20/07/1884
Melody
— Hola — me atreví a pronunciar.
Había seguido al hijo de los Kensington a una pradera que nos había conducido hasta la cima de la colina.
No era extraño encontrarlo allí; solía ir con frecuencia.
Siempre seguía el mismo patrón: se sentaba sobre la verde hierba y observaba el atardecer. Más tarde, se tumbaba en silencio y esperaba a que anocheciera del todo. Entonces miraba las estrellas, como si ellas fueran lo más bello que existía, como si fueran lo único que mereciera su atención.
Estaba sentado, admirando el horizonte. Vestía una camisa roja de cuadros con los primeros botones desabrochados y unos pantalones negros algo rotos, manchados por la hierba.
Su cabello oscuro y ondulado caía alborotado sobre su frente y parte del rostro.
Pude notar un pequeño corte en sus labios cuando me miró, sobresaltado.
Pero no dijo nada; tan solo me observó con atención, esperando algún movimiento de mi parte.
—Es lo más bonito que he visto jamás —comenté, desviando la mirada hacia la puesta de sol que teñía el horizonte de tonos rosados.
Él siguió observándome y, tras unos segundos, hizo un gesto con la cabeza. Obedecí sin pensarlo y me acerqué a él, sentándome a su lado. No me sorprendió que no me respondiera, pues nunca había escuchado su voz. Papá me explicó que no podía hablar, pero eso no lo hacía menos capaz de comunicarse.
Así que decidí quedarme en silencio y contemplar aquello que tanto parecía fascinarle. Los tonos del cielo se fueron intensificando y, poco a poco, las montañas comenzaron a cubrir el sol por completo.
Entonces me volví hacia él. Cuando se recostó sobre la hierba, lo imité. Y nos quedamos allí, tumbados el uno junto al otro, mirando el gran cielo que se alzaba sobre nosotros.
No sabría decir cuánto tiempo pasó hasta que el cielo se cubrió de miles de estrellas que lo iluminaron todo.
—Es maravilloso —susurré.
Entonces me pareció ver cómo una sonrisa, pequeña y poco perceptible, se dibujaba en sus labios.