Donde caen los reyes (Ofem 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

Melody

Thomas me guio por toda la taberna, la cual utilizaba también como vivienda. No era algo inusual, muchos comerciantes residían en el mismo lugar en el que trabajaban, de modo que no me sorprendió en exceso.

Traté de ignorar el hecho de que acababa de acceder a hospedarme en la taberna de unos desconocidos. Ya tendría tiempo para arrepentirme.

Subimos por una estrecha escalera de caracol de madera que nos llevó hasta un pasillo, apenas lo suficientemente ancho para avanzar de uno en uno. La luz era prácticamente inexistente, por lo que Thomas encendió una vela para iluminar las puertas de las habitaciones.

La primera era la de Archer. Según él, se la atribuyó por el fácil acceso a la escalera. La de Thomas era la tercera, situada al fondo del pasillo.

A mí me correspondía la segunda puerta. Lo más curioso de todo resultó ser que, de las tres, era la única de color negro. Me pareció extraño, pero no le di mayor importancia.

—Tal vez huela un poco a cerveza —me advirtió Thomas—. Antes la utilizaba para almacenar barriles.

Asentí en silencio antes de colocar la mano sobre el pomo y empujar la puerta.

Era pequeña. Diminuta, mejor dicho.

Apenas cabía la cama. Junto a ella se encontraba una pequeña mesita de noche con una vela similar a la que sostenía Thomas. La ventana, evidentemente, era enana. Afortunadamente, localicé un viejo armario donde colocar…

Mierda. No tenía ninguna pertenencia, ni siquiera ropa. Todo seguía en mi casa; una casa a la que tendría que regresar con cuidado si no quería terminar otra vez encerrada.

—Es muy acogedora —dije al cabo de unos segundos.

Me volví hacia Thomas, forzando una sonrisa. Él se encogió ligeramente de hombros.

—Es una pocilga, puede decirlo —respondió, pasándose una mano por el mentón—. Quizá ahora que estará usted cobre algo de vida.

«Vida». Era un término curioso para pensar en el futuro de esta habitación. De todos modos, me esforcé por no destrozar la sonrisa que ya había formado en mi rostro.

—Gracias —respondí—. Y si no te importa, preferiría dejar de lado las formalidades. Las detesto.

—Claro. Y no me lo agradezcas —dijo, restándole importancia—. Has pasado un día muy duro. Iré a prepararte algo de comer; mientras tanto, descansa y ponte cómoda .

Salió por la puerta sin esperar respuesta, dejándome nuevamente sola con mis pensamientos.

Me tumbé sobre las sábanas de la cama y observé el techo, notando cómo los ojos se me humedecían más con cada segundo que pasaba.

Si hubiera ido con ellos en el carruaje, a lo mejor hubiera sido distinto.

Si no me hubiera marchado al mercado sin importarme los asuntos de la boda de Sloane, si me hubiera ofrecido a acompañarla, tal vez el resultado del día hubiera sido otro.

Uno en el que no habrían terminado tendidos sobre los adoquines.

Muerto .

Y ni siquiera pude despedirme de mi padre. No le hice saber lo mucho que lo apreciaba, cuánto lo quería pese a haberme alejado de Ambolia. Una parte de mí siempre le guardó rencor por ello, pero debería haberla escondido más.

De haberlo sabido, me hubiera comportado de una manera muy distinta. Pero al fin y al cabo, esa es la gracia de la vida, ¿no? Arrebatártela cuanto menos te lo esperas.

No sabría decir cuánto tiempo permanecí llorando en silencio hasta que unos golpes en la puerta me sobresaltaron. Supuse que Thomas había regresado con comida, tal y como había dicho que haría.

No quería que me encontrara con las mejillas cubiertas de lágrimas, así que me sequé el rostro lo más rápido que pude con las sábanas.

—Puedes pasar, Thomas —le indiqué alzando la voz.

Dirigí mi mirada hacia la puerta y… No. No era Thomas .

—En verdad —contestó Archer, asomándose por ella—, no soy Thomas. Me faltan, al menos, un par de palmos.

Me intenté incorporar lo más rápido que pude, pese a que mis manos seguían temblando.

Pude notar cómo la comisura de sus labios se elevaba, pero ese gesto no tardó en desvanecerse del mismo modo en que había aparecido.

—Oh. Mierda.

Bajé la mirada, sorbiendo a su vez por la nariz. Apostaba cualquier cosa a que era la primera vez que veía a una dama llorar.

—¿Estás bien? —preguntó, a un metro de mí—. De acuerdo. Está claro que no estás bien, pero preguntar siempre es cortés y, eh…

—Estoy bien —le interrumpí.

Me disponía a retroceder cuando sentí sus dedos tocar mi piel. Al principio me sobresalté. Él, sin embargo, no parecía en absoluto incómodo mientras me levantaba la barbilla para obligarme a mirarlo.

Pero volví a apartarme, dejando el espacio que necesitaba entre ambos.

—De acuerdo. No estoy bien —inspiré una bocanada de aire—. Estoy confusa y dolida.

Entrecerró levemente los ojos, como si intentara comprenderme.

—Lo entiendo.

Su comentario no buscaba más que consolarme, pero logró el efecto contrario.

—No. No lo entiendes .

Y esperaba que no descubriera nunca lo que se siente cuando pierdes todo lo que tienes. El vacío que queda en tu pecho cuando te das cuenta de que todo puede terminar en cuestión de segundos.

Era desgarrador.

—Traigo un poco de... —La voz de Thomas se apagó en cuanto me vio.

Se quedó quieto y mirándome fijamente. Luego se volvió hacia Archer y me señaló.

—Está llorando.

—Muy observador —contestó el chico.

—No, ya. —Se pasó una mano por la nuca—. Está llorando.

Archer se apoyó contra la pared.

—Sí, Thomas. Lo sé.

—No sé qué hay que hacer cuando una mujer llora.

—Yo tampoco.

Apreté los labios.

Aquella conversación resultaba tan absurda que casi consiguió distraerme de la presión que tenía en el pecho. Casi.

Thomas dejó la bandeja sobre la mesa sin apartar la vista de mí.

—Recuerdo que cuando era un crío y mi hermana lloraba, mi madre le daba té con miel —añadió, dirigiéndose a Archer.

—¿Has traído té? —preguntó el joven.

—No.

—Entonces tu aportación ha sido inútil.

—¿Podéis dejar de hablar de mí como si no estuviera aquí? —solté con un resoplido.

Los dos giraron la cabeza hacia mí al mismo tiempo. Thomas abrió la boca, la cerró y volvió a abrirla. Miré de reojo el cuenco que me había traído.

—Os agradecería que me dejarais sola —añadí—. Si no os importa.

—Claro —respondió enseguida el grandullón, como si lo acabara de liberar de una condena.

Dejó el cuenco con la cuchara sobre la mesita de noche y salió de la habitación con una rapidez fascinante. Archer, en cambio, permaneció en el mismo sitio que minutos antes.

—Comprendo tu dolor, Melody —pronunció, sin apartar la mirada un solo segundo de mí—. Iré a buscarte alguna prenda para que puedas dormir con comodidad.

—No hace falta que…

Pero antes de que pudiera terminar la frase, ya había cerrado la puerta tras de sí. Regresó al cabo de pocos segundos, con una camisa entre las manos. Me tendió la prenda y la acepté.

—No tenías por qué prestarme nada —comenté, ladeando sutilmente la cabeza—, pero te lo agradezco.

Desdoblé la camisa para alzarla ante mis ojos. Era grande, aunque no tanto como para ser de Thomas. Parecía limpia, de hecho, la tela negra no tenía ni una sola mancha o arruga.

—¿Es tuya?

—Te irá algo ancha.

Me tomé su respuesta como un sí. Se dio la vuelta para marcharse, pero algo me impulsó a levantarme, sujetar su brazo y detenerlo antes de que cruzara el umbral.

—Espera.

Sus ojos regresaron a mí, curiosos.

—Intuyo que quieres hablar de muchas cosas —adivinó.

—Y que lo digas.

—Pero lo que necesitas ahora es descansar —agregó, deshaciéndose de mi agarre y saliendo del dormitorio—. Ven a buscarme cuando te encuentres mejor.

Su respuesta no terminó de convencerme. Sin embargo, respondí:

—De acuerdo.

—Bueno… —carraspeó—. Descansa, Melody.

Me dedicó una última mirada antes de desaparecer entre la oscuridad del pasillo. Observé durante unos largos segundos el punto en el que había permanecido su cuerpo hacía un instante y deslicé una mano por mi frente.

Me quité el pijama del hospital para ponerme su camisa, que me llegaba hasta la mitad del muslo.

Seguidamente, me dejé caer sobre la cama con un dolor que parecía querer quedarse a vivir en mi cabeza.

Alargué el brazo y volví a coger el cuenco con el caldo que había preparado Thomas.

Lamí hasta la última gota, agradecida de poder darle a mi cuerpo algo de alimento.

A esas alturas, no me habría extrañado desmayarme por falta de energía.

Mis dedos tamborilearon sobre mi rodilla mientras me debatía mi siguiente movimiento. Finalmente, guiada por la curiosidad, me levanté de un salto y seguí los pasos recorridos anteriormente por Archer hasta colocarme frente a su puerta.

Di tres golpes con mi puño sobre la madera hasta que esta se abrió, revelando tras de ella su rostro expectante.

—No necesito descansar. Estoy lista para saberlo todo —le informé.