Capítulo 7
Melody
Al abrir los ojos, lo primero que me despertó el interés fue un papel doblado junto a mi mano. Deslicé mi mirada por la habitación, sin ver a nadie más que a la chica dormida que descansaba todavía en su propia cama.
Cogí el papel y, consumida por la curiosidad, lo abrí. Entrecerré los ojos para poder leerlo correctamente.
¿Qué? ¿Pero cómo se suponía que iba a poder salir si el guardia y los sanadores se pasaban la noche merodeando?
Entonces reparé en que la parte inferior del papel también estaba escrita .
PD: No te preocupes, si vas rápido nadie te impedirá salir. Una vez lo hayas hecho, ve a la única taberna que se encuentra en la calle paralela a la del hospital.
La nota no estaba firmada. ¿De quién era? Y lo más importante, ¿Por qué me ayudaba?
Mi mirada no se desplazó del antiguo reloj que colgaba de una de las blancas paredes. 23:41. ¿Podía salir ya, verdad? Es decir, no pasaría nada por tan solo un par de minutos…
Me levanté de la cama y me encaminé hacia la puerta. Un temblor recorrió mis brazos cuando la abrí y chirrió. Mierda.
Miré a ambos lados del pasillo. Al parecer fui lo suficientemente sigilosa, dado que ningún sanador enfadado apareció para meterme nuevamente en la camilla. Se me escapó un suspiro.
Indecisa entre la derecha y la izquierda, me decanté por la izquierda. Todo cuanto me rodeaba eran más habitaciones en las que, seguramente, descansaban el resto de pacientes.
Una puerta entreabierta captó mi interés.
¿Y si…? No. No tenía tiempo para ir merodeando por las habitaciones.
En el fondo sabía que era una tontería, pero algo me impulsó a entrar en la habitación.
Lo primero que observé fue la semejanza con la mía. En el centro se encontraba una cama con una chica descansando en lo alto e, inevitablemente, me acerqué a ella. Fue entonces cuando mis ojos se encontraron con…
No.
Por todos los Dioses de Ofem …
La chica que se encontraba frente a mí no podía ser ella. No podía ser…
Pero eran sus mismos labios, su misma nariz respingona y hasta sus mismas largas pestañas.
Sin duda alguna, era ella.
Deslicé mis dedos entre sus mechones de cabello. Luego, surqué la curva de su mandíbula. Tenía las mejillas enrojecidas y algunos moratones que, de haber estado despierta, hubieran acabado con su cordura.
Mis lágrimas cayeron sobre su piel.
—Sloane —pronuncié.
Esperé un segundo, conteniendo la respiración.
Dos segundos.
Tres.
Y cuatro.
No hubo ninguna respuesta.
—Sloane —insistí.
Le zarandeé levemente el brazo.
—Sloane, Sloane, Sloane, Sloane…—repetí su nombre tantas veces que murió en mis labios.
Acerqué mi oído a sus labios y comprobé la sutil y pausada respiración que salía de ellos cada pocos segundos. Pero eso no logró deshacer el nudo en mi estómago.
—Sloane…
La abracé.
La abracé como pocas veces lo había hecho; porque así era nuestra relación. No compartíamos intereses ni preocupaciones. En realidad, no compartíamos prácticamente nada… salvo que ambas habíamos ap rendido a tolerarnos. Y aun así, ahí estaba yo, aferrada a ella con todas mis fuerzas.
—No me dejes sola —supliqué, porque me temía lo peor para mi padre.
Pensé en todo lo que cambiaría, en todo lo que ya no se podía deshacer. Una parte de mí quería creer que estaba a tiempo de despertarla, que quizá bastaba con insistir más. Porque respiraba, seguía viva. Parecía que dormía… Pero en realidad estaba atrapada.
Me separé lo suficiente para mirar su rostro entero.
—No puedo… —murmuré, sin darme cuenta de que lo estaba diciendo en voz alta.
No podía llevarla conmigo. Y, al mismo tiempo, no podía dejarla.
Apoyé la frente contra la suya, cerrando los ojos con fuerza. Estaba a punto de abandonarla. Abrí los ojos.
Mis manos temblaron cuando la solté. Fue lo más difícil que había hecho jamás.
Y salí sin mirar atrás.
Me concentré lo suficiente como para llegar hasta la recepción del hospital. Allí localicé la puerta que daba a la calle. Me dispuse a agarrar el pomo, pero entonces, noté su presencia tras de mí. Contuve la respiración un instante antes de volverme hacia él.
Los ojos azules del guardia estaban fijos en mí. Apretó los labios y asintió antes de darse la vuelta y caminar hacia el pasillo de espaldas a mí.
El corazón se me encogió.
Yo iba a ser libre, y él iba a tener problemas por ello.
Me apresuré en abrir la puerta y el frío aire de las calles de Banglad se estampó contra mi rostro, aunque la sensación fue agradable durante unos segundos. Luego, bajé con pasos apresurados y algo torpes los escalones que daban la bienvenida al edificio.
Miré en todas direcciones hasta localizar la calle que se encontraba en paralelo a la del hospital.
Me dirigí hacia ella con la oscuridad cegándome.
Todos los comercios se encontraban cerrados y la débil luz de los faroles no ayudaba en demasía.
Repasé con la mirada cada uno de los locales hasta que, por fin, vislumbré lo que parecía ser una taberna y me encaminé hacia ella.
La puerta de madera estaba cerrada, al igual que las ventanas.
La imagen de mi hermana irrumpió en mi mente. Me estremecí, dejándola a un lado y, tras unos segundos de duda, llamé a la puerta.
Esperé un largo instante hasta que se abrió, mostrando tras de ella la figura de un hombre. O un gigante. Cualquiera de las dos palabras lograba describirlo.
Quizás fuera la persona más grande que había conocido jamás.
Su falta de cabello se veía compensada con una barba castaña que le tapaba gran parte del cuello.
Por cómo iba vestido, podía deducir que era un comerciante sin demasiada fortuna.
No tuve tiempo de reaccionar antes de que tirara de mí hacia el interior de la taberna.
—¡Eh! —me quejé, apartando sus grandes manos de mi brazo.
Escuché su resoplido al tiempo en que me miraba de arriba a abajo. Sí, la diferencia de tamaño era notable .
Desvié mi atención al lugar en el que me encontraba, repleto de mesas de madera.
Vislumbré en la más cercana a mí varias manchas de cerveza.
Al fondo se encontraba una barra, y frente a ella, cinco o seis taburetes colocados en fila.
Detrás se hallaban varias estanterías que sostenían decenas de botellas de cristal de distintos tamaños, junto a jarras y un sin fin de vasos de cristal.
Los barriles de cerveza estaban repartidos por el suelo sin un orden concreto; había uno junto a la entrada, otro apoyado contra una columna y otro medio escondido bajo la escalera de caracol que conducía al piso superior.
Me fijé también en la chimenea de piedra con algunas llamas que teñían la sala de una luz tenue y hacían que el lugar fuera bastante más cálido de lo que habría imaginado desde fuera.
Volví a centrarme en el hombre.
—¿Quién es usted? —inquirí sin reparos—. ¿Fue quien me escribió la nota? ¿Cómo sabe dónde está mi padre? ¿Por qué me ha ayudado?
Una mueca curvó sus labios.
—Iremos por partes, señorita…
—SinClair. Melody SinClair —respondí, veloz—. Hija de Donald SinClair. ¿Dónde está?
El hombre cogió una bocanada de aire, deslizando ambas manos por sus marcadas ojeras.
—Muy bien, Melody —continuó. Su voz era grave, aunque no sonaba tan autoritaria como la del hombre del hospital—. Yo no soy el hombre que le ha escrito esa carta de la que habla. Tan solo ayudo a un amigo.
Parpadeé.
—¿Un amigo? —repetí—. ¿Puedo saber dónde se encuentra su amigo?
Se alejó unos pasos de mí hasta situarse detrás de la barra.
—Verá… —Dirigió sus manos hacia un barril de cerveza para servirse un vaso—. Resulta que alguien tenía que entretener a la gente que la vigilaba en el hospital para que usted pudiera escapar. —Me hizo una señal—. ¿Quiere un trago?
Rechacé su ofrecimiento con un movimiento de cabeza.
—¿Y sabe en qué momento llegará?
Tragó lo que le quedaba de cerveza.
—Mi amigo es muy poco previsible —contestó—. Mientras espera, puede quedarse aquí. Cortesía de la casa.
Abrí los ojos.
—¿De verdad piensa que voy a quedarme en una taberna de mala muerte con un hombre del cual no conozco ni su nombre?
—Thomas —me tendió su mano—. Thomas Smith.
Me encontraba lo suficientemente cuerda como para rechazar su gesto. Él parpadeó y apartó la mano.
Sopesé mis opciones: podía irme de la taberna y arriesgarme a que un regimiento de guardias fuera en mi captura o… podía quedarme en la taberna de un extraño con la esperanza de que llegara su «amigo» y me diera alguna respuesta sobre la localización y el estado de mi padre.
No tenía mucho donde elegir.
—Está bien, Thomas… —Apreté los dientes—. Esperaré.
Una suave sonrisa se extendió por sus labios
—Buena elección. Él me hubiera matado si le hubiera permitido irse.
—¿Él ?
Un brillo indescriptible cruzó su mirada antes de responder:
—Archer.
El chirrido de la puerta abriéndose resonó en la estancia y ambos nos giramos hacia ella.
Y entonces lo vi.