude evitar preguntarme por qué necesitaba cargar con semejante arma para recorrer Banglad. El reino no era precisamente conocido por ser peligroso; al menos, yo nunca había sido atacada.

Pero tras la muerte de papá, empezaba a preguntarme si el reino era seguro o si simplemente yo había vivido demasiado protegida para ver sus peligros.

—Hola —me limité a responder, como si me cobraran por palabra.

Archer se sentó en el taburete junto al mío y me dio la oportunidad de observarlo con la luz del día.

Su cabello se encontraba menos despeinado que el día anterior.

Se había puesto una camisa blanca que se ceñía sus brazos, de la cual llevaba desabrochados los primeros tres botones y las mangas arremangadas hasta los codos.

—Dime que Thomas no te ha envenenado con su desayuno —murmuró, mirando de reojo mi plato mientras alargaba el brazo para coger un vaso.

—A diferencia de ti —contestó Thomas antes de que yo pudiera decir nada—, Melody valora mis platos.

—Yo los valoro… —Archer dio un sorbo de agua— negativamente.

Thomas masculló algo que no logré entender.

—Como puedes observar, Melody, su único objetivo es sacarme de quicio.

Las cejas de Archer se arquearon.

—¿Qué tendría de divertido sino vivir junto a ti? —se burló.

Thomas lo fulminó con la mirada.

—Cualquier día te echaré —le amenazó.

Archer pareció totalmente indiferente.

—Hazlo, aunque no encontrarás a nadie que dé tanta vida a este lugar.

—La vida me la quitas tú a mí.

Ambos parecían tener una relación peculiar. Pese a las groserías y las bromas pesadas que se hacían, me daba la sensación que tenían un gran cariño el uno por el otro. En cierto modo me recordaba a Sloane y a mí que, pese a nuestras grandes diferencias, no había duda de nuestro cariño mutuo.

La imagen de mi hermana sobre la camilla del hospital volvió a mi mente como una puñalada en el estómago. Tragué el último trozo de pan que quedaba en mi plato y me levanté de un salto. Necesitaba dejar de pensar en Sloane. Por mi propio bien.

—Creo que me debes una explicación —dije finalmente, captando la atención de ambos.

A Archer no pareció sorprenderle el cambio de tema. Es más, se acercó el vaso a los labios para dar otro sorbo mientras me observaba de reojo.

—Está bien —dijo una vez acabó de beber .